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martes, abril 21, 2026

Del apostolado al cinismo; un PAN decadente

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Escuchando a Damián Zepeda, un psicólogo diría que está negado de la realidad, entendida ésta como el mecanismo de defensa consistente en acometer los conflictos negando su existencia, realidad o relevancia respecto al sujeto. Rechazan aquellos aspectos de la realidad que consideran desagradables.

Sería el diagnóstico correcto para cualquier ciudadano que, negado, se procura terapia psicológica. En un político profesional, como el presidente del PAN, se trata más bien de cinismo sin límite, ausencia de autocritica, compulsión al engaño y apetito desordenado de poder.

Desde que el PAN perdió la elección, Damián Zepeda no ha visto más que traidores y ataques del gobierno como factores explicativos de la derrota, sin conceder la mínima responsabilidad a Ricardo Anaya y al grupo que lo acompañó en su desastrosa campaña.

Autoindulgente por conveniencia, nunca fue tan claro como en la entrevista publicada el viernes pasado en el Universal. Las respuestas no dan pena, causan risa: ¿Ricardo Anaya destruyó al PAN?, pregunta el reportero. “Yo no lo comparto, si hacemos un análisis de la dirigencia cuando él estaba al mando, no es así”, responde. ¿El Frente Ciudadano le hizo daño al PAN? “Yo no lo veo así, fue algo positivo, la mitad de las elecciones al senado las ganamos”. ¿Ricardo Anaya no debió ser el candidato? “fue el mejor candidato que pudo tener el PAN”.

En sólo tres respuestas describe una dirigencia parcializada, de consigna grupal, sin compromiso con el partido que preside e intenta ocultar los motivos incomodos que lo consumen por dentro. Observa e interpreta correctamente esa realidad atroz, pero antes de aceptar la parte que les corresponde, a él, Anaya y su grupo, opta por el autoengaño como justificación mediática.

La suya es la dirigencia de quién sólo puede verse actuando en razón de los intereses políticos que representa, los del grupo de poder que lo llevó a la presidencia, regente incompetente de Anaya, desestimando que partieron al PAN en dos y lo llevaron a su peor derrota en la historia reciente del país.

Otra pregunta: ¿Cómo explica esa derrota?, apelando a la más ordinaria e insulsa de las muletillas responde que “es multifactorial, sin duda puede haber temas internos pero también externos que nos llevaron a ese resultado”. ¡¡¡¡Multifactoriaaaaaal!!!! El concepto más desgastado entre políticos de contados recursos conceptuales para no decir nada.

Ricardo Anaya, Damián Zepeda y el grupo de los cinco que tomaban decisiones en el PAN fueron un desastre electoral. Consiguieron apenas 12 mil 600 votos, cien mil menos que los de Josefina Vázquez Mota seis años atrás, cuando quedó en tercer lugar.

En estados panistas como Guanajuato y Puebla su votación fue inferior a la de los candidatos a gobernador y en la ciudad de México Alejandra Barrales, su socia en el Frente, le sacó 400 mil votos, evidenciando el rechazo de la militancia al forzado acuerdo cupular.

Visto en las otras elecciones estatales, Anaya quedó superado por todos los candidatos a gobernador del Frente y en la mayoría también por debajo de los candidatos a senadores o la suma de los diputados federales. Para entender esa catástrofe persisten explicaciones más allá de los “multifactores internos y externos” de Damián.

Anaya, Barrales y Dante hicieron del Frente Ciudadano un bodrio desprovisto de asidera social, cuyos fines e intereses específicos eran ganar la Presidencia de la República, conservar la Ciudad de México y quedarse con Jalisco. Enrique Alfaro ganó Jalisco pero al otro día renunció a Movimiento Ciudadano, marcando distancia de Dante Delgado. Ninguno consiguió el objetivo.

Diversos motivos, observados durante el proceso de formación, explican su inviabilidad: Para ser candidato, Anaya partió al PAN en dos, maltrató a quién preferían los militantes, Margarita Zavala, hasta reventarla y hacerla renunciar. Barrales debilitó la tambaleante estructura del PRD en la ciudad de México y su desplante obligó a que los pocos liderazgos que no siguieron a López Obrador bajasen los brazos o dejasen el partido. Dante sólo pensó en el oportunismo del momento. Fracaso rotundo de los tres, sobre todo Anaya, fue una calamidad de candidato.

Sigo con la negación de Damián. También habla de traidores, sin dar nombres es fácil entender que se refiere a Calderón, Margarita, Cordero, Gil Zertuche, Lozano, Levalle y sabrá cuantos más tengan en su lista personal.

