*El engreído y abusón Trump mexicano

*Funestas consecuencias de la rijosidad

* Este viernes llega delegado de Morena

*Juan Carlos Loera, atropellándose

Con sus desplantes de todo poderoso, el arrogante multimillonario de TV Azteca, Ricardo Salinas Pliego, me hace recordar a Donald Trump, desquiciado orate que por soberbia se niega a dejar el gobierno del Imperio. Muestra su colección de escopetas, en obvia referencia a los medios de comunicación que maneja su consorcio, y amenaza: “Quien se mete conmigo, ya sabe lo que le pasa”. Con Javier Corral es un león, con López Obrador un corderito, conducta usual de los bravucones; abusones engallados con los débiles y arrodillados o puestos de tapete ante los de arriba.

He criticado severamente, en más de una vez, la errática administración de la pandemia en el gobierno de Corral. Empezó mal, siguió peor y lo más probable es que termine pésimo. Los antecedentes son claros: Teniendo meses para organizarse, el Sector Salud nunca se preparó adecuadamente, restó importancia a la emergencia; en el transcurro el gobernador dejó crecer inconformidades laborales, relajó las medidas restrictivas como si nada pasara y cuando, al fin, advirtió la gravedad, hizo pasar a la entidad de amarillo a rojo intenso en el semáforo sanitario, sin discutir con la Iniciativa Privada las nuevas medidas restrictivas. Reaccionó hasta que los hospitales estaban colapsando y empezaron a verse muertes en sus puertas.

Estoy de acuerdo, es demencial lo que ha hecho Corral atropellando la economía, sobre todo la de los negocios pequeños, sin obtener resultados significativos en la reducción de contagios y número de muertes. Pero eso no le da derecho al Trump mexicano de manejarse como si sus empresas usureras no estuviesen sujetas a las medidas ordenadas por el Gobierno Estatal. Las ignora por sus pistolas o, en su caso, por sus escopetas, que además tiene el mal gusto y cinismo de presumirlas en sus redes.

Sinceramente no halla uno a quien irle, aparte de ineficiente y disperso, a Javier Corral no se le puede decir nada por que toma personales cada señalamiento y reacciona iracundo, incapaz de pensar en las consecuencias de sus arrebatos. Atemperarse le vendría bien, han pasado cuatro años y no aprende que es el gobernador de Chihuahua, no el senador Corral.

Salinas Pliego nada tiene que perder, es un bravucón multimillonario al que los negocios en Chihuahua le significan una bicoca. Tampoco Javier Corral, el pleito es su estado ideal. Sin embargo los chihuahuenses si, la entidad envuelta en mil problemas y su gobernador distraído trabándose en egocéntricos pleitos que sólo sirven para alimentar sus vanidades.

El secretario de gobierno, Jesús Mesta, peor tantito. Es el responsable de lidiar con los conflictos en la administración estatal, le pagan para resolverlos, y cae asombrosamente fácil en la primera provocación del magnate. En lugar de intervenir con ánimo pacificador respondiendo con frases hechas como esa de que “uy, uy que miedo”, en respuesta a las escopetas, o calificativos de “mamuco” endilgado al bravucón.

¿En qué mundo viven los mayores funcionarios del gobierno estatal? En una cápsula muy pequeña que les impide comprender la enorme responsabilidad que tienen con Chihuahua. Es una pena verlos distraídos en discusiones superficiales para ver quién es más grande, mientras las muertes Covid siguen saturando funerarias y los sicarios del mal dejando tendidas las calles de cadáveres. 

Rompeolas

Este viernes llega el delegado de Morena, José Ramón Enríquez. Viene con la línea de sacar un candidato de unidad, para evitar que los rezagados hagan más ruido del necesario, algo difícil en un partido caracterizado por su indisciplina interna. Y como sucede en los momentos de las definiciones importantes, con el arribo del senador duranguense decae la influencia de Chaparro, el fiel presidente del Directivo Estatal. Pendientes morenos, en el curso de la semana que viene pueden recibir noticias importantes.

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Juan Carlos Loera se apresuró a tomarse la foto con el nuevo delegado, en la Cámara de Senadores. Ni siquiera le alcanzó para que se tomaran un café. ¿Sabe lo que tuvo que hacer para conseguir la imagen? Lo de siempre, pedir el favor a su protectora, Ariadna Montiel. Ella consiguió el fugaz encuentro. Loera está muerto, sólo que no se ha dado cuenta, sin Ariadna sería lo mismo que cualquier “servidor de la nación” desplegado en las serranías de Guerrero, o de Chihuahua. Tiene derecho a seguir soñando, es la prerrogativa de los que ven y no ven, oyen y no oyen, les hablan y no entienden.