*Morena ¿Nuevo “super PRI”?

* Agotado sistema de partidos

*El sátrapa pierde impulso

Era cuestión de mera formalidad que el Tribunal Electoral de la Federación ratificase la pérdida del registro, como partido local del PES, sentenciada a mediados de Julio en la Sala Regional de Guadalajara. El argumento para sostener el registro, tres por ciento de los votos en la elección de síndico, carecía de cualquier asidera jurídica.

Si en la dorada burocracia del costoso sistema electoral entendiesen el concepto de “vergüenza”, ninguno de los consejeros locales del IEE, empezando por su presidente Arturo Meraz, tendría cara con que salir a la calle. Haberle otorgado el registro a un partido que francamente lo había perdido en las urnas, los exhibió como abyectos o centaveros.

El episodio de éste partido minoritario, formado sin más fin de que sus dirigentes medren con las prerrogativas públicas, como si fuese una extensión del diezmo, sirve para regresar el debate sobre la vigencia del Sistema Electoral Mexicano, uno de los más caros del mundo y ciertamente de los más corrompidos e ineficientes.

En las últimas cuatro décadas hemos cerrado un círculo electoral sin que “los entes de interés público”, como la Constitución define a los partidos para justificar las ingentes cantidades de dinero que recibe de todos los mexicanos, haya avanzado en términos democráticos. El empuje viene de la sociedad, no de la clase política.

Del partido hegemónico –PRI- pasamos a los partidos dominantes apoyados en sus satélites -PRI más PAEM, PT, Verde-, luego a los partidos avenidos a las concertasesiones y la oposición de liderazgos de izquierda –PRI, PAN; Cárdenas y López Obrador- después al impúdico matrimonio del PRIAN. Hoy estamos en proceso de volver a los tiempos del partido hegemónico, con un Morena abastecido por políticos del viejo PRI, la izquierda setentera, y políticos advenedizos de otras fuerzas.

En el camino de la transición sólo conseguimos estabilizar un endeble Instituto Electoral que pasó de ciudadano a “partidizado” –las odiosas cuotas- en el lapso de sólo una elección. Después del 2000, cuando ganó Fox, jamás volvimos a tener un organismo ciudadanizado, más que de nombre.

Hoy estamos en el proceso de cerrar el círculo, volvemos rápido al régimen de partido hegemónico. El primer paso en esa dirección lo ha dado López Obrador, exigiendo que los partidos también se sometan a su política de austeridad y reduzcan, con ese fin, el 50 por ciento de sus prerrogativas.

Tras el reclamo del martes donde el presidente pidió la reducción presupuestal, Mario Delgado, coordinador de los diputados de Morena, declaró presto que recuperará una iniciativa legal para atender la instrucción presidencial dictada durante una de las conferencias matutinas. 

La ley del recorte llegará tarde o temprano, no hay vuelta atrás, y el resultado práctico será que los partidos verán mermado su financiamiento a la mitad, mientras Morena construye una base electoral desde el Gobierno Federal, provista con tanto dinero como nunca han visto todos los partidos juntos, distribuidos a discreción del “líder amadísimo” y “bondadoso padre de la patria”.

Muy pronto reducirá a los partidos opositores y nadie más que la mezquina clase política será responsable de su fracaso. Están hechos a vivir del presupuesto público, cuando reduzcan sus partidas sentirán que les falta oxigeno y sentirán morir al ver cómo los candidatos del nuevo partido gobernante ganan elección tras elección, recargados en la dádiva de los programas oficiales contra la pobreza.

No es una predicción; tampoco un deseo, Dios me libre. Es el camino que obviamente tiene trazado López Obrador para consolidar lo que ha llamado cuarta transformación, en la que ninguna oposición tiene cabida.

Rompeolas

Los paseños fueron tímidos con Trump, las protestas de ayer quedaron a deber con relación a la magnitud del hecho y a la presencia de su mayor inspirador. Claramente es una sociedad que no sale del azoro provocado por las espantosas muertes del sábado. Pero el sátrapa está más debilitado socialmente, no encuentra sitio cómodo ni manera de acomodar su discurso, viéndose presionado por la poderosa y supremacista Asociación Nacional del Rifle y la sociedad norteamericana que cobra conciencia de la locura. Recuperar la confianza de los indecisos le será difícil y los necesita para conservar la presidencia.