Cuando Javier Corral gobernaba Chihuahua, las marchas de Marzo 8 eran portentosas pero pacíficas expresiones femeninas de compromiso con el género, enérgica protesta contra los abusos eternos que revindicaban su lucha centenaria. Cada año hacían un festival en la Plaza del Ángel, sin remover un adoquín o causar el menor destrozo. En la primera fecha emblemática que correspondió al gobierno de Maru Campos, aquellas manifestaciones, antes pacíficas, reventaron en hordas desencajadas volcando su furia contra el Palacio estatal, objetivo de su violencia. El segundo año estuvieron a punto de incendiar el histórico inmueble.
En los grupos de mujeres encapuchadas vestidas de negro había un claro propósito destructor contra el símbolo del Poder. ¿Porqué un minúsculo grupo de mujeres acompañadas de hombres no radicados en la entidad, hicieron de la celebración un ejercicio de violencia en cuanto terminó una administración y empezó otra, si por primera vez en la historia de Chihuahua una mujer gobernaba la entidad?. En una lógica de lucha feminista uno supondría que les sobraban motivos para celebrar, había llegado a la cima del poder local una compañera de género. Resultó exactamente lo contrario, como si de pronto la suma de agravios emergiera en lugar y día específico, descargando de a una los odios acumulados durante generaciones.
Si no existió un hecho represivo, un femenicidio de alto impacto, una ofensa pública a la mujer chihuahuense, ¿qué sucedió entonces para tan radical cambio de un sexenio para otro?. Según mujeres actuantes en diversos colectivos, la violencia tiene motivaciones personalísimas con siniestros tufos de venganza. A su ver, se debe a que lideresas históricas de los movimientos feministas ocupaban cargos relevantes en el gobierno de Corral y algunas fueron parte activa en la feroz persecución contra la entonces presidenta municipal y luego candidata al gobierno, Maru Campos. Explican que perdieron espacios y privilegios o, también razón humana, aborrecieron el éxito de una mujer que no fuese de las suyas.
Me aseguran que dos fueron de las más molestas con el triunfo de Maru Campos y que hay constancia en audios o capturas de pantalla, de que al menos una de ellas urgía desde el extranjero el inmediato encarcelamiento de la entonces popular candidata panista. También me dicen que durante décadas han dominado los colectivos feministas de Chihuahua. Probablemente las conozco, pero no recuerdo sus nombres. Sin embargo la versión me hace sentido, sobre todo cuando me dicen que algunas son identificadas como “Las Vestales” (sacerdotisas de la ciudad en la antigua Roma) con poderosa influencia en los colectivos más violentos. No se, los hechos ahí están.
El caso es que ahora, cuando el gobierno estatal decidió colocar vallas metálicas en el perímetro del Palacio estatal y otros edificios importantes en el Centro de la Ciudad, diversas voces feministas y los inconformes de siempre muestran hipócrita molestia por la obligada medida disuasiva. Olvidan a conveniencia ideológica o interés personal que hace dos años estuvieron a punto de quemar el histórico Palacio de gobierno, siguiendo órdenes de sabe quién. ¿Quieren que les permitan llegar hasta el interior del inmueble e incendiarlo?, ¿No es deber de cualquier gobernante proteger la sede donde asienta sus poderes el Ejecutivo?.
En una de las muchas manifestaciones del Frente Democrático Campesino que llegaron a la Plaza Hidalgo, recuerdo al Tigre Aguilar, fallecido tiempo atrás, decir (textual) lo siguiente: “un día quemaremos este Palacio. No se crean, eso jamás lo haríamos”. Pues las jóvenes de hace dos años, muy probablemente las mismas que marchen el domingo con picos, marros, barras, sopletes y otros instrumentos, intentaron quemarlo. Les faltó poco, la vieja madera en más de tres ventanales ardió durante minutos alcanzó cables de energía eléctrica. De no ser por que hubo extintores y policías que supieron usarlos, probablemente hubiesen cumplido la consigna destructora.
En gobiernos que saben hacer cumplir la ley, esas irrupciones de furia no sucederían o serían castigadas como graves actos de vandalismo contra bienes del Estado. Como los gobiernos de nuestro país sufren el trauma del 68, aquella cruel y dolorosa matanza de estudiantes en Tlatelolco, temen hacer uso de la fuerza hasta para defender los bienes públicos. De hacerlo se arriesgan a ser llamados represores, asesinos, fascistas y la ensarta completa de calificativos que la izquierda radical ha depurado durante décadas de luchas, unas legítimas y otras francamente perversas.
Estoy y estaré en contra de esas irrupciones violentas catalizadas por motivos aviesos o, como aseguran algunas mujeres, de venganzas personales por privilegios perdidos. Sus acciones anárquicas atentan contra las luchas genuinas de la mujer por superar inequidades odiosas, combatir ofensas ancestrales o señalar abusos inadmisibles. Estos irracionales brotes violentos cada doce meses deben terminar, una enorme mayoría de mujeres chihuahuenses los reprueban.
Rompeolas
Salvador García Soto, de los columnistas estrella en El Universal, comentó en su entrega de hoy supuestas versiones en el sentido de que Luisa María Alcalde dejaría la presidencia de Morena y la ocuparía Ariadna Montiel, a quien se le habría caído la gubernatura de Chihuahua, según el columnista. ¿Damos por buena su versión? García Soto es un columnista serio, yo por lo menos pondría atención. ¿Algo tiene que ver la foto de Cruz con Ariadna, subida por el edil a sus redes? Queda la pregunta para nutrir especulaciones.
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Todo en la Iniciativa de Reforma Electoral presentada por la presidenta Sheinbaum, está pensado para consolidar un régimen de partido único y arraigar el autoritarismo en nuestro país. El régimen no sólo quiere someter a los partidos opositores, también pretende deshacerse de los aliados incómodos. Por eso es difícil que la voten, perderían el objeto de sus rentas, la gallina de los huevos de oro. Sobre el tema escribiré en la siguiente entrega.















