Pasmados por el vertiginoso cambio del mundo que gira, presuroso, de las democracias estables y el impulso globalizador hacia el restablecimiento de tiranías despiadadas, olvidamos que la historia universal es la historia de sátrapas, déspotas y pervertidos que consiguieron encumbrarse hasta lo más alto del poder engañando o sometiendo a millones. Hombres sin moral ni escrúpulos, usualmente narcisistas y ambiciosos, que hacen de su vileza el mejor instrumento para empoderarse.
Con relativo éxito, en la democracia prosperaron los valores universales de humanismo como fraternidad, solidaridad, comprensión, generosidad, respeto, tolerancia. Cierto, con frecuencia la narrativa democrática de tales valores chocaba con los hechos, la política es contradictoria en el decir y el hacer. No hay sistema perfecto ni lo habrá, los gobiernos son obra de la malformación humana, sólo un puñado de locos seguimos pensando que la utopía es posible. Sin embargo debemos reconocer que la ventana de libertad hizo avances significativos hacia el desarrollo económico, social.
En estos tiempos de oscuridad y autocracias consolidadas o emergentes, es pertinente y obligado reflexionar en términos de la Grecia luminosa de la razón, el glorioso renacimiento de las artes y la ciencia, las universidades humanistas que formaron a los más grandes pensadores del modernismo, el existencialismo de la posguerra que nos visibilizó como seres humanos con sentimientos y aspiraciones personales. Fueron periodos brillantes de la historia que catalizaron el desarrollo humano, haciendo la vida familiar más llevadera.
Hoy como antes, tenemos que volver a poner la dignidad humana en el centro de la discusión pública, recuperarla como la mayor de nuestras prioridades. Recurrir a nuestra fortaleza interior frente al avasallamiento de quienes dividen a las sociedades como estrategia que les permita consolidar regímenes infames de vulgares ambiciosos o mentes retorcidas, haciéndose pasar por superhombres. Tenemos que darnos espacio para recordar que las tiranías de todos los tiempos y lugares solo dejan muerte, esclavitud, temor a la vida, desconfianza, ignorancia y miseria.
Es una tarea extraordinaria para los hombres libres de convicción democrática y anhelos liberales, el que tiene el gobierno tiene el dinero y el que tiene el dinero controla la narrativa al imponer su razón y acallar disidentes. Una de sus mayores vilezas radica en trastornar la realidad haciendo de la mentira verdad, su verdad. Ellos escriben la historia: Castro es un héroe en Cuba, Chávez en Venezuela, Kim Jong-un un Dios en Corea del Norte, Putin zar por derecho divino en Rusia y sigamos contando. Esas y otras sociedades están podridas, adulando a sus esclavistas perdieron hasta el espíritu, son como elefantes de trabajo o tigres de carpa que, conociendo su fuerza física, se dejan dominar por el temor que infunde su domador.
Hacia allá va el mundo, hoy empujados por la dinámica de un imperio en franca decadencia cuyo líder sueña con engrandecer a su nación sometiendo a las otras. Trump es de los que quieren verse más altos, cortando las piernas a sus adversarios. Son tiempos de embaucadores profesionales que ofrecen soluciones mágicas a problemas complejos y cuando gobiernan hacen de problemas simples crisis irresolubles, eternizando los conflictos que los hagan necesarios. Siempre hay un culpable favorito, nunca son ellos. Actúan con criterios absolutistas legitimados en su mente trastornada. Estamos en el umbral de la sinrazón y la impostura, tiempos en que los gobernantes presumen su perversión esperando que les aplaudan… y son aplaudidos. Oportunistas y legiones de ignorantes alimentados por migajas exiguas arrojados desde la opulencia del “dadivoso”, los hacen prevalecer.
Nuestra tarea es hacerles ver que sus falacias no engañan, que sus mentiras son mentiras y sus vilezas vilezas, que cuando hablan de bien común (pueblo) se refieren a la minoritaria casta gobernante que lo parasita, que al pontificar sobre libertad exigen obediencia ciega y destruyen las instituciones democráticas llamándose los mayores demócratas. Nosotros avanzamos en la misma dirección, para muchos mexicanos Obrador es el semidios que redimió al pueblo combatiendo a los ricos para darle a los pobres, ciegos a la herencia de muerte y desmantelamiento institucional que dejó. Somos víctimas de la vorágine nutrida en pulsiones destructoras que amenazan con hacer del mundo una satrapía, el territorio gobernado pos sátrapas.
Los hombres libres de pensamiento critico tenemos la obligación de oponernos a esa marcha hacia la sinrazón, encontrarle sentido y combatirlo. Los despropósitos tienen lógica, se nos dificulta encontrarla por querer interpretarla bajo criterios éticos, dentológicos, humanistas, democráticos, liberales. Precisamente los principios que odia y, cada que puede, pisotea todo tirano o aspirante a serlo. La suya es la lógica de la vileza, la vulgar ambición, los apetitos incontenidos de poder y dinero. Es la lógica de su megalomanía sintiéndose moral y mentalmente superiores, patrañas en las que, envueltos, se asumen virtuosos por definición. Se toman por medida de lo bueno y lo malo; estás conmigo eres bueno, estás contra mi eres malo.
Nuestra esperanza es recuperar los valores humanos, agarrarnos a ellos como náufrago a su tabla, que importa si la historia nos abofetea inmisericorde. Rendirnos no es opción, estaríamos dando el triunfo total a los tiranos de la historia y los que están por escribirla; la pasividad de los humanistas es la victoria absoluta de la tiranía. En la dignidad y los deseos de libertad nos encontramos, ahí hacemos fortaleza.













