Morir ensimismados

froylan-columnista

En las últimas dos entregas de “Estrictamente Personal”, Raymundo Riva Palacio describe que la derrota del PRI es por causa de una presencia asfixiante de Peña Nieto en la campaña de Meade, que parte de un correcto análisis pero establece malas conclusiones con respecto al manejo de la corrupción y el descrédito presidencial y pésima operación de Nuño.

Estoy de acuerdo, desde la elección en el Estado de México Peña ensayó una estrategia de Estado para conservar la Presidencia e intentó reproducirla después, poniéndose por encima de Meade a pesar de los negativos que destrozaron su credibilidad social, los más altos de cualquier presidente en la historia del país, desde que existen tales mediciones.

Riva Palacio ofrece razones y argumentos que también comparto, sin embargo hay antecedentes que ignora o decide pasar por alto. De tener presente el caso Chihuahua 2016, habría concluido que dos años atrás la sociedad chihuahuense advirtió que los votos del hartazgo son inmunes a estrategias diseñadas en acatamiento de intereses políticos. Cualquier acuerdo cupular queda hecho añicos cuando los electores resolvieron cambiar.

Tres años antes que Peña, César Duarte pensó lo mismo. Con arrogancia inaudita supuso que su oficio político acompañado de oscuros acuerdos entre partidos, eran suficientes para conservar el gobierno, pese a los escándalos de corrupción y el descrédito que definían su administración.

En la “Política da Weba” del domingo tres de diciembre del 2017, titulada “Peña-Meade; Duarte-Serrano, paralelismos”, escribí lo siguiente: “El PRI de ahora debería observar los aterradores paralelismos entre la desastrosa estrategia electoral de Duarte durante la campaña de Serrano y la mostrada por Peña Nieto en el Estado de México y lo visto –hasta ese momento- con José Antonio Meade. Desde luego, cada una en sus proporciones y circunstancias.”

Temprano en la precampaña de Meade se advertía que Peña la conducirla, sin tener presente el descredito popular ni las acusaciones de corrupción que se generalizaban en su gobierno. Desoyó el hartazgo popular, como César Duarte dos años atrás.

Percatarse del error original, de cuyo principio partió la estrategia general, eran tan obvio porque lo enseñaron un año antes en el Estado de México y lo practicaron en las últimas dos elecciones presidenciales, 2006 y 2012, ganándose el despectivo mote de PRIAN.

En la misma “Weba” escribí: “En el Estado de México Peña Nieto impuso de candidato a su amigo y pariente Alfredo del Mazo, a riesgo de no ser el favorito de la clase política local y arrastrar los negativos por la corrupción de su gobierno. La imagen de Peña lastró, en lugar de impulsar, al candidato del PRI y al presidente no le importó.

Alineó en esa dirección a los nano-partidos, socavó al PAN con Josefina Vázquez Mota hasta desaparecerla en la campaña, hizo crecer a Juan Zepeda, candidato del PRD, para restar votos a Delfina Gómez, juanita de Andrés Manuel López Obrador, el odiado enemigo, distribuyó ingentes cantidades de dinero para comprar conciencias  y desdobló en territorio mexiquense al aparato de gobierno, moviéndolos en una campaña paralela a favor de Alfredo del Mazo.”

En la campaña presidencial pusieron en marcha el librito exitoso en las dos anteriores. Así pretendieron bajar del segundo lugar a Ricardo Anaya, con las acusaciones de lavado de dinero, como sucedió con Josefina Vázquez Mota en el Estado de México y seis años atrás; en acuerdo con Calderón postularon a Margarita Zavala de independiente, esperando que declinase –en su momento- por Meade y subieron al Bronco con la esperanza de que restase votos a López Obrador.

A toro pasado ningún sentido hace describir los evidentes errores, durante la campaña los mencione a detalle en diversos momentos, el punto es precisar que la derrota de Meade partió desde que Peña desoyó el estruendoso grito del hartazgo contra la corrupción y concluyó, incapaz de revisar y corregir el librito electoral del PRIAN, que conservaba vigencia y les daría un tercer triunfo.

Imposible corregir, implicaba reconocer su descrédito popular y la corrupción desbordada. Ningún gobernante está dispuesto, su ego los ciega hasta el ensimismamiento que conduce al fracaso.

