Cien años del eclipse que dio la razón a Einstein

La Luna tapó el Sol en la isla africana de Príncipe. Arthur Eddington llevaba meses preparándose para el momento. Corría el 29 de mayo de 1919 —hoy hace cien años— y durante casi siete minutos, el astrónomo británico pudo fotografiar un cúmulo de estrellas en la constelación de Tauro, visible en torno al eclipse. Los datos que se recogieron ese día permitieron comprobar que la luz de astros lejanos se dobla al pasar junto al Sol, tal y como predijo cuatro años antes Albert Einstein, un físico alemán conocido solo en círculos expertos. Ese año, recién acabada la Gran Guerra, la teoría de la relatividad general se impuso triunfante sobre la gravedad de Isaac Newton y el mundo conoció a Einstein. La ciencia ya nunca sería igual.

“La guerra había devastado la ciencia internacional”, explica el historiador de la Universidad de Nueva York Matthew Stanley. Durante el conflicto, Alemania estaba aislada, y cuando Einstein presentó su relatividad general a finales de 1915, pasó desapercibida fuera de Berlín. “En 1918, Einstein dio unas charlas sobre relatividad en Suiza que se tuvieron que cancelar porque solo aparecieron dos asistentes”, cuenta Stanley. Una persona que sí supo de la revolucionaria teoría, gracias a la correspondencia con otro científico holandés, fue Eddington, entonces secretario de la Royal Astronomical Society en Inglaterra. Él reunía dos cualidades que determinaron el curso de la historia.

Primero, Eddington era una de las pocas personas en el mundo que entendió la relatividad general. Cuando otro científico le preguntó, años más tarde, si se consideraba uno de los tres únicos hombres que comprendía las ecuaciones de Einstein —el interlocutor se incluía a sí mismo en el cálculo—, él respondió, bromeando: “¡Me preguntaba quién podría ser el tercero!”. Pero, además, Eddington pertenecía a la Sociedad Religiosa de los Amigos, y como cuáquero y pacifista, no participó en la guerra. “Era un internacionalista entregado”, explica Stanley, quien acaba de publicar un libro sobre la historia de la relatividad. “No solo le interesaban los resultados técnicos, sino las implicaciones para la ciencia internacional. Estaba dispuesto a investigar una teoría desarrollada por un físico alemán”.

Esto fue determinante porque las naciones seguían enfrentadas cuando Eddington y el Astrónomo Real de Reino Unido, Frank Dyson, plantearon la posibilidad de organizar dos expediciones simultáneas para observar el eclipse total de 1919. Afortunadamente, la Primera Guerra Mundial terminó antes. Eddington y un acompañante, el relojero Edwin Cottingham, fueron a la isla de Príncipe (actualmente en la República Democrática de Santo Tomé y Príncipe), mientras que otros dos compañeros viajaron para observar el eclipse desde Sobral, en el norte de Brasil.

De las 19 placas astrográficas que tomó Eddington, enfrentándose a nubarrones y mosquitos, solo dos resultaron bien enfocadas. Sus compañeros en Brasil tuvieron mejor suerte y regresaron con ocho placas de mayor calidad para el análisis. El objetivo era comprobar si se producía la distorsión gravitatoria de la luz que predecía la teoría de Einstein. Según la relatividad general, el espacio y el tiempo forman un tapiz de cuatro dimensiones que se deforma ante la presencia de un objeto masivo, como nuestro Sol. La luz, igual que la materia, viaja por este tejido del universo, y su trayectoria parece desviarse allá donde esté deformado.

Fue Dyson quien reconoció la oportunidad que presentaba el eclipse de 1919 para poner a prueba la teoría: el Sol se interpondría entre la Tierra y un cúmulo de estrellas cercano al Sistema Solar, las Híades, y estas serían visibles porque la Luna, a su vez, pasaría delante del Sol y bloquearía sus deslumbrantes rayos. En las fotografías, las estrellas que rodean el eclipse aparecen más separadas unas de otras en el cielo que de costumbre, por un fenómeno que ahora se conoce como efecto de lente gravitacional.

Curiosamente, las leyes de Newton que gobernaban la física desde 1687 ya predecían la atracción gravitatoria de la luz, pero en menor medida. Existía un gran interés en las nuevas teorías científicas del siglo XX porque la gravedad newtoniana no explicaba anomalías recién detectadas en la órbita de Mercurio. La Relatividad General sí, al plantear la atracción gravitatoria no como un fenómeno instantáneo, sino como una consecuencia de la deformación espacial, que se propaga solo a la velocidad de la luz. Eddington calculó que, si la Relatividad General era correcta, durante el eclipse se observaría exactamente el doble de distorsión lumínica que siguiendo la gravedad newtoniana. Y así fue.

En cierto modo, la robustez de la relatividad general es frustrante. La teoría explica el comportamiento del universo a gran escala, pero es irreconciliable con la mecánica cuántica, que gobierna el mundo de las partículas subatómicas. Dice Stanley que entre los físicos, “existe la esperanza de que haya un fallo en la Relatividad General” porque “eso podría ser la pista hacia una teoría unificada”. Pero desde el eclipse de 1919 hasta la imagen de un agujero negro de 2019, Einstein sigue acumulando aciertos.