La ferocidad de los conversos

jaime garcia chavez

Jaime García Chávez.- De los ámbitos de la historia de las religiones y de la política de todos los tiempos, se ha extraído la temática de los ferocidad de los conversos. El filósofo existencialista Jean-Paul Sartre lo hizo tema de crítica y de polémica, en un momento en el que los fascistas se tornaban demócratas y estos en fieros persecutores de antiguos compañeros, sobre todo los que se estimaban compañeros de un viaje que resultó sin estación final. El tema da para abordar los grandes regimientos que se han formado atrás de MORENA o del presidente electo para anunciar sus nuevos credos, y particularmente combatir por ellos en una etapa en la que el lema parece algo así como “ya lo había dicho yo”; por eso mi nuevo uniforme me legitima para cuestionar a todo el que no participe de la nueva religión política, así tenga una historia concreta y extensa de lucha contra el viejo autoritarismo mexicano”.

En otras palabras, los conversos hoy son regimiento, buscan sustituir las buenas credenciales con una praxis de intolerancia hacia todo lo que resulte de la deliberación crítica de lo que sucede en el país. Para defender la nueva fe, nada mejor que denostar a los críticos, a los que no forman feligresía, en unos casos; en otros, inventar biografías a modo, acomodarse bien y tomar la plataforma que puede conducir al poder, a los puestos públicos y continuar así en la trayectoria comprobada de compromisos que en el pasado fueron de otra índole, es decir, con los antiguos partidos dominantes, sean estos el PRI, el PAN o el PRD.

Sin duda se trata de un fenómeno al que no se le ha puesto suficiente atención, particularmente porque puede crecer y tornarse grave por la conflictividad que puede generar. Dentro de estos conversos, y no daré nombres por ahora, lo mismo hay políticos que brillaron en otras palestras en el pasado que intelectuales que se callan y ya se convierten en “intelectuales orgánicos” del poder que viene y que abarrotan sus textos, conferencias, coloquios, programas culturales y demás contra los que quedaron fuera del nuevo tren de pasajeros del poder que viene. Son, en algunos casos, por definición, los que se colocan una venda en los ojos para no ver lo que antes criticaban con esmero y que es la reproducción de las mismas prácticas del pasado.

Antiguos enemigos de todo lo que significaba izquierda, ahora hablan a nombre de una izquierda que no está definida en ninguna parte , pero que se escuda en la arraigada creencia de que nada hay superior al éxito que el éxito mismo, y si en julio se ganaron las elecciones de manera contundente, es porque llegó alguien que sabe hacer las cosas, lo que traducen en denostaciones y condenas a los que se partieron el lomo con un proyecto democrático de gran aliento, desde luego no exentos de deficiencias y limitaciones en cuanto a las posibilidades de ganar batallas para las que no se tuvo la fuerza suficiente, pero que fueron quedando como precedentes del agotamiento del sistema de dominación tradicional.

Pongo algunos ejemplos:

La reforma política que se inauguró a partir del sexenio de López Portillo, bajo la conducción desde el Estado de Jesús Reyes Heroles, tuvo como interlocutor a una izquierda histórica con varios rostros (grandes movimientos sociales, obreros y campesinos, la guerrilla, la gran disidencia estudiantil y juvenil que cobró vida en 1968, entre muchos otros) que abrió sendas a la democracia en el país, particularmente en 1988, bajo el liderazgo de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, Heberto Castillo, Ifigenia Martínez y Arnoldo Martínez Verdugo. Ahora se ven estas faenas, por los conversos, como simples y estériles pasajes, porque armados de una fe unívoca se dirigen hacia una “cuarta transformación” a la que le asignan el carácter de “destino histórico verdadero”, casi una revelación bíblica.

Otro es la revolución femenina que, silenciosa en muchos aspectos, es una realidad que hoy tenemos, producto de un gran movimiento horizontal, con muchos liderazgos casi anónimos, que ha transformado un cúmulo de aspectos de la vida nacional que nadie puede poner en duda, salvo los conversos que están esperando que la historia arranque dentro de cien días.

Estos conversos y su ferocidad ya hacen daño, y si no se les pone un hasta aquísus estropicios serán mayores. Cierto, refiero aristas y situaciones que tienen qué ver con las cosas grandes, con lo macro. Y parafraseando a quienes sostienen que en estos temas lo pequeño es más aleccionador, quiero subrayar que en la cotidianidad daña más el cuchillito de palo, que ya nos aplican a los que tenemos visiones diferentes y no estamos dispuestos a cambiarlas si esto no es producto de una deliberación de fondo y la asunción de compromisos que nos lleven a deponer nuestros criterios actuales.

En la interacción que cotidianamente realizo, modestamente y a través de las redes sociales, resulta cada vez más frecuente estar recibiendo los reproches feroces de estos conversos. Algunos que van edulcorados de la “amonestación moral” de que siempre hay tiempo, mientras se vive, de enmendar los pasos. Incluso presentando a los Bartlett Díaz como antiguos criminales de demócratas e izquierdistas, que camino de Damasco fueron iluminados y tomaron la nueva senda, en clara invitación de que no dejemos pasar más tiempo. Otros reproches van acompañados del mensaje de la cooptación: llegó la hora de la retribución, de que se te haga justicia, de un puesto público o de un modesto picaporte para lograr lo que tanto tiempo se negó. Si no fuera porque los que sostienen esto son los conversos de hoy, que se impacientan luego para mostrar su ferocidad, podríamos creer en una benevolencia que en realidad no existe.

A estos feroces lo que les hace el día es que los críticos, con larga data en la historia, arríen banderas. Que nieguen sus pasados, como en un dejo que puede permitir que el último cierre la puerta y se clausure toda disidencia, más la que se puede solventar con una autoridad política bien ganada. De estas figuras hay muchas en el país.

Por esa vía los conversos quieren cancelar que veamos las trayectorias de los Bartlett, de los Romo, de los Ovalle, los Gómez Urrutia, los evangélicos fundamentalistas que serán tropa en el Congreso de la Unión, y mucho más. Desean, dicho sea por último, que nos callemos que Alfonso Romo no dejará de hacer negocios en este sexenio; su estrechísima y peligrosa visión de Trump; sus escasos alcances en materia de inteligencia política y que además actúe como jefe de aquellos científicos positivistas que al grito de “¡enriqueceos!”, aprovecharon al dictador Porfirio Díaz para saquear al país. Vaya ferocidad de estos tiempos y de los que vienen.