El Sol es capaz de lanzar violentas ráfagas de radiación y materia al espacio. Este bombardeo solar puede resultar peligroso para infraestructuras técnicas de la Tierra: por ejemplo, los satélites, así como los transformadores de las subestaciones de la red de suministro eléctrico, pueden sufrir daños. El Sol exhibió una impresionante demostración de su fuerza en 1859. La tormenta solar que azotó la Tierra durante el llamado “Evento Carrington” fue tan potente que se pudieron ver auroras incluso en el Caribe y saltaron chispas de los receptores en las oficinas de telégrafos.
¿Podría el Sol ejercer una violencia mucho mayor, con erupciones solares tan potentes que entrarían en la categoría de las así llamadas “supererupciones solares”? Se estima que una supererupción solar puede liberar más energía que billones de bombas atómicas de hidrógeno. Por ahora, erupciones de esta clase solo se han observado directamente en otras estrellas. Unos investigadores del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar (MPS), en Alemania, y de la Universidad de Colorado, en Estados Unidos, han explorado esta cuestión en un nuevo estudio.
La cantidad de energía que libera el Sol durante una erupción solo puede medirse directamente fuera de la atmósfera terrestre o determinarse indirectamente a partir de datos e imágenes captados por naves espaciales. Ambas opciones solo han sido posibles desde el inicio de la era espacial, hace unos 70 años. Desde entonces no se ha producido ninguna supererupción. Sin embargo, este periodo no es más que un abrir y cerrar de ojos en la vida de nuestra estrella, que existe desde hace unos 4600 millones de años.
Dado que las erupciones solares tienden a seguir a las manchas solares, la aparición de estas últimas y el tamaño que alcanzan pueden servir también como señales indicadoras de la probabilidad de que se produzca una erupción y de la intensidad que tendrá. Cuanto mayor sea una mancha solar, mayor será la erupción solar si esta finalmente se genera.
El equipo que ha realizado la investigación, integrado, entre otros, por Natalie Krivova y Theodosios Chatzistergos, del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar en Alemania, centró su atención en las manchas solares más grandes de entre todas las conocidas que han cubierto zonas de nuestra estrella. Las manchas solares vienen siendo documentadas de forma sistemática y razonablemente fiable desde hace unos 400 años. Nos ofrecen otra manera de conocer la conducta de nuestro Sol a lo largo del tiempo. Basándose en el tamaño de una mancha solar, es factible deducir el tamaño de la región activa asociada y, por lo tanto, la intensidad de una posible erupción solar. Los autores del estudio estaban interesados sobre todo en los casos con niveles de energía excepcionalmente altos.
Una de las manchas solares más grandes que el Sol ha exhibido desde el inicio de las observaciones solares sistemáticas fue la gran mancha solar de abril de 1947. Cubría aproximadamente el 0,6 por ciento del disco solar visible; su diámetro era unas 40 veces mayor que el de la Tierra. En aquel momento no hubo ninguna supererupción. Pero el nuevo estudio demuestra que una mancha solar de este tamaño puede desencadenar una supererupción en algunos casos especiales. “Nuestro Sol tiene potencial para generar supererupciones. Es capaz de producir manchas solares enormes que, en principio, pueden servir como punto de partida para las erupciones solares más extremas”, explica Krivova.
Una supererupción solar provocaría en la Tierra una tormenta geomagnética descomunal, mucho peor, por ejemplo que la tormenta geomagnética que en 1989 provocó apagones eléctricos en todo Quebec durante 12 horas, dejando a oscuras a millones de canadienses y obligando a cerrar empresas, escuelas y otras entidades. Una supererupción solar tendría consecuencias mucho más graves, incluyendo cortes larguísimos en el suministro de electricidad y en las comunicaciones. El caos tecnológico que se generaría podría paralizar las economías de las naciones y poner en peligro la seguridad de muchas personas.
Krivova y sus colegas analizaron datos recolectados en observaciones realizadas por el telescopio espacial SDO (Solar Dynamics Observatory) de la NASA entre 2010 y 2016. El equipo correlacionó la cantidad de energía liberada por las 300 erupciones solares más intensas durante este período con el tamaño de la región activa correspondiente en la superficie visible del Sol. Estas regiones activas son áreas donde el campo magnético es particularmente fuerte y de estructura compleja. Las regiones activas están asociadas con manchas solares.
«Por supuesto, sabíamos que no se habían producido supererupciones durante el período de observación», explica Krivova. «Pero la relación estadística que encontramos entre la energía liberada y el tamaño de la región activa debería ser válida también para eventos más potentes», afirma.
El estudio se titula “Empirical flare energy limits for the largest historical sunspots”. Y se ha publicado en la revista académica Philosophical Transactions of the Royal Society A, una de las revistas a cargo de la Royal Society, la sociedad científica en existencia continua más antigua del mundo, fundada en 1660, y entre cuyos miembros han figurado científicos tan célebres como Isaac Newton, Charles Darwin y Albert Einstein.
















