A seis años de la muerte de Bin Laden, siguen lucrando con el protagonismo de su muerte

Seis años después de su muerte, Osama bin Laden sigue suponiendo un negocio para RobertJames O’Neill. Este ex Navy SEAL se atribuye haber matado al entonces líder de Al Qaeda en el asalto, el 2 de mayo de 2011, a la casa en la que se escondía en Pakistán. O’Neill, de 41 años, acaba de publicar un libro en que detalla cómo descerrajó los tiros en la frente que abatieron al que era el enemigo número uno de Estados Unidos. También cobra por dar discursos y es analista de seguridad de la cadena Fox News.

O’Neill cruzó un umbral en noviembre de 2014 tras asegurar sentirse abandonado por el Gobierno estadounidense y sufrir estrechez económica: difundió su identidad a la prensa, rompiendo con el código no escrito de silencio que habían acordado los 24 soldados de élite que descendieron desde helicópteros y asaltaron el escondite de Bin Laden en Abottabad.

El militar sufrió una avalancha de críticas de sus excompañeros y del Pentágono. Él defendió que actuó en honor a las cerca de 3,000 víctimas de los atentados del 11-S perpetrados por Al Qaeda.

Todavía lo hace. “Siento un gran orgullo de haber ayudado a las familias del 11-S en su proceso de curación”, dijo el lunes O’Neill en Fox News. Y trató de quitar hierro a su actuación: “El equipo me llevó allí, yo simplemente estaba allí”.

Pero la búsqueda de fama en asuntos confidenciales puede acarrear problemas mayúsculos como bien sabe Matt Bissonnette, que también participó en la misión del equipo 6 de los SEAL aprobada por el entonces presidente Barack Obama. O’Neill fue el primero en salir intencionadamente del anonimato, pero no el primero en tratar de lucrar con la muerte de Bin Laden. En 2012, Bissonnette publicó un libro, con el seudónimo de Mark Owen, en el que contaba el asalto y aseguraba haber abierto fuego al terrorista saudí.

Un periodista destapó después la identidad de Bissonnette y el Pentágono emprendió medidas legales contra él por haber violado el acuerdo que tenía de no divulgar secretos. El militar no entregó, como correspondía, el libro al Pentágono para que lo revisara antes de su publicación para poder determinar si contenía información secreta. El pasado agosto, llegó a un acuerdo judicial para cerrar el proceso: Bissonnette devolvió 6,8 millones de dólares en ganancias del libro y por usar información no autorizada como conferencista.

O’Neill y Bissonnette compiten sobre quién disparó los tiros que acabaron con la vida de Bin Laden. Sus versiones coinciden en muchos detalles, pero se contradicen en el clímax del ataque. Su afán de protagonismo fue censurado por el Comando Especial de la Armada, que lo consideró una afrenta al código de conducta que se enseña a los SEAL. “No ignoramos intencionadamente o egoístamente nuestros valores centrales a cambio de notoriedad pública o ganancia financiera”, escribieron en 2014 dos altos cargos.

Ese mensaje, sin embargo, ha calado poco y el aura de secretismo de ese mando militar ha seguido resquebrajándose. El uso de la marca SEAL como atributo se ha expandido en los últimos años: desde un candidato a gobernador de Misuri que alardeaba hace unos meses de su experiencia militar hasta videojuegos que enaltecen el papel de los uniformados.