AMLO: la crítica inevitable

Jaime García Chávez .-

Izquierda y crítica no son sinónimos, pero no se pueden desligar sin negarse a sí mismas. En menos de seis meses, Porfirio Muñoz Ledo ha inaugurado la crítica desde dentro del lopezobradorismo. Lo digo no obstante que descreo de esa división entre crítica interna y externa, pero aquí lo que quiero subrayar es la raíz, el origen, el ámbito en el que se producen los cuestionamientos, sin que sobre ellos –o contra ellos– se puedan disparar los ya famosos dardos de provenir de la “mafia del poder”, los fifís, o con la envenenada pregunta de “¿dónde estabas tú?”. 

No pretende esta entrega ser una mini biografía del personaje, ni la necesita, pero sí al menos resaltar que conoce el sistema político mexicano desde la óptica de la academia y la ciencia social. Se explica por su larga vida en el extranjero, lo que da un balcón mejor para ver al propio país; su experiencia partidaria y como funcionario público, parlamentario; y conocedor, además, de la interdependencia mundial en la que vivimos a querer y no. En particular recuerdo que ha sustentado como propósito esencial la creación de la Cuarta República, desde una visión eminentemente recuperadora del pensamiento democrático avanzado, que ya tenemos mucho tiempo esperando se concrete, más allá de la fría letra de la Constitución, en la realidad misma y en un país con tantas desigualdades, diversidades y culturas, que sólo se pueden aglutinar en una unidad que se tejerá en el pluralismo y la democracia o no se tejerá.

Distribuiré esta nota en tres llamadas, al estilo Cosío Villegas, para concluir en cómo influyeron los sucesos chihuahuenses de 1983 y 1986 en el gran viraje que, acompasado y lento, finalmente terminó con la era del PRI inaugurada en el ya lejano 1929, año de su fundación. Estas tres señales son relevantes y seguramente a ellas se sumarán otras con las que la crítica se redondeará, para abrir paso a proyectos de futuro de gran calado realmente históricos. 

Primera llamada. Cuando el candidato presidencial de MORENA asumió el cargo, Muñoz Ledo, ya presidente de la Cámara de Diputados, afirmó: “Desde la más intensa cercanía confirmé ayer que Andrés Manuel López Obrador ha tenido una transfiguración: se mostró con una convicción profunda, más allá del poder y la gloria. Se reveló como un personaje místico, un cruzado, un iluminado”. Los seguidores del líder creyeron que se trataba de un elogio; no les alcanzó para penetrar en la idea que cobraba forma de poder en la antigua “agitación social primitiva”, de la que nos habla el historiador Eric Hobsbawn. Se entiende que en este caso el hombre cimero del poder emprendió la ruta al amparo de un liderazgo que poco o nada tiene que ver con un sólido hombre de Estado, comprometido con una convicción a fondo de aliento democrático. Se dijo un “sí” más proclive a la gloria que al poder que requiere la república de manera impostergable. Nunca los liderazgos carismáticos le han dado vigor a democracias consolidadas.

Segunda llamada. Luego vino el “tweet” del 3 de junio, dos días después de las primeras elecciones importantes comprendidas dentro del actual sexenio, que tocaron las entidades de Tamaulipas, Baja California, Durango, Aguascalientes y Puebla. Se dejó sentir la nueva hegemonía, la obtención de gubernaturas clave que la fortalecen. Empero, el presidente de la Cámara de Diputados dijo lapidario: “No debemos arrumbar la escopeta del sufragio. Los datos de la jornada electoral no son alentadores para la democracia mexicana. 77 por ciento de abstención es demasiado. Y recuerda las cifras del antiguo régimen. Necesitamos no solamente plazas llenas sino urnas llenas. La 4T las necesita”. 

La primera figura, maderista hasta la médula, no deja dudas, pero no se solaza con un triunfalismo ramplón y su objetivo esencial es mostrar que la democracia no es un ejercicio que se satisfaga en el regusto que provocan las concentraciones multitudinarias. Lo contrario es cierto, y tiene que ver con el funcionamiento de la inclusión a través de las instituciones, el apego a la constitucionalidad, el respeto a las libertades y a la solvencia que acrecienta una real división de poderes, partidos libres y administración pública neutral. 

