Cena en palacio

Jaime García Chávez.- ¿Por qué Javier Corral organiza cenas en Palacio?, ¿por qué los convidados son los periodistas de los cuales se burló por años y los denostó? Propongo un sencillo viaje para explicarlo.

Hace muchos años leí El club de los negocios raros, del crítico independiente y offsider Gilbert Kathe Chesterton. Llegué a este autor por la gran estima que le profesaba don Daniel Cosío Villegas, que tenía por el notable londinense mucho respeto como autor, según me enteré por su libros, sus conferencias y el testimonio de algunas personas que lo trataron en cercanía. No es, desde luego, mi caso. 

Sé de lo picoso de los artículos memorables de don Daniel durante la era del presidente Luis Echeverría y he tomado su recomendación de emplear la “mala leche”, indispensable en la columna periodística mexicana, que en las dosis adecuadas emplearé en esta entrega al humor que ayuda a decir mucho con poco, o poco con mucho, pero que al mostrar y exhibir siempre sugiere aspectos oscuros de la realidad que nos lleva a un conocimiento –¿extraño?– profundo de la realidad misma.

Cultivar el humor inglés es difícil, lo reconozco, y más en el país de los albures en el que hasta la poesía erótica, de tiempos y autores lejanos, no pasaba más allá de lo hotelero. Aquí se tratará no de la última cena, sino de la más reciente de Javier Corral, quien presumió al asumir el cargo de su calidad de periodista inaugural, en su caso un oficio anexo al del político siempre en búsqueda de puestos de poder. 

Fue una cena de índole política y se tomó a la hora de un atardecer de la semana que concluyó y se prolongó hasta entrada la noche. El escenario fue de pretensiones imperiales en el Palacio de Gobierno: el anfitrión, su inquilino, apoltronado en la sólida mole de cantera pegada a cal y canto. 

Como insinuaba Chesterton, no vi nada, pero estoy seguro que algo pasó, pues no se trata de una parvada de amigos que se reúnen para empinar el codo y tirar un poco de estrés, pese a la pandemia. Algo singular sucedió. Los convocados, periodistas de la ciudad de Chihuahua, tuvieron que acreditar credenciales en una portería que hizo las veces de aduana, recordando así los viejos filtros del duartismo, ante la cual se debía exhibir una invitación –conditio sine qua non– para lograr el ingreso, pues en eso ya hay expertos en oficios y revisiones. 

Aquí probablemente se habló de lo que se tiene como infalible de los servicios periodísticos para un gobierno en aprietos, que no sabe comunicar pero que además muy poco tienen qué comunicar. Entonces, el entramado de la nocturna cena fue preconcebido por Javier Corral como un negocio extremo, difícil siempre cuando los periodos gubernamentales están concluyendo y las manecillas del reloj corren, perceptiblemente, a mayor velocidad. Por eso los servicios que ahí se reclamaron, repito, se solicitaron en calidad de infalibles. Dificultad insalvable, creo, parecida a la que le hubiera podido sortear Hitler a Goebbels con los soviéticos a unas cuadras de la cancillería.

Se cuidó o fue prudente el anfitrión, si recordamos los precedentes de sus asperezas pertinaces contra los comunicadores y reporteros, además de su negación a cumplir un compromiso de iniciar “una era nunca vista” en esta materia. Olvidó también los principios de la AMEDI (Asociación Mexicana de Derecho a la Información). Como se sabe, la urbanidad y la etiqueta no contemplan esos roles cercanos a lo rasposo y sobre todo no empleables en una ocasión en la que hay que contener los músculos que dan motricidad a la lengua, la boca, los ademanes, o cuando se acostumbra mostrar enhiesto el dedo índice para marcar el derrotero o al adversario. 

Para aflojar músculo hubo aperitivos, luego se degustaron varios platillos, postres y de irrigación se corrieron vinos de botellas sin marca, deliberadamente sin etiquetas, sólo para que los comensales evocaran recuerdos del Petrus duartista de colección y subasta de alcurnia.

