Gubernatura de Chihuahua: el factor presidencial

Jaime García Chávez.-

Quienes piensan que AMLO no intervendrá en la designación de candidatos de MORENA a las gubernaturas en 2021, quizás a lo sumo tendrán la de los que creen que vivimos en el mejor de los Méxicos posibles. El encargo sonorense de Alfonso Durazo, con todas las lecturas que se deseen al respecto, es el preludio, después vendrá la sinfonía completa.

La pretensión de consolidar su hegemonía hace de la elección de quince gobernadores un momento crucial, atado a la búsqueda de una mayoría en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. La tarea es harto difícil, ya no son los tiempos dorados del PRI y mucho menos los del porfiriato, pero ahí están esas historias marcando pautas y tendencias, a un tiempo connaturales al ejercicio del poder absoluto y de las servidumbres que los ceban.

Habrá contiendas y resistencias, aún el proyecto pluralista cuenta con calor y energía suficientes, a pesar de la ausencia de una izquierda democrática que terminó por ser borrada del mapa, justamente cuando pensó que había alcanzado su momento de hacerse con el poder obteniendo un triunfo abrumador. Esto es para el país entero un escollo enorme, no me queda duda. 

Sostengo que la larga estadía del PRI en el poder –a mi juicio debió caer en 1988–, el fracaso de la alternancia panista y la descomunal corrupción política nos llevaron a la situación actual que se puede describir como un desmoronamiento o derrumbe del Estado con la gran carencia de la certidumbre de un rumbo y una meta hacia un sistema democrático avanzado, con instituciones y sólidas libertades, todo envuelto en una reforma puntual y a fondo del poder, tal y como se ha ejercido en este país.

Veamos esto a la luz del proceso morenista para designar a su candidato al Poder Ejecutivo del estado de Chihuahua. De los poderes legislativos que entran a consulta pocos se ocupan (no es ni remotamente la preocupación, y los nombramientos sólo se usarán como moneda de cambio para consolar y paliar ambiciones) y la vida política de los municipios se verá bajo la óptica de que siempre lo accesorio sigue la suerte de lo principal. Con todo y esto, la faena no es una tarea que se pueda concluir con regusto a la hora del recreo. Habrá confrontación y conflicto, antes, durante  y después del proceso electoral. Al final reconozcamos que Chihuahua tiene –no al nivel que se le presume– una tradición cívica que acumula experiencias y dota de cultura política para pelear fuerte.

Para MORENA el futuro ya tiene un haber en su historia que le precede en esta precisa etapa. Hacia adentro, el conflicto, la reyerta y la pugnacidad sin solución es endémica no hay reglas claras en el estatuto y se carece de dos piezas clave: estructura territorial y candidatos fuertes y presentables. No habrá líder carismático en las boletas, ni tsunami electoral a la vista. Y, por encima de esto, no hay ni brizna de un discurso que integre a la ciudadanía –las clientelas son otra cosa y todos pueden aprovecharlas de manera ya explorada–. En consecuencia, todo se apuesta al “poder” que se tiene en la persona que está en la cima de la pirámide, en el palacio de los virreyes coloniales, donde antes estuvo el gran teocalli.

Desde esta óptica, tanto Rafael Espino de la Peña como Cruz Pérez Cuéllar y Juan Carlos Loera de la Rosa le apuestan a sus vínculos con AMLO; creen ciegamente en su dedito y le queman incienso al poder, olvidándose del ciudadano que en las encuestas está, fundamentalmente, en la barra vertical de los indecisos. Eso explica que un día Pérez Cuéllar publique una foto con el pinochetista Alfonso Romo y otro Espino cacaraquee ser asesor de PEMEX, algo que lejos está de presumirse, si se hablara con la verdad; y, finalmente, Juan Carlos Loera mata víbora en viernes a la hora de renunciar al cargo federal y de manera grotesca repasa sus actividades de asistencialismo y empleado postal. Para este, AMLO es un auténtico ser providencial por divino. Esto, ni en el PRI. No hay en este trío propuestas que el tiempo presente exige como imperativo categórico, sólo la alabanza del deseado poder para convertirse en candidato a un cargo que se va a pelear, centímetro a centímetro, y por lo cual los padrinazgos de poco servirán. 

El reclutamiento y la designación del candidato de MORENA no puede elegirse bajo las costumbres del porfiriato o las reglas que gratificaron al PRI largamente. Veámoslo por separado: durante la dictadura que defenestró Francisco I. Madero estas cosas eran así –me apego a los análisis de François-Xavier Guerra–, los gobernadores eran de distinto origen histórico y social, pero todos estaban con Díaz en la cúspide, en su entorno, entre sus más sólidos apoyos y predominaban las devociones y las fidelidades acendradas. La exaltación de la figura presidencial era del tipo de la que profesa Loera de la Rosa, de vasallaje, de esas –según el autor invocado– que ligan a los simples con los reyes. Aquí pone un ejemplo epistolar del que fuera gobernador de Chihuahua, Carlos Pacheco, quien le escribió a Díaz en estos términos:

“La bondad de usted y los favores que me prodiga son inagotables, y verdaderamente me tiene usted obligado con ellos y ansioso de demostrar con hechos reales cuánto lo estimo, cómo le pertenezco, y cómo, señor, agradecido y dispuesto a todo por usted”.

Al menos Pacheco era barroco. El gobernador futbolista de Morelos, Cuauhtémoc Blanco, fue más sintético al decirle a AMLO: “…estamos con usted hasta la muerte”. Por eso no extrañe que, como lo hizo Díaz, haya entendimiento con caciques locales, luego con los acompañantes del fracasado Plan de la Noria y el triunfante de Tuxtepec, que se puede aglutinar con referencia a 2006, 2012 y 2018. 

Esto nos habla de la amistad como una fuerte ideología que da e irradia poder; por tanto, presumir ligas –aunque no existan– aplanan el camino y lo hacen terso para encaramarse a las alturas. En todo esto los ciudadanos no juegan ningún papel activo y presente. Se oyen gritos de que habrá encuestas, que están construyendo un nuevo tipo de partido dentro del cual la membresía sin embargo no decide nada, como se advierte en la designación de Mario Delgado, aunque en la realidad se aprestan a emplear el poder y las complicidades de siempre para plantar candidatos y, bajo la divisa de los hechos consumados, ordenar que el tren electoral se ponga en movimiento, con los que quepan, pues los que se queden en los andenes después abordarán en otro tiempo y estación carro de segunda clase. 

Es un juego de poder que, pasando la negra experiencia del PRI referida aquí y que abordo marginalmente, se resolvía comunicando al agraciado la voluntad que bajaba de las alturas, acompañada de aquella disciplina, oprobiosa y cretina, que habló de la elasticidad de muchas columnas vertebrales.

Todo esto lo veremos en escena, como corresponde a la cosmovisión de un autoritarismo divorciado del ciudadano y casado con el poder a ciegas, como el que acostumbraban los Pachecos en tiempos de Díaz y los Óscar Flores Sánchez durante el priísmo.

Ahora sí que como dijo Régis Debray, alabados sean nuestros señores en MORENA. Afuera, así lo pienso, se cantarán otros himnos. Esperemos y veamos, que para eso tenemos ojos.