¡QUE VIVA LA CRÍTICA!, ¡COÑO!

Por: Jaime García Chávez.- En estos días me di a un ejercicio, nada del otro mundo, para examinar el trabajo periodístico que realizo a través de las redes sociales, básicamente Facebook y Twitter. Me dio gusto saber que tengo un grupo de lectores asiduos u ocasionales que alimentan las ganas de seguir escribiendo textos para su divulgación. He pasado revista a una buena cantidad de nombres de los que me proporcionan like y también a los comentarios, los más responsabilidad de personas que sé de cierto que existen, que dan la cara, justipreciando aquellos que aun proviniendo de un seudónimo contienen señalamientos dignos de atender. Como es obvio, también hay buenas discrepancias y críticas que procuro tomar en cuenta. Aunque la denostación y el insulto también llegan, sinceramente las hago a un lado para seguir adelante. 

Esta experiencia me ha dejado buenas lecciones, alentadoras enseñanzas. La escuadra de la porra claro que la tomo en cuenta, pero sin duda es la disputa la que me atrae más porque intelectualmente me autopongo a prueba por lo que se refiere a mi talante y sobre todo a mis argumentos. En ese sentido he sacado algunas lecciones que refrendan viejas convicciones y motivos para procurar ser mejor o más cuidadoso. No sé si siempre lo logro. 

En un somero muestreo me he percatado de algo que se sabe de cierto: la crítica suele tomarse como un ataque, no se le da ni el espacio ni la dimensión que juega cuando se plantan frente a lo que está haciendo el poder público, los partidos, las iglesias, los políticos con o sin poder y, para compendiar, todos aquellos que por ser figuras públicas están en la mira o escrutinio de quienes escribimos u opinamos. Así las cosas menudean cuestionamientos de este corte: si criticas a un gobernante del PRI, te mueven intereses panistas; si cuestionas la presencia del ejército en la calle, eres aliado del crimen y por esa vertiente suelen inventarse cuestionamientos sin fin y a menudo totalmente inútiles a un diálogo cimentado en la crítica. Criticar no es ofender, como es bien sabido pero escasamente practicado.

 

El notable Octavio Paz, en su ya legendaria obra El laberinto de la soledad sostuvo que la “crítica es una forma libre del compromiso”, y es cierto porque quien la realiza asume que desea hacer las cosas de manera diferente, sobre todo cuando por alguna causa se hacen por afición a la maldad. La crítica no ha fructificado en nuestro país y en general en los dominios que fueron de la España colonialista, por una razón que el mismo Paz señala: no tuvimos Ilustración, esa brillante etapa de las ideas que se asocia a la Europa del siglo XVIII. En lugar de eso, estuvimos 300 años bajo la influencia de un catolicismo tridentino, contrarreformista a grado tal que hoy El Vaticano tiene en México una gran reserva de una iglesia eminentemente clerical, cupular y romana. 

Claro que muchas cosas han cambiado pero para la crítica no tanto. Pero deseo hablar de lo que veo acendrado en las críticas que fluyen a través de las redes sociales en las que participo. No pocos de los que identifico como panistas chihuahuenses, para los cuales era el valiente que luchó contra César Duarte, hoy es el apóstata que osa cuestionar a María Eugenia Campos Galván o a Javier Corral Jurado. Para estos interlocutores son intocables, nada se les puede decir, y por esa vía descargan su impotencia y su ira. Están en su derecho y como personas los respeto, no así a sus argumentos cuando caen por ese barranco. 

Quepa en mi descargo que nunca les ofrecí plataforma diferente, es un hecho con sobrada fama pública que mi quehacer político y mis convicciones filosóficas han transitado por rumbos diferentes, y aun contradictorios, sin que eso signifique que no se hayan cruzado caminos y se hayan construido convergencias honradas. Advierto intolerancia, afán panista por quemar incienso a sus ídolos. Que lo hagan es su derecho pero recomiendo que construyan sus argumentos bajo otras perspectivas, y lo deseo sinceramente porque a todos conviene que así fuese. Nadie tiene porque pelearse con la verdad o con el reconocimiento de los hechos tal cual son. De una crítica puntual y certera, todos podemos ganar, aunque sé que estamos lejos de ello, ciertamente porque en nuestra historia no tuvimos críticos que conformaran a fondo la ironía, la burla, el buen humor y todas esas cualidades que enriquecen tanto la vida pública en otros lares del planeta. 

Pongo tres o cuatro ejemplos de intolerancia panista. El caso de la familia Riggs, que no deja dudas de la corrupción y el tráfico de influencias; señalar que las privaciones de libertad de manifestantes sociales criminalizados son un ejercicio del Estado de derecho en la mañana y en la tarde libertad de presos por la gestión de los diputados Latorre y la inefable Karina Velázquez, el cuestionamiento al errático esquema de comunicación que se basa en un periódico oficial que me recuerda al Pravda soviético, y el silencio, casi sepulcral, a que ha querido reducir el gobierno estatal la denuncia penal ante la PGR en contra de César Duarte de septiembre de 2014. 

Aquí la intolerancia es que no se admite la disputa y la deliberación. Gustan de la uniformidad y hasta reconvienen una implícita recomendación de que no tenga regusto por la macana para sofocar una legítima insurgencia popular como la que tenemos en Chihuahua. Dicen que es pecado decirle a los gobernantes que las bayonetas sirven para todo menos para sentarse en ellas. Olvidando que el amplio catálogo de pecados que ellos se han auto impuesto (para liberarlos con una simple confesión) para muchos otros y yo entre ellos son simple y sencillamente un ejercicio de crítica libérrima con la cual nos comprometemos en serio con nuestros conciudadanos.