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lunes, febrero 23, 2026
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Miguel Ángel Félix Gallardo es, hasta la fecha, considerado el único gran capo mexicano del crimen organizado. Lo apodaban “jefe de jefes”, mote que no ha merecido ningún otro después de él. Mandaba sobre personajes míticos como Amado Carrillo, Mayo Zambada, El Azul, los hermanos Arellano Félix y los hermanos Beltrán Leyva, Caro Quintero, Don Neto, Pablo Acosta, Carmelo Avilés. Era jefe del cártel Guadalajara cuyas áreas de influencia se extendían hasta a Tijuana, Sinaloa, Juárez, Caborca, Tamaulipas, Cancún, Ciudad de México, ejerciendo monopolio en el trasiego de cocaína y marihuana. Presionado por el gobierno de los Estados Unidos, acusado de ordenar la muerte del agente Camarena, lo mandó detener Carlos Salinas. Más que un operativo, la suya fue una entrega pactada, al operativo de arresto sólo acudió Guillermo González Calderoni, comandante de la temida Policía Judicial Federal, asistido por una veintena de subalternos. Sucedió en su casa de Guadalajara en abril de 1989, sin que hubiesen disparado ni un tiro.

Desde entonces hasta la detención de Nemesio Oseguera, el Mencho, ayer en la mañana, pasaron casi 37 años, siete presidentes de la República, nacieron y murieron instituciones de seguridad, cualquier cantidad de comandantes y jefes policiacos, secretarios de seguridad, generales comandantes de las fuerzas armadas y miles de millones de dólares invertidos en planes y proyectos de seguridad. ¿Que hicieron nuestros gobiernos tan mal en estas casi cuatro décadas con presidentes de tres fuerzas políticas diferentes, para que México pasara de una detención pacífica como la de Félix Gallardo, al brutal desafió contra el Estado Mexicano por la detención de El Mencho, siendo ambos dos poderosos jefes criminales. Uno se entregó pacíficamente, otro desafió al Estado paralizando regiones completas en al menos diez estados del país, sembrando terror en millones de mexicanos con cientos de narcobloqueos, ataques a civiles, comercios y aeropuertos en importantes capitales y zonas metropolitanas?.

La única explicación pertinente al brutal crecimiento del crimen frente al estado es la asociación entre los capitanes del mal y los gobiernos mexicanos en esas cuatro décadas, donde las instituciones de seguridad terminaron sometidas al imperio de los capos superiores. Es la espantosa corrupción aceitada con dinero manchado en sangre que corrompe a gobernantes, empresarios y compra beneplácitos del Ejército, las fiscalías y las secretarías de seguridad. En el sexenio pasado, particularmente, las organizaciones criminales alcanzaron la parte superior del poder, llegando a la misma Presidencia del país con López Obrador, al corazón de la Marina con el secretario almirante Ojeda, el secretario de gobernación con La Barredora de Adán Augusto López y a varios gobernadores como Rocha Moya, Américo Villareal y Alfonso Durazo, los tres acusados de recibir dinero para sus campañas por Julio Shcerer, consejero y amigo muy cercanísimo del expresidente.

La corrupción al más alto nivel del gobierno mexicano es lo que tiene al país en la más precaria situación de seguridad, desgracia atribuida en mayor medida a dos expresidentes que se odian entre si, Felipe Calderón y López Obrador. Calderón emprendió una fallida guerra contra las organizaciones criminales, pensando que podría regresar a los tiempos de un megacártel que diera paz al país, como en los tiempos relativamente serenos de Félix Gallardo, pero en el intento sembró el territorio nacional de pequeñas bandas ingobernables contadas por cientos, que reclamaron como propios grandes jirones de territorio nacional. López Obrador no sólo hizo crecer esos territorios, respetó y protegió a los sicarios para que siguiesen colonizando nuevos espacios. Les proporcionó mecanismos de impunidad haciéndolos aliados electorales y recibiendo su dinero a manos llenas para campañas políticas de sus candidatos. Esa perversidad criminal inspirada en los abrazos y no balazos y una narrativa de apología en favor de los cárteles explica el desafío insolente de los jefes actuales al Estado Mexicano.

Es muy bueno saber que Claudia Sheinbaum, así sea presionada por los Estados Unidos, decidió poner fin a la locura de los abrazos promovidos por su antecesor, discurso que mantuvo durante los seis años con la falacia de combatir las causas, como si combatirlas (que tampoco lo hizo) fuese impedimento para hacer uso legal y legítimo de la fuerza pública. Con esa prédica cómplice y el abandono de sus deberes con la seguridad de los mexicanos, López Obrador dejó crecer la violencia hasta convertir a las organizaciones del mal en sanguinarios e insaciables monstros de mil cabezas. Ahora no encuentran la forma de contenerlo, se sienten con derechos ganados de gobernar absolutos sobre amplias franjas del país, convencidos de haberlos comprado con su dinero sangriento. Dan así razón a los Estados Unidos, de que México es un narcoestado y a decenas de analistas mexicanos que vemos desaparecidas las líneas que dividen al crimen del gobierno. Con López Obrador no se supo donde empezaban unos y terminaban otros, eran los mismos. Es decir, lo que sospechan muchos observadores imparciales: Morena es el gran cártel, el megacártel que no pudo crear Felipe Calderón en su fallido intento de apaciguar al país.

Para que haya un sincero combate a la criminalidad, la Presidenta precisa dar el gran paso de ir contra políticos y gobernantes que los protegen. Esto implicaría, por supuesto, la voluntad política de procesar a “compañeros del Movimiento” protegidos por el expresidente afincado en Palenque. De no hacerlo, la inseguridad seguirá creciendo con el surgimiento de nuevos y más violentos “menchos”, han cortado la cabeza del más odiado pero nuevos surgirán en su lugar y cuando surjan reclamarán más territorio y nuevos derechos de impunidad, acentuando la carrera siniestra por el control del país, donde claramente las fuerzas del gobierno están perdiendo. Hoy no pueden detener a un líder mediano sin que cause terror en la sociedad, esa tendencia debe ser revertida. Muy bien por la Presidenta Sheinbaum, felicidades y que siga deteniendo capos empoderados, pero siempre serán insuficientes si deja intocados a los que ocupan altos cargos del gobierno. Por ellos también debe ir.

Rompeolas

No me gustó ver al general comandante llorar en la mañanera, cuando daba el reporte de las bajas en los operativos contra el Mencho. Entiendo que es un ser humano y que derrama una lágrima por sus hermanos de lucha, pero también es el Secretario de la Defensa, el general de más alto rango en el país a quien no le es dado presentar esos episodios de franca debilidad.