Constructor de frases vitales que llegan para quedarse, Muñoz Ledo subordina el zócalo en favor de todos los significados profundos que tiene el concepto sufragio, que a final de cuentas va más allá del simple voto. No es poca cosa, si nos hacemos cargo no nada más de lo dificultoso que resulta para un orador nato afirmar tal cosa, sino hacerlo con solidez conceptual y crítica y con el peso de hablar por todo un poder fundamental, cual es la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.

Tercera llamada. En medio del problema de las amenazas arancelarias de Trump, Muñoz Ledo usó el bisturí para diseccionar: una cosa es la relación económica asimétrica con el imperio, que tiene todo un historial en la política exterior mexicana de la que no se puede prescindir, y otra la agenda migratoria, con todas esas aristas frente a las cuales un concepto progresivo de soberanía es el que se reivindica por el parlamentario. No debe haber maniqueísmo entre política interior y política exterior; cuando esto sucede, la tragedia acecha. La mezcla que se hizo, la desfiguración del entramado institucional que obliga al poder público, la fragilidad de los tiempos en los que ahora prácticamente vamos a quedar sujetos a la certificación de un truhán llamado Donald Trump, por señalar lo mínimo, no augura un futuro ni una senda correcta para el país, que está comprometido con la migración como derecho humano y con sus relaciones solidarias con la Latinoamérica y el Caribe, y, no lo olvidemos, los muchos millones de mexicanos que están al norte del Río Bravo.

Lo dice quien conoce de la interdependencia económica mundial, el crítico de la globalidad imperial, el embajador ante la ONU, de la Comunidad Europea y el que atisbó en los años ochenta el viraje mundial que se estaba operando para dejar atrás los autoritarismos; el hombre que dijo que en 1994, en la precisa fecha de entrada en vigor del TLCAN, pretendimos cruzar el Bravo, cuando en realidad estábamos en las goteras del Suchiate con el levantamiento zapatista. 

Hasta aquí las tres llamadas. Chihuahua, nuestro estado, ¿tiene en la visión del político alguna importancia? Para contestar afirmativamente, les doy noticia, a los que aún no lo saben, de sus memorias, “Porfirio Muñoz Ledo. Historia oral, 1933-1988” (James W. Wilkie, Edna Monzón Wilkie. Editorial Debate. 2017). Se trata de un voluminoso texto (alrededor de mil páginas) en cuya parte final narra cómo se fue construyendo lo que fue la gran ruptura con el autoritarismo priísta y la propuesta de desmontarlo privilegiando la democracia. Historia interesante sin duda. Dice Porfirio que en una de las reuniones, los sucesos de Chihuahua le permitieron afirmar: “… la reacción instintiva de conservar el poder (por el PRI de De la Madrid), aún a costos políticos muy altos, no podía llevar al extremo de violentar el régimen constitucional. Eso fue una alusión muy clara a Chihuahua, y dije entonces que, además, esa condena mecánica a los ‘adversarios históricos’ por el solo hecho de tener una ideología distinta a la nuestra, no correspondía a un país moderno”. 

James Wilkie entonces le pregunta: 

—¿Fue obvio que el gobierno había aplastado a la oposición ilegítimamente en Chihuahua? 

Porfirio contestó:

—Fue obvio que echaron la casa por la ventana, todo el poder del Estado para controlar la situación ahí… Era clarísimo que estaba aludiendo a que había una desmesura ahí: ‘La tendencia casi instintiva de retener el poder electoral, aún a costos desproporcionados, no nos ofrece respuestas válidas y nos coloca en cambio en el riesgo de tener que mantenerlo un día a cualquier precio, con grave deterioro de nuestro sistema constitucional’.

En otras palabras, Porfirio ha defendido el sistema democrático antes, después y ahora. Se le debe escuchar, queda algo de tiempo. Hoy veo al parlamentario con los ropajes de Dantón y frente a la amenaza de Robespierre. Ojalá nunca.