*Que sí, seremos como nórdicos

*Ideologización de la salud

Las malas vibras llegaron con el nombre: “Instituto de Salud para el Bienestar”. En el concepto está la definición, no puede haber un instituto de salud para el malestar, sería una contradicción cómica, imagínela; tenía muchos días bien, perfecto de salud así que fui al médico para sentirme mal. Cualquier institución, pública o privada, cuyo fin es aliviar o prevenir de enfermedades a la gente, busca su bienestar. Ah, pero en el caso particular del Insabi los ideólogos de la “cuatrote” necesitaban acentuarlo, así cayeran en grotesca redundancia. Habla del bienestar para el pueblo bueno y sabio, dispensado por el “Líder Amadísimo” como regalo a su devoción.

La propaganda es fundamental en la instauración del nuevo régimen, hay que contrastarlo con las decadentes instituciones del sistema neoliberal:  El Insabi es gratuito, universal y eficiente; el Seguro Popular ni era seguro ni era popular y si negocio de los ricos para lucrar con enfermedades de los pobres.

En la concepción ideológica de la salud empezó el desastre. Es un crimen por que atenta contra la vida de los millones y millones de miserables en todo el país que, al fallar los brujos del pueblo y las yerbas de la comadre, forzados ocurren a los hospitales públicos sin centavo en la bolsa, convencidos de que serán atendidos por que López Obrador dijo que nos le cobrarían un cinco. Quedan fríos cuando los reciben en la caja con la noticia de que las cuotas aumentaron, que primero paguen la consulta y si no tiene regrese a pedir prestado, y cuando Dios dispone de su enfermo paguen los gastos o el hospital retiene al difunto, advertidos además de que no se quejen del pésimo servicio ni renieguen por la falta de medicinas.

Me aterra e indigna la obsesión del presidente por destruir las instituciones del país, sin tener el repuesto que las supla. El servicio en hospitales públicos no es un modelo a replicar en otros países, la precaria atención da vergüenza y los hechos de corrupción en la compra de medicinas son de dominio público. Sin embargo ahí están, deficientes y lo que usted quiera son la única opción de alivio para los más necesitados. Eliminarlos por un impulso voluntarista que lo ve podrido, es como tirar el agua sucia con todo y niño.

Y cuando el cúmulo de reclamos los hace reparar en la estupidez, su solución es pedir paciencia y prometer que todo quedará resuelto a la mayor brevedad. Así “solucionaron” la crisis de violencia y del huachicol; los asesinatos acabarían “al otro día de tomar posesión”, después en seis meses, luego en un año y la promesa más reciente es un año más. Y el huachicol está reducido al cinco por ciento. Es la respuesta estándar del nuevo régimen, no resuelve los problemas, los difiere para ganar tiempo con la esperanza de conservar intacta la credibilidad del “Líder Amadísimo”.

Igual con la salud, a partir del primero de enero los servicios de salud serían gratuitos y universales, quince días después, abrumado por las criticas, López Obrador traslada el compromiso a finales de año, uno de diciembre, pidiendo calma al pueblo por que “él si cumple lo que dice”. Perfecta la solución, para entonces los problemas del pueblo bueno serán otros y él mantendrá altos los niveles de aceptación, seguirá bateando arriba de 300 mientras la gente se acostumbra a sufrir en silencio, los placebos empiecen a surtir efecto en los niños con cáncer y los ancianos achacosos se consuelen rogando a Dios que se los lleve pronto, para terminar el sufrimiento. 

Y con el mismo desparpajo mantiene la promesa de campaña, es un hombre que cumple su palabra: tendremos un sistema de salud como los países nórdicos; gratuito, universal y de la más alta calidad, con el milagro de hacerlo sin aumentar impuestos ni pedir prestado, todo con los sobrantes de la corrupción. En México hay mucho presidente para eso y más, por lo mismo ha decido centralizarlo, llevarlo a los años setentas y anteriores. Si aquellos fracasaron fue por que faltaba presidente, en cambio ahora tenemos al mejor.

La única esperanza antes de burocratizar la salud al grado espantoso del centralismo en un país con 130 millones de habitantes, son los gobernadores que decidieron “no adherirse” al Insabi. Sin embargo falta la reacción colérica del intolerante y, apuesto doble contra sencillo, llegará de la forma acostumbra: quieren manejar ustedes  la Salud pública en sus estados, perfecto, háganlo con su propio dinero, los recursos federales van para los gobernadores adheridos al nuevo instituto. al bodrio que diseñó por sistema de salud. La esperanza es tímida, uno a uno los gobernadores irán doblándose hasta que nuestro querido presidente consiga el objetivo de centralizar la salud, al punto de que cada receta médica necesite su firma para ser aceptada en farmacias desabastecidas.