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jueves, septiembre 24, 2026

¿Puede una máquina hacer azar de verdad?

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Pedirle a una computadora que sea impredecible, la verdad, es algo contradictorio porque una máquina hace exactamente lo que una persona indica, paso a paso y siempre de la misma forma.

 

Sin embargo, millones de programas necesitan cada día producir números que nadie pueda anticipar y de ahí nace una de las preguntas más interesantes que ha tenido la informática: ¿puede algo tan ordenado como un procesador o una computadora generar azar realmente auténtico?

 

¿Qué significa realmente la palabra aleatorio?

 

Para la ciencia, una secuencia es aleatoria cuando no existe ninguna regla más corta que la propia secuencia para describirla; para que se entienda mejor, si alguien puede adivinar el siguiente número observando los anteriores, no hay azar, hay un patrón que se está reconociendo.

 

Y ahí aparece el problema, porque cualquier programa es eso, una regla escrita de antemano que reconoce patrones.

 

Una salida práctica: los números pseudoaleatorios

 

La mayoría de los sistemas trabajan con generadores pseudoaleatorios que parten de un valor inicial al que le aplican una fórmula matemática que produce una larga cadena de números aparentemente desordenados.

 

Si por alguna razón se conoce ese valor, la secuencia completa puede reproducirse tal cual; si no se conoce, el resultado es indistinguible y puede ser considerado como un azar en casi cualquier uso.

 

Esa reproducibilidad es muy útil en investigación, porque permite repetir un experimento simulado exactamente igual las veces que haga falta; entonces los generadores de números aleatorios tienen aplicaciones muy distintas, desde simulaciones científicas y sistemas informáticos hasta videojuegos y plataformas de casino en línea.

 

El matemático John von Neumann lo resumió hace décadas y de manera un poco irónica: porque quien produce números aleatorios por métodos aritméticos vive, en cierto modo, en estado de engaño. Y no es tan errada su frase porque un generador mal diseñado repite patrones, y esos patrones se pueden detectar.

 

De hecho, buena parte de la historia de la criptografía consiste en encontrar la huella escondida en secuencias que parecían sin sentido real.

 

Cuando la computadora mira al mundo físico

 

Para conseguir algo más cercano al azar real, hay quienes mejor usan fuentes externas. Un chip, por ejemplo, puede medir el ruido térmico de sus propios circuitos, las mínimas variaciones eléctricas de un componente o el instante exacto en que el usuario pulsa una tecla.

 

Todos esos valores son difíciles de predecir porque dependen del mundo físico y no de una fórmula. Los sistemas más exigentes van todavía más lejos y utilizan fenómenos cuánticos, como el camino que toma un fotón al llegar a un espejo semitransparente, un suceso que, hasta donde sabe la física, no está determinado por nada previo.

 

Esa diferencia entre lo mecánico y lo calculado se entiende bien con un ejemplo cotidiano. En una ruleta física intervienen elementos mecánicos; en su versión digital, la generación del resultado depende de sistemas computacionales. El desenlace puede parecer idéntico para quien mira la pantalla, pero el origen de la incertidumbre es completamente distinto.

 

Cómo se comprueba que un número es impredecible

 

Como el azar no se puede demostrar mirando un solo número, se analizan secuencias enormes con baterías de pruebas estadísticas. Se revisa que todos los dígitos aparezcan con frecuencias similares, que no se formen repeticiones sospechosas y que no existan correlaciones entre posiciones lejanas.

 

Ninguna prueba demuestra que una secuencia sea aleatoria; solo puede descartar que no lo sea. Este control importa siempre que el resultado tenga consecuencias. En juegos de cartas como el poker, la aleatoriedad también interviene en procesos como el barajado y reparto digital.

 

Entonces, la respuesta corta a la pregunta inicial es que no: una máquina, por sí sola, no fabrica azar verdadero. Lo que hace es imitarlo con buena habilidad o pedirlo prestado al mundo físico que la rodea.

 

Y quizá ahí esté lo más interesante del asunto porque para ser realmente impredecible, la computadora más avanzada necesita salir de su propia lógica y tomar en cuenta lo que hay más allá de su interior.