Quienes dimos seguimiento a las elecciones de Chihuahua, el Estado de México y la presidencial encontramos obvias coincidencias de estrategia. Así lo resumí en la “Visión de Chihuahua”, el martes ocho de mayo, tres semanas antes de la elección: “Guardando todas las proporciones, Meade es a Peña lo que Serrano a Duarte. Ambos están lastrados por el mismo que los puso de candidatos y por tanto no saben de qué manera distanciarse sin perder su favor. ¿Romperá las ataduras o compartirán destino electoral?”.

No había, en ese momento de la campaña, tiempo de romper, decidieron seguir las reglas del librito y morir con ellas. Lo habían hecho a manera de conjuro contra López Obrador y, así, asociados, concretaron el fraude del 2006 a favor de Felipe Calderón y seis años después desinflaron a Josefina para garantizar sin riesgo el triunfo de Peña Nieto. Sabían de su éxito en las últimas dos elecciones y, obtusos, supusieron que podían aguantar una tercera.

En la elección pasada –lo he descrito también- pesó la insubordinación de Ricardo Anaya, cuya ambición de poder lo llevó a desertar de la “mafia” frustró cualquier posibilidad de acuerdo, que –según López obrador- hasta el último momento promovieron Salinas y Fernández de Ceballos.

En ese punto era imposible el realineamiento PRIAN, lo que pudieron hacer desde un principio era advertir las señales de hartazgo expresadas en la elección de Chihuahua, entonces Peña hubiese tomado otras decisiones ¿Le habrían alcanzado? Nunca lo sabremos y ahora ni caso hace preguntarnos; el resultado es que López Obrador será presidente con el apoyo de 30 millones de mexicanos y mayoría en ambas cámaras, mientras el PRI camina al cementerio y el PAN tiene dificultades para reconstruirse.

Cuando el PRI perdió frente a Vicente Fox, en la elección del 2000, muchos firmaron su epitafio, entre ellos el ahora senador Patricio Martínez, entonces gobernador de Chihuahua.

Sin embargo predominaron las voces sensatas y el partido se mantuvo, imposible disolverlo con 22 gubernaturas y bancadas determinantes en el senado y la cámara de diputados. Lo que hicieron fue reconstruir desde abajo y así los gobernadores se asumieron virreyes en sus estados, hasta que doce años después empoderaron a Peña Nieto.

Dos factores preponderantes, entre muchos otros, hacen diferente ésta derrota a la del 2000. El primero y más importante es que tiene sólo la mitad de los gobernadores y en la última elección de nueve perdieron nueve, quedando además con grupos parlamentarios presenciales. Siendo un partido que nació del poder y para el poder ¿Cómo podría hacer política sin los presupuestos del gobierno? ¿Qué esperanza tendrían sus militantes? ¿Qué ofrecerían sus dirigentes?.

El segundo factor es que López Obrador no es Vicente Fox. La izquierda llegó para quedarse, dejará el poder por la vía del hartazgo popular, tal y como llegó ¿Cuándo? Cuando una avalancha de votos los repudie, de la misma manera en que el domingo uno de julio repudió al PRIAN. Si tardaron medio siglo en conquistar las urnas, sufriendo ominosos fraudes -88 y 2006- no lo entregarán por demócratas convencidos.

Así que ahora, como Patricio Martínez en el 2000, me cuento entre los que firman el obituario del PRI. Lo veo cooptado por Morena, reducido a un cascaron histórico del que sólo quedarán ruinas y una minoría decrépita cobrando sus rentas, si conserva el registro en las elecciones intermedias. Falta verlo.

No es mi deseo, es lo que dejaron las urnas desde que Peña tomó la presidencia, especialmente el colapso del domingo pasado, reducido a la ridícula suma de siete y pico de millones de votos y una tendencia decreciente sin freno en todo el territorio nacional. Cae como gigante con pies de barro.

Y como siempre en las derrotas, una militancia azorada y mezquina que juega al yo te despedazo, tu me despedazas, nosotros nos despedazamos, sin líder que los contenga.

Quizás en seis o doce años tenga que tragarme las palabras, como Patricio Martínez, y me de por buscar una senaduría rogando al resucitado difunto su perdón. Lo primero puede, lo segundo jamás, soy periodista no político, en el acebuche soy feliz y más en estos días nublados que invitan al desestrés.