Anaya tocado por su ambición

froylan-columnista

Jorge Castañeda, engreído coordinador de campaña, describió perfecto el súbito y brillante ascenso político de Ricardo Anaya: “se chingó a todo mundo para llegar ahí”, dijo citado por The New York Times y reproducido por diversos medios mexicanos, entre ellos Proceso.

Con menos de 40 años, 29 de febrero de 1979, se convirtió en uno de los políticos más importantes del país, pasando en menos de 21 años de modesto candidato a diputado local, en Querétaro, a candidato del PAN a la presidencia de México. Impresionante sabiendo que llegó sin padrinos, por méritos propios.

Castañeda interpreta el “se chingó a todos” como virtud y en política ciertamente lo es, como también describe: “mucha gente trata de chingarse a muchas personas y no llegan ahí”. Es la lucha despiadada por el poder.

Los costos son muy altos, altísimos. En el mismo trabajo periodístico los menciona Jorge Luis Lavalle, senador por el PAN: su política –la de Anaya- de “o estas conmigo o eres mi enemigo, dañó terriblemente al PAN”. No sólo daño al PAN, también él resultó perjudicado, nadie escala hasta las alturas del poder sin dejar trozos de dignidad durante su ascenso.

En noviembre del 2016, cuando era evidente el uso perverso que Anaya hacía del partido, encausando su carrera presidencial, Gustavo Madero declaró que “secuestró al partido, apoyado en la silla de presidente flota para ver hasta donde llega, para luego competir con Margarita Zavala y Rafael Moreno Valle. Esa sería una victoria que no es ética, muy miope y pírrica”, advirtió.

Gustavo calculó mal la ambición incontenida de poder que, desde entonces, era manifiesta en cada acción de Anaya. Ingenuo supuso que se fortalecía desde la presidencia del partido para derrotar en las internas a Margarita y a Moreno Valle. Cómo imaginar que su antiguo subordinado pretendía absorberlos, reducirlos hasta verlos rendidos a sus pies o despedazados. No preparaba la competencia interna, trabajaba en aniquilar a sus adversarios.

A casi dos años de aquella declaración, hay razón en la advertencia de Madero, ganó una batalla miope y pírrica. Consiguió montarse sobre la candidatura presidencial sin competencia electoral interna, partiendo en dos al instrumento que sería su plataforma para la contienda constitucional, pero aquellos atropellos destruyen hoy su proyecto.

Humillada e impotente, Margarita dejó el partido y, desesperada, intentó construir una loca candidatura independiente a la que renunció, con dignidad, viendo que no tenía destino. Moreno Valle se postró ante los pies de su verdugo político, a cambio recibió la gubernatura de Puebla para su esposa, Martha Erika Alonso, y para él seis años de la mejor beca que pueda gozar un político dentro del país; la senaduría por lista.

Destrozada y sometida su mayor competencia interna, Anaya estiró hasta el último minuto las fechas electorales para definir la candidatura presidencial. Así ganó tiempo para construir una alianza temporal y forzada con el PRD y Movimiento Ciudadano. Son los orígenes de la coalición “Por México al Frente”.

Esa alianza mezquina, firmada con Alejandra Barrales y Miguel Mancera, también dejó sus muertos en el camino, los más importantes Silvano Aureoles, gobernador de Michoacán, y Enrique Alfaro, presidente municipal de Guadalajara y hoy candidato favorito al gobierno de Jalisco por Movimiento Ciudadano.

En el camino de la coalición Por México al Frente Anaya despedazó al PAN y terminó arrastrando hacia el abismo los despojos del PRD. Precio demasiado alto para satisfacer sus apetitos de poder, pero consiguió la candidatura y hasta la fecha se mantiene vigente, disminuido y lo que sea el hecho es que continúa.

En sus movimientos de afianzar más allá del PAN el proyecto presidencial, hizo un oscuro pacto con Carlos Salinas de Gortari, quién a mitad de sexenio se distanció de Peña Nieto. Su acercamiento con Salinas, presumiblemente sugerido por Diego Fernández de Cevallos, fue interpretado como acto de traición por Peña.

Esa traición se habría consolidado durante la elección del Estado de México, ganada por el PRI apretadamente, por que Anaya no desinfló a la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, la dos veces sacrificada, como tenían convenido. Paradojas de la política, también Josefina piensa que lo traicionó, al abandonarla en aquella campaña sin futuro.