Entre los comensales se vio que le saben y tienen experiencia en estos eventos de salón. Nada de preguntas incómodas; ¿imprecaciones?, ni pensarlo; ¿recuerdo de Miroslava Breach?, mucho menos. ¿Glamour aldeano?, eso sí, en lo posible, y desde luego salivación pavloviana al menor indicio de aplicar presión y producir el reflejo condicionado del músculo con ese martillito metálico muy conocido en las películas de banqueros, perdón, de médicos. Las finalidades precisas no quedan claras, están confinadas dentro de las paredes de piedra propias de un castillo medieval. Son opacidad que traiciona a la ciudadanía. 

Pero ya que recordamos a Chesterton, que también fue un excelente periodista, no creo que los prestadores de servicios reunidos logren inyectar alma a lo inerte. Dice el inglés, “las cosas muertas pueden ser arrastradas por la corriente…”. Tengo para mí que Corral fluye ahora en esa condición, porque “sólo algo vivo puede ir a contracorriente”. Y no es el caso del rumbo que lleva la fallida administración pública estatal, que vaga como un cadáver. 

¿Entonces qué pasó? Abrieron boca con el Covid-19, la pandemia y cómo presentarla, cuáles las estadísticas y cómo ejercer la censura previa a cargo del inefable Manuel del Castillo, enfundado en la tarea que le encomendó Alejandra de la Vega, vecina de El Paso, Texas. Pero eso no fue lo esencial de esa reapertura a la “nueva normalidad” que anhela el corralismo, justamente por su calidad arqueológica, por su primacía en el pasado y el sostenimiento del poder de lo establecido que se cae a pedazos en medio de las molestias que le causa la transformación número cuatro.

El tema central no podía ser otro que los problemas de un régimen que llega al final, que quiere prolongarse, permanecer cambiando las reglas de acceso al ejercicio del poder para favorecer a uno y su facción y ponerle diques a todos los demás, en especial dentro de su propio partido. Es el sueño –o pesadilla– de todo gobernante que nunca entendió el valor de la democracia y la fortaleza que dan las instituciones. Con los periodistas trató de ser persuasivo sobre las bondades de una reforma electoral que postergó miserablemente para el final y que ahora pretende imponer con calzador. Ese fue el platillo político fuerte.

Los caprichos se pueden medir, reseñando a los comensales que estuvieron y a los que antes fueron altamente despreciados por Corral como el anverso de sus ideales, ahora lo sabemos a plenitud, simplemente retóricos al cien por ciento. Los convidados al salón fueron, entre otros, los sucesores de la familia Vázquez Raña, que pasaron lista de presentes; y al coro se sumaron los Felipes de los Fierros del Tiempo, y los Toños de la Omnia enciclopédica del fraude contumaz. Los de siempre, aunque sólo ocupan una etapa del periodismo vil. Los mismos que hacían el coro y los negocios con jugo durante el duartismo y su bestia negra impune. Hasta el representante de la familia Cabada fue un convidado selecto. Negocios son negocios y hay que sellarlos con buenos cortes, manjares y mejores caldos.

Ahora el restaurante quinquenal ya no es La Casona, ahora el Palacio de Gobierno es La Casona. Otros ahí estuvieron, no los discrimino, pero son de poca monta y sólo van creciendo para ponerse más cómodos en esas mesas y en futuros tiempos, si se dan. Al fin que hay más tiempo que vida. Ofició entre los manteles con cara de capitán de meseros Luis Fernando Mesta, y como sommelier el señor Olson, de la casa Madero.

¿Se fundó un club de negocios raros? Creo que sí, tan raro que las altas cuotas se pagarán del erario. Si usted es contribuyente tendrá obligaciones en ese club, pero ningún derecho. Y es que bien lo dijo el inglés Chesterton, hay quienes si no logran desarrollar su inteligencia, siempre les quedará la alternativa de forjarse como políticos. En mala hora para todos.