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martes, agosto 18, 2026

Entre nervios, computadoras y bendiciones; examen de control de la UNAM

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Cuando el contador comenzó a correr en las computadoras, las conversaciones se apagaron.

Minutos antes, los aspirantes habían hablado entre ellos para matar el tiempo: de dónde venían, qué carrera habían elegido, cuántos aciertos habían obtenido en el examen anterior. Unos hicieron ejercicios y estiramientos guiados por sus monitores; otros respondieron preguntas para distraerse mientras esperaban el momento de comenzar.

 

 Algunos habían llegado desde las cinco y media de la mañana para presentar el examen de control presencial de la UNAM.

En al menos 16 casos, los aspirantes fueron cambiados de lugar debido a que sus tabletas dejaron de responder correctamente.
Las tabletas ya estaban encendidas, pero todavía no podían utilizarse. Esperaban.

A las nueve en punto se activaron. Y cuando apareció el contador, el ambiente cambió.

El silencio se extendió por los espacios del Palacio de los Deportes.

Debajo de las bancas quedaron los teléfonos celulares, apagados.

Sobre las mesas sólo permanecieron los materiales permitidos: lápiz, goma, sacapuntas y dos hojas blancas que la Universidad entregó a cada aspirante para hacer anotaciones y que serían recogidas y destruidas al finalizar.

Antes de llegar a sus lugares, los jóvenes habían pasado por detectores de metales y revisión de bolsas.

Durante la aplicación, la supervisión continuó. Si alguno necesitaba ir al baño, debía levantar la mano y pasar nuevamente por una revisión 

Esta vez, la vigilancia no estaba detrás de una pantalla. Estaba ahí.

En el examen en línea, un supervisor vigilaba a 160 aspirantes. Aquí, en cambio, aproximadamente había uno por cada 28.

También estaban las directoras y los directores de centros, institutos, escuelas y facultades de la Universidad, que acudieron como observadores del proceso.

La dimensión del operativo podía verse en el espacio.

El examen se desarrolló en tres áreas del Palacio de los Deportes: el domo, que es el espacio más pequeño, y los pabellones este y oeste habilitados para recibir hasta 5 mil 900 aspirantes por turno. 

Pero para los aspirantes, toda aquella estructura terminaba reducida a una pantalla, un contador y 120 preguntas. 

ALIVIO

Alexander fue uno de los primeros aspirantes en salir. Terminó su examen en una hora con 19 minutos.

Aplicó para médico cirujano y llegó a esta segunda oportunidad con 115 aciertos del examen anterior, apenas dos por debajo de los que necesitaba para quedarse. 

Salió tranquilo, aunque no todo había transcurrido sin tropiezos.

Durante la aplicación, algunas tabletas dejaron de responder correctamente y tuvieron que ser reiniciadas.

En al menos 16 casos los aspirantes fueron cambiados de lugar.

No fue una falla generalizada, pero ocurrió en pleno examen y añadió unos minutos de tensión a quienes tuvieron que enfrentarla.

Alexander, en cambio, salió confiado.

A diferencia del examen en línea, esta vez pudo regresar a las preguntas y revisar sus respuestas antes de terminar.

INCERTIDUMBRE

Los alrededores del Palacio de los Deportes se convirtieron en una enorme sala de espera. Algunos aspirantes llegaron solos; otros, acompañados por familiares, amigos o novios. 

Unos llegaron en transporte público; otros, en automóvil.

Hubo quienes viajaron durante horas y quienes salieron de madrugada para evitar el tráfico y llegar con tiempo suficiente para no arriesgarse a perder su cita  

Antes de cruzar la Puerta 5, donde comenzaba el camino hacia el examen, se repetía un ritual.

Una madre revisaba por última vez que su hija llevara todo. Un padre le recordaba que debía apagar el teléfono. 

Algunos los abrazaban. Otros los persignaban. 

“Dios te bendiga”. “Que Dios te ilumine”. “Concéntrate”. “Todo va a salir bien”.   

Y entonces entraban. Afuera nadie quería alejarse demasiado. 

 Algunos se quedaban cerca de las puertas. Otros buscaban un lugar en el camellón.

Hubo quienes se tendieron en el pasto y quienes rentaron pequeños bancos.

Comieron. Desayunaron. Tomaron café. Esperaron. 

El clima también cambió.

La mañana comenzó fresca, pero conforme avanzaron las horas, el sol pegó a plomo. 

Y la escena se convirtió en un ir y venir permanente. 

Llegaban automóviles y motos. Bajaban aspirantes. Otros regresaban por quienes ya habían terminado. 

Con el paso de las horas, el movimiento no paraba: unos llegaban para el siguiente turno, mientras otros comenzaban el regreso a casa.

Entre quienes esperaban estaba Victoria, una madre que acompañaba a su hija  en su tercer intento por ingresar a la Universidad. 

Tras haber alcanzado el puntaje en la prueba anterior, la familia ya preparaba documentos y buscaba departamentos para la mudanza; sin embargo, con el anuncio de la prueba presencial, Lilian volvió a sacar sus guías para estudiar hasta siete horas diarias.  

Mientras ella respondía el examen, sus padres caminaban por el camellón tratando de calmar la angustia.

PERCANCES

Dentro del Palacio, otros aspirantes enfrentaban sus propios nervios.

Naomi  había viajado casi dos horas desde Zumpango para buscar un lugar en enfermería en Iztacala, después de obtener 97 aciertos en la primera prueba. Llegó con poco descanso, y tratando de contener la ansiedad ante una oportunidad decisiva. 

Ilde llegó con otra dificultad: acudió en silla de ruedas después de sufrir un accidente en motocicleta que le provocó lesiones en los ligamentos.

Aun con una cirugía reciente, decidió presentarse nuevamente al examen. 

Pero el esfuerzo físico para llegar no fue el único reto de la jornada. Una vez cruzada la puerta, la presión emocional del examen comenzó a pasar factura dentro del recinto.

Un aspirante sufrió un episodio de agorafobia provocado por la magnitud del espacio y el tumulto de miles de personas reunidas.

A María Fernanda, aspirante a biología, el cuerpo le jugó en contra: no había desayunado, sufrió malestar estomacal y se le bajó la presión.

Estuvo entre 20 y 35 minutos en la enfermería, donde le dieron algo de comer antes de regresar a su mesa a terminar el examen contra el reloj.

Afuera, mientras tanto, comenzaban a concentrarse quienes esperaban las salidas.

Las puertas 3, 6 y 11 se convirtieron en puntos de encuentro. Los celulares que habían permanecido apagados durante horas volvieron a encenderse. Los padres levantaban sus teléfonos. Caminaban de un lado a otro. Buscaban. Llamaban.

“¿Dónde estás?” 

Y en medio de ese movimiento aparecieron también las escuelas particulares. 

Para ellas, el examen de la UNAM era una oportunidad de negocio: miles de aspirantes concentrados en un solo lugar.

Camiones promocionales. Mochilas. Folletos. Vasos de café. Botargas.  

La oferta privada se desplegó como un “plan B” inmediato por si los aciertos no alcanzaban.

Conforme cayó la noche, el flujo de vehículos terminó por desahogarse.

Las familias recogieron sus cosas, los últimos aspirantes cruzaron las rejas y el Palacio de los Deportes volvió a quedar en silencio, cerrando un día donde miles de historias quedaron suspendidas a la espera de un resultado. 

Ahí estaba Constantino. En las manos llevaba un ramo de flores para su novia, Yolia, que acababa de terminar el examen.