Anaya llegó a la contienda distanciado de Peña, confrontado con una parte importante del panismo, entre ellos la mitad de los gobernadores, enfriado con el PRD, dado que Barrales y Mancera consiguieron sus objetivo, no lo necesitaban más, y arrastrando un estigma de traidor y desleal que lo sigue hasta la fecha.

Presumiblemente aconsejado por Javier Corral, a principios de marzo Anaya ofreció crear una “Comisión de la Verdad” cuyo propósito sería meter en prisión a Peña Nieto, “si resulta responsable”. Esa promesa, mejor dicho amenaza, en un clima de creciente desconfianza, rompió cualquier posible acuerdo Anaya-Peña.

Pronto guardó su amenazante promesa, alguien como Fernández de Ceballos advirtió las consecuencias, y recomendó recular. Contra todos mantuvo una campaña competitiva y durante el primer debate consiguió impulsar su proyecto. Pero el error de cálculo político ya estaba cometido, amenazar con cárcel al fiel de la balanza electoral en una democracia en proceso de consolidación no es recomendable. El daño era irreversible, tocó las fibras de lo personal.

Al ver que Meade no levantaba y Anaya era claro ganador del primer debate, los hombres del gran capital, agrupados en el Consejo Mexicano de Negocios, impacientes y temerosos por el crecimiento de López Obrador, presionaron a Peña para que desinflase a José Antonio Meade, apisonando el camino de Anaya, como seis años antes hizo Felipe Calderón con Josefina Vázquez Mota, a favor del propio Peña.

Otro error, metérselo con cuña era imposible, Anaya había fracturado también a la mafia, como partió al PAN y destruyó la última versión del PRD. La respuesta recibida los enfrió, nada con Anaya, cualquier otra posibilidad antes de abrir paso al traidor.

Días y semanas después da la negativa de Peña empezó a circular, entre los empresarios más encumbrados y el entorno de Anaya, que Peña y AMLO habían firmado un pacto de impunidad garantizando al tabasqueño su arribo a los Pinos, a cambio de inmunidad al presidente. Es el que hoy toman como discurso central del último y desesperado esfuerzo por conseguir la voluntad popular, negada durante todo el proceso electoral.

A los ojos de cualquier observador agudo ese pacto es una realidad, “sólo un ciego no podría verlo”, dijo Jesús Ortega ¿Porqué Anaya es incapaz de capitalizarlo, como quisiese, convirtiendo la evidente complicidad en votos?.

La respuesta está en él mismo, mientras escalaba los peldaños del poder “chingándose a todos”, construyó una sospechosa relación de complicidades para lavar dinero. Aprovechó su influencia como presidente del PAN y las tentadoras ofertas de “cuando sea presidente”, para enriquecerse.

El episodio, los episodios por que ahora sabemos que son varios, de lavado de dinero con los Barreiro, están bien documentados y nunca han sido satisfactoriamente desmentidos por Anaya, condición que lo deja en el casillero de los políticos corruptos, uno más como cualquiera de los integrantes de la mafia.

Desde inicios de marzo hasta hace unos días, Anaya mantuvo congelada su amenaza de cárcel a Peña. Obviamente tenía la esperanza de verse favorecido con el pacto que hoy denuncia de López Obrador.

El video donde Juan Barreiro conversa por teléfono con un empresario argentino, ofreciendo negocios cuando Anaya sea presidente, fue la señal de que cualquier acuerdo con Peña estaba cancelado. Entonces vino la reacción desencajada: te meteré a prisión, discurso sostenido desde el tercero y último debate hasta la fecha.

Cancelada la opción, descargó su resto contra Peña y el nuevo aliado, llevándo profusamente la oferta de cárcel hasta los spots oficiales de radio y televisión, con un mensaje directo: “Mientras no haya consecuencias al más alto nivel, seguirá aumentando la corrupción. Por eso propongo una fiscalía autónoma que investigue al presidente Enrique Peña Nieto y su papel en la casa blanca y en los demás escándalos del sexenio. Y si resulta culpable, pues como cualquier otro, terminará en la cárcel”.

Así llega Ricardo Anaya al cierre de éste domingo, herido de muerte y desesperado por enderezar un proyecto que agoniza. Su disyuntiva es la más radical entre los cuatro candidatos a la presidencia: Amlo pierde y parte a la chingada, Meade nada tiene que perder, el Bronco regresa a Nuevo León. Anaya sólo tiene dos opciones: Los Pinos o la Cárcel. La denuncia de Ernesto Cordero, senador por el PAN, es parte del arsenal con que Peña tirará a matar, una vez concluida la elección.

Ay nanita, todos a cubierta, la mafia vengará las ofensas del traidor.