MORENA no es partido; que lo sea

Jaime García Chávez.-

No es la única voz que en el pensamiento político y filosófico se ha levantado para deslindar lo que es un movimiento y lo que es un partido político, pero Hanna Arendt, después de la horrible experiencia del nazismo, examinó el tema con lúcidas conclusiones que no han perdido actualidad, porque el totalitarismo, a final de cuentas, ha tendido a ser recurrente y reeditable. Esto viene a colación por un debate, aparentemente interno de MORENA, en un contexto en donde los partidos son entes de interés público, conforme a nuestra Constitución, y por tanto, todo lo que en ellos suceda nos atañe. 

Hay, quizá por noticias de mayor calado en la coyuntura, una disputa soterrada sobre lo que será MORENA en el futuro, si se preservará como la abigarrada mezcla que fue hasta la elección de 2018, o tomará los contornos de un partido con un compromiso histórico con la democracia, o simplemente será una reedición de “partido de Estado”, con las desventajas de la presencia de un hombre fuerte, carismático, tozudo, que marque el devenir de eso que en estricto rigor es un movimiento y no un partido político que forme parte de un sistema de partidos que privilegie la consolidación de un sistema democrático en el país, largamente esperado y largamente negligido. 

Me interesa en esta entrega marcar tres o cuatro aspectos interesantes de este problema, crucial, pues de ninguna manera se puede minimizar. Empezaré por el diagnóstico que han hecho importantes figuras de MORENA, algunas de ellas hoy apoltronadas en cargos públicos de buen nivel burocrático. Recientemente un trío de figuras –Paco Taibo II, Pedro Salmerón y Felipe Ávila– difundió a través de la página de internet del Instituto Nacional de Formación Política de MORENA (INFP) un comunicado en el que se afirman cosas como estas: 

“Esa gran movilización popular (la que encabezó MORENA y concluyó el primero de julio de 2018), expresó su voluntad de poner fin al antiguo régimen de privilegios y concentración de la riqueza en pocas manos y comenzar una transformación profunda, en donde el pueblo tome en sus manos su propio destino (…). Hacer realidad ese objetivo de que el gobierno de la Cuarta Transformación sea un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, y que por fin haya justicia social para la enorme mayoría de la sociedad mexicana, hoy excluida hasta de lo más elemental”. Narrativa con la que se puede estar a favor o en contra con matices, y que describe la calidad de MORENA como movimiento. 

Pero ese trío le pone puntos a las íes: Se “requiere –dicen– de un partido que acompañe y respalde este proceso”, lo que significa que emplearon un adecuado bisturí para diseccionar lo que es partido y lo que es movimiento y la necesidad de configurar el primero, lo que no puede quedar fuera de la legalidad vigente, más si conforme al credo democrático la política se entiende de una manera distinta a las expresiones binarias de la política de adversarios en la que –como sucede en los totalitarismos de toda especie– el triunfo de unos signifique la aniquilación de los otros, los adversarios.

Pues bien, para este trío, “este partido no existe”, y abundan en otras razones: “No tiene estructuras orgánicas permanentes, no tiene espacios orgánicos de información, de discusión, de reflexión, de análisis de lo que está pasando y de los grandes desafíos y resistencias que enfrenta el gobierno de la Cuarta Transformación”. Afirman que “si MORENA no es capaz de crear un verdadero partido político que acompañe, que movilice, que forme militantes conscientes capaces de incidir en la sociedad y de ser verdaderos líderes, la Cuarta Transformación puede naufragar” y que “sin un verdadero partido que la impulse, el gobierno solo no podrá hacerla realidad”. Hasta aquí un diagnóstico estimable con el que se puede, insisto, estar o no de acuerdo. 

Donde cojea esta visión crítica doméstica es en la solución que aporta y que evade lo esencial, reconociendo que seguramente tienen apreciaciones mayores y más precisas y que por ahora su pronunciamiento se tiñe de una pugna interna. Pero hacer depender la vertebración de MORENA como un partido político de la existencia de un Instituto de Formación Política establece un camino, aparte de equivocado, bastante obtuso; o se trata de un plan deliberado al estilo de las viejas escuelas de cuadros que derivaron en la proliferación de dogmáticos y fanáticos: los mazzarinos del absolutismo francés, los leninistas, los estalinistas, los aparatos partidarios de los totalitarismos, y todo aquello que tiene que ver con lo que un brillante autor llamó “las instituciones voraces”, porque acaban con la individualidad, la libertad del debate y la convención de los que comparecen a un partido con absoluta ausencia de espíritu de feligresía.

Pero esta tarea rebasa a MORENA, que puede hacer soberanamente lo que mejor le convenga o escoger su propia ruta. La tarea esencial en México es crear un sistema democrático y posibilitar las condiciones generales para el resurgimiento de un sistema de partidos que esté en el corazón del régimen político a partir de la libertad, la pluralidad, la tolerancia. Pensar en una nueva hegemonía, como la que se inició en 1929 y que sustentó al PRI como tal por más de medio siglo, no tan sólo es el cuadro de un futuro tenebroso sino de un colapso que pone en entredicho la existencia misma de México como país. Quienes están al frente del Estado en la república, deben hacerse cargo de este reto, y esto no significa que le hagan favor a nadie, y mucho menos a los propios. Nunca como ahora la neutralidad de la administración pública es un prerrequisito para la construcción democrática del futuro. Nos puede costar mucho conquistarlo, pero más no hacerlo.

Volviendo a Hanna Arendt, una de sus ideas me seduce, y es lo de menos, si se tratara de una simple simpatía personal; lo demás es que nos atañe a todos en el México de hoy. Se necesita oposición, se necesitan partidos políticos reales, y sobre todo la presencia de ese gran olvidado que es el ciudadano. 

Sintetizo el brillante pensamiento de esta gran señora para traerlo a nuestro escenario: reivindica a la oposición más que a la posición, simbólica o real, de quienes ejercen el poder –en México, López Obrador y el magnate Alfonso Romo– y en contra de las pretensiones hegemónicas, aun extremas, de un solo partido. Añade que las ventajas, obvias para ella, de un sistema como este, estriban en que no existe una diferencia esencial entre gobierno y estado para que el poder, tanto como el estado, permanezcan al alcance de los ciudadanos organizados en el partido.

¿Significa esto una ingenuidad mediante la cual pensaríamos que dependemos de que MORENA y López Obrador tengan la generosidad de otorgar un sistema democrático de partidos? No, por supuesto. La oposición, y aun la resistencia a lo que tenemos, será fecunda en la medida de que logre sus tareas e ideales. Nada le va a caer del cielo, y menos desde el poder como se ejerce en México. Pero ya es tiempo de acotar al poder en un aspecto esencial: a quienes lo detentan no debe permitírseles que sienten las bases para su eternización. El presagio bajacaliforniano mediante el cual, contra todo derecho, se autoamplía el morenista Jaime Bonilla su periodo gubernamental, es el ensayo de un reeleccionismo mayor. No debe repetirse. 

Volvemos al principio, se necesitan libertades, se necesitan partidos, se necesitan oposiciones, se necesitan ciudadanos.