El agua de la Luna

“La singularidad es una aberración, lógica y física. Así anda la cosmología, dando tumbos. 10^99999999999 sigue estando lejos del infinito, sin embargo en el Universo no hay magnitud que alcance 10^999, ni siquiera el número de partículas elementales. La partícula primordial de Lemaitre, de densidad infinita, es un sinsentido lógico, no digamos su supuesto origen ex nihilo a partir de la vibración del vacío cuántico. Pura generación espontánea. Todo ello es rendirle pleitesía a las matemáticas (que no fueron hechas para ese tipo de aplicaciones) renunciando a la lógica más elemental. El mapa y el territorio y las partículas elementales, en pleno Houellebecq. Quiere decirse, pura literatura”.

Volviendo a la Luna (hay que volver a ella), hace exactamente un año, en agosto de 2018, se confirmó lo que se sospechaba -y esperaba- desde hacía tiempo: en nuestro satélite hay agua, y probablemente mucha. No agua líquida, obviamente, pues en las zonas soleadas se evaporaría inmediatamente, la luz solar la descompondría y el hidrógeno se perdería en el espacio. Pero en algunos cráteres próximos a los polos, donde la luz del Sol nunca llega y la temperatura no sube de los -150º centígrados, hay cientos de millones de toneladas de hielo en la superficie o a muy poca profundidad. Este importantísimo descubrimiento viene a corroborar lo que los científicos ya sospechaban hace cincuenta años, y sin duda dará un impulso decisivo a las misiones lunares en proyecto.

Al igual que en la Tierra, el agua lunar puede proceder, al menos en parte, de los cometas que continuamente impactaban contra su superficie hace miles de millones de años. Pero otra parte podría haberse formado al combinarse los iones de hidrógeno del viendo solar con el oxígeno de algunos minerales de la superficie.

La presencia de grandes cantidades de “agua mineral” (nunca mejor dicho) en forma de enormes masas superficiales de hielo facilitaría enormemente la instalación de colonias permanentes en la Luna.