Un nuevo mundo está emergiendo, muy lejano a las previsiones de las grandes doctrinas políticas y filosóficas: el regreso al feudalismo con otros ropajes, más sofisticados y más letales. Asistimos al reparto del mundo entre una decena de potentados privados y un número semejante de líderes políticos expansionistas, que no reconocen ni respetan fronteras territoriales, Estados nacionales y culturas específicas.
Muy lejos de los cálculos de los pensadores que perfilaron, y lucharon, por un mundo mejor, de menores desigualdades sociales al interior de los países, y mayores equilibrios en la comunidad de naciones, como Carlos Marx y Federico Engels, y más lejos aún de los pensadores neoliberales, como Friedrich Hayek y Francis Fukuyama, que preconizaban el triunfo definitivo del capitalismo clásico, con libertad de mercado, democracia plural y poderes autocontenidos, hoy vemos el regreso de los señores feudales, ya no a caballo, sino montados en la cultura digital y sus fortunas descomunales.
Ya adelantamos algunos datos importantes en las dos anteriores colaboraciones de la serie; ahora precisamos que no se trata sólo de barones feudales privados, sino también de hombres de poder público, jefes de Estado y líderes pretendidamente iluminados, que tienen el monopolio de las grandes decisiones sobre la Tierra, que antes las tomaba la comunidad internacional representada en la Asamblea General de la ONU y en otros organismos regionales.
Recapitulando lo relativo a los corporativos y a quienes los encabezan, sólo destacamos ahora que hay empresas cuyos activos e ingresos anuales rebasan por mucho el PIB de países enteros, y no sólo los que están en proceso de desarrollo, sino de países francamente industrializados y con un poderoso anclaje en el sector servicios.
Basta señalar a los tres corporativos mayores. Nvidia: consolidada como la empresa más valiosa del planeta gracias al auge de la infraestructura de IA, ostenta una valoración que ronda 4.24 billones de dólares. Si fuera un país, sería la cuarta economía del mundo, superando el PIB total de naciones como Japón, India, Reino Unido o Francia.
Apple: con una capitalización que se sitúa cerca de 3.73 billones de dólares, el gigante del iPhone supera el PIB anual de países como Francia, Italia, Canadá y Brasil.
Alphabet (Google): su valor roza 3.48 billones de dólares, lo que la posiciona económicamente por encima del PIB de Reino Unido, Francia, Italia y, por separado, todos los países de América Latina. Pero los nuevos señores feudales no son sólo corporativos multinacionales, son también personas físicas como Elon Musk: 839 mil millones de dólares (Tesla, SpaceX, xAI); Larry Page: 257 mil millones de dólares (Google/Alphabet); Sergey Brin: 237 mil millones de dólares (Google/Alphabet); Jeff Bezos: 224 mil millones de dólares (Amazon); Mark Zuckerberg: 222 mil millones de dólares (Meta Platforms); Larry Ellison: 190 mil millones de dólares (Oracle); Bernard Arnault: 171 mil millones de dólares (LVMH); Jensen Huang: 154 mil millones de dólares (Nvidia); Warren Buffett: 149 mil millones de dólares (Berkshire Hathaway); Amancio Ortega: 140 mil millones de dólares (Inditex/Zara).
A estos barones privados hay que sumar al puñado de jefes de Estado, en cuyas manos está la sobrevivencia o la extinción del mundo, ya sin el permiso de nadie, pues vivimos tiempos nuevos en el contexto internacional: a partir de esta década, la tercera del siglo XXI, hemos pasado de un mundo de civilidad, diálogo y reglas, a un mundo regido por la ley del más fuerte, lo que antes se denominaba la ley de la selva.
Por el lado de los grandes corporativos privados, ya el destacado investigador y directivo Jacob Coxon renunció hace unos días a su puesto en Anthropic, al advertir que los conglomerados multinacionales que lucran con la inteligencia artificial están apostando con nuestras vidas, pues una superinteligencia sin control es ya una amenaza para la supervivencia humana, desatando un debate mundial, que profundizaremos en la próxima colaboración de esta serie.
Por parte de los actores gubernamentales, son sólo nueve países los que tienen arsenales nucleares, y bastaría oprimir un botón para que se desatara un Armagedón que extinguiría todo vestigio de vida inteligente en la Tierra, y aún todas las especies del reino animal y de la vertiente vegetal. Son los gobernantes de Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte.
Es la prefiguración, de haber una conflagración mundial con ese potencial destructivo, de un mundo sin biosfera, sin vida, en donde la realidad amenaza con rebasar a la fantasía, y que nos ha hecho recordar a aquella película icónica de los años 70, protagonizada por Charlton Heston y Edward Robinson: Cuando el destino nos alcance –título original en inglés: Soylent Green–, y que fue galardonada como la mejor película en los Premios Saturn (1975).
Es un filme espeluznante, adelantado a su tiempo, en donde, como lo recordarán las personas de mi generación, el hacinamiento, la contaminación y el calentamiento global proveniente del efecto invernadero causan un desastre ecológico en todo el planeta Tierra.
Hablo de que la realidad podría rebasar a la fantasía, como decía el escritor irlandés Oscar Wilde, porque una devastación nuclear o una superinteligencia artificial fuera de control, jinetes del apocalipsis más fulminantes que el propio calentamiento global, dejarían un mundo peor que el imaginado por las mentes más distópicas y apocalípticas del siglo pasado. Conservar el mundo como hoy lo conocemos está, desafortunadamente, en manos de los nuevos señores feudales, los del poder público y los del poder privado.














