La humanidad ha colonizado Marte y un astronauta en el Planeta Rojo quiere enviar un mensaje de WhatsApp a la Tierra. En el mejor de los casos, la señal tardaría unos tres minutos en llegar; en el peor, más de veinte. Si hablamos de enviar un «hola» a un exoplaneta en la galaxia de Andrómeda, la espera sería de 2,5 millones de años.
Ante este desesperante límite de velocidad impuesto por el cosmos, la ciencia ficción lleva décadas recurriendo a un as bajo la manga: el entrelazamiento cuántico. A menudo descrito como el «Anillo de Unicidad» de la física, este fenómeno parece ofrecer el Santo Grial de las telecomunicaciones: la comunicación instantánea a cualquier distancia.
Pero, ¿qué dice la ciencia real al respecto? ¿Podremos algún día saltarnos las leyes de Einstein para hablar con las estrellas en tiempo real?
El «fantasmagórico» vínculo que desafía al espacio
Para entender el debate, primero debemos viajar al corazón de la mecánica cuántica. El entrelazamiento ocurre cuando dos partículas —como dos fotones o dos electrones— se originan juntas o interactúan de tal manera que sus propiedades físicas quedan íntimamente ligadas.
Cuando esto sucede, el estado de una partícula determina instantáneamente el estado de la otra, sin importar si están separadas por la distancia de una mesa de laboratorio o por millones de años luz. Si mides el «giro» (o spin) de una partícula entrelazada en la Tierra y resulta ser «hacia arriba», sabrás con absoluta certeza y de forma inmediata que su pareja en Andrómeda tiene un spin «hacia abajo».
El propio Albert Einstein desconfiaba de esto, bautizándolo célebremente como «una misteriosa acción a distancia» (spooky action at a distance). Le horrorizaba porque violaba su Teoría de la Relatividad Especial, la cual dicta que nada, ni siquiera la información, puede viajar más rápido que la velocidad de la luz en el vacío.












