El año pasado, OKC se proclamó campeón de la NBA con un sistema cimentado en una agresividad defensiva casi sin precedentes. Un bosque de manos y un ejército de excelentes defensores que anularon a todos los rivales con los que se cruzaron pero que, hace tan solo dos días, no fue suficiente para contener a un Victor Wembanyama de otra galaxia. Una tesitura que obligaba a los de Daigneault a reaccionar si no querían que la serie se les pusiera demasiado cuesta arriba.
¿Y que han hecho para ello? Aferrarse a esa identidad más que nunca.
Los Thunder han puesto el 1-1 tras vencer por 122-113 en un choque en el que, lejos de huir de lo que les hizo grandes, han redoblado la apuesta por su baloncesto físico para lograr poner freno, al menos por un día, a unos San Antonio Spurs con muchos más problemas que en el Game 1. Unos que fueron causados por prácticamente todos los jugadores locales que pisaron la pista, pero con un protagonista claro que parece llamado a convertirse en el villano de los texanos en lo que queda de eliminatoria.
De señalado a héroe
La primera rotación de Isaiah Hartenstein en el primer partido duró apenas dos minutos y medio. Eso fue lo que tardó Mark Daigneault en comprobar que su quinteto con dos hombres interiores daba demasiadas facilidades a Wembanyama para quedarse en la pintura y defender todas las penetraciones de los suyos, por lo que optó por sacar al pívot de la pista para dar entrada a Alex Caruso. Y con ello pareció que su rol iba a verse muy mermado de cara a este segundo encuentro. Nada más lejos de la realidad.
OKC basó gran parte de sus ajustes en elevar el nivel de contacto sobre Wemby para que no pudiera dominar el choque, algo de lo que Hartenstein se encargó desde el primer momento con una de las actuaciones más agresivas a las que el francés ha tenido que enfrentarse. Agarrones, empujones, tirones, golpes… Isaiah hizo todo lo que estuvo en su mano para alejarlo del balón en defensa y de la pintura en ataque. Quizás de forma excesiva, sí, pero indiscutiblemente efectiva también.
Una de las grandes virtudes de Oklahoma es la manera en que acostumbran a ser ellos quienes marcan el tono físico y el nivel de contactos de sus partidos, arrasando a los equipos que no son capaces de igualarlo. Y aunque es algo que suelen hacer desde la defensa, esta noche Hartenstein se encargó de hacerlo en ataque. El pívot fue probando hasta dónde podía llegar en su agresividad sobre Wemby y se alegró al ver que el listón estaba bastante alto, lo que le fue haciendo crecer en el partido hasta acabar dominándolo.
Y es que, hoy sí, Victor acabó muy cansado. Tras una primera parte muy discreta, trató de responder con un gran inicio de tercer cuarto, pero esta vez el peso de los minutos y de la lucha constante sí acabó pesando sobre él en un final de partido en el que le costó mucho más ser diferencial. No dominó el rebote en defensa, le costó sumar en ataque, y en general estuvo lejos de ser esa figura omnipresente que había sido en el duelo del lunes, lo que acabó haciendo que los suyos se descolgaran en el tramo final.
Y si Hartesntein fue un terror en el interior, Cason Wallace se encargó de hacer lo propio en el perímetro. La estadística le reconoce solo 4 robos, pero su forma de poner presión sobre balón cuando ejercía de point of attack y de meter manos sobre bote cuando llegaba en la ayuda generó ratos de absoluto terror en los manejadores de los Spurs, que volvieron a perder 21 balones a pesar de que se jugaron 10 minutos menos que en el Game 1 y encajaron 27 puntos tras pérdida.
El base vivió una noche similar a la del primer choque, en tanto que sumó bastantes tantos (25) y fue eficaz en el lanzamiento (10/17) pero tuvo unos inmensos problemas de cuidado de balón. El sophomore es élite en muchos roles, pero no como base generador, y OKC volvió a explotarlo aprovechando que, dada la baja de Fox y la ausencia de Harper a partir del tercer cuarto, se vio obligado a ello con más frecuencia. Y, con sus 9 pérdidas, fue imposible tener la continuidad necesaria para remontar.

