Jamás se le ocurre pensar que esos “traidores” votaron contras obligados por que el mismo Anaya cerró toda posibilidad de participación interna, poniéndoles en la inadmisible disyuntiva de agachar la cabeza y postrarse o refugiarse en la parte posterior de la bodega panista, donde colocan los objetos inservibles. Puso la candidatura por encima de la unidad partidista y sufrió las consecuencias.

Vayamos más atrás, cuando Anaya usó la influencia del partido, siendo presidente, para lavar dinero en complejas operaciones inmobiliarias hasta llegar a la ostentación económica, teniendo a su familia en el extranjero mientras acrecentaba sus propiedades en Querétaro.

Dicen los rancheros que lo pendejo, lo feo y el dinero no pueden ocultarse. El caso de lavado de dinero está más que acreditado, Anaya es un político corrupto, si no lo llevan a prisión será por componendas del poder, pero López Obrador lo tiene a tiro franco.

Ante la obvia e inocultable corrupción del candidato, Damián sólo mira el golpeteo político para desacreditarlo. Cierto, Peña uso a la PGR con el propósito de bajarlo al tercer lugar, pero no hizo de Anaya un corrupto, su ambición lo corrompió antes de ser candidato. Ahí radica el origen del golpeteo, en la conducta del mismo candidato, nadie en campaña esperaría rosas del adversario.

Hoy que Acción Nacional está frente al reto de la nueva dirigencia y el  inicio de la reconstrucción, los grandes perdedores, aquellos cuya arrogancia y apetito de poder los llevó a partirlo en dos y arrastrarlo hasta el fondo del barranco, los estructurados que secuestraron la candidatura sin importarles pisotear a panistas con amplia trayectoria, pretenden seguir en la presidencia. Como si nada hubiese pasado, intrigan para prevalecer.

Si tuviesen una pizca de dignidad o compromiso mínimo con el partido que todo les ha dado, estarían en casa viendo la forma de rehacer su vida y despejarían el camino para que otros levanten el tiradero, con la esperanza de recuperar la viabilidad electoral y la credibilidad social perdida por sus mezquindades. En cambio, cínicos, descalifican a otros, negados a mirarse al espejo y aceptar la incómoda realidad.

Imaginemos una empresa históricamente exitosa quebrada por sus nuevos ejecutivos y al Director General, insensato y obtuso, plantado ante el Consejo de Accionistas ofreciendo soluciones creativas e innovadoras para restituir la rentabilidad. Más absurdo no hay, que le diese gracias a Dios si el Consejo no presenta demandas por daños y perjuicios.

Con el PRI destrozado y sin poder recuperar sus partes, Meade obtuvo los mismos votos, nueve millones trecientos mil, que Roberto Madrazo doce años atrás, el PAN está frente a la gran oportunidad de convertirse, otra vez en su larga historia, en la fuerza opositora relevante contra el nuevo régimen.

Ser el primer opositor en la nueva conformación política es de la mayor importancia, tomando en cuanta que Morena sueña con un reino que dure mil años. Lo dice López Obrador hasta el cansancio; la Regeneración es la Cuarta República, de modo que su prioridad es perpetuarse y con ese propósito dispondrá de todo recursos a su mano, legal e ilegal.

En la época de los fundadores, su mayor activo era la discreta pero activa militancia, hombres y mujeres que hicieron del PAN un partido triunfador. Entre ellos los legendarios luchadores políticos, Manuel Gómez Morín, Efraín González Luna, Pablo Emilio Madero, Luis Héctor Álvarez, Abel Vicencio Tovar, Jesús González Schmall y otros tantos que dieron ejemplo de dignidad y congruencia, combatiendo al “invencible” régimen revolucionario sin más recursos que sus ideas y la poderosa voluntad que los impulsó en cualquier adversidad.

Persistieron soportando persecuciones y maltratos, elección tras elección salieron a las calles a pedir el voto sabiendo que perderían, soñando en mover las almas de los mexicanos, satisfechos de hacer lo correcto. Era casi un apostolado ser panista y los militantes, heroicos también, los veían con respeto, orgullosos de acompañarlos en el mismo ideal.

Los liderazgos de hoy están consumidos en la mezquindad, la corrupción y el cinismo. Moches y grupismo los define, casta de políticos oportunistas y ambiciosos. Son el residuo cernido, contraejemplo, de aquellas generaciones ejemplares.

Ellos mismos son el enemigo del PAN ¿Alguno entre todos los que buscan la dirigencia verá en el PAN a una institución, un instrumento de la militancia para transformar al país? Que weba con éstos bribones, patean su historia y se ufanan satisfechos.