Secuestrado en una realidad de ficción alimentada por un coro de intelectuales que ofician de sus jilguerillos, ciegamente leales, y su resuelta obsesión de pasar a la historia junto a Juárez, Madero y Cárdenas, López Obrador se aleja cada vez más de sus deberes como presidente de todos los mexicanos, convirtiéndose en activista estelar del partido oficial, Morena.
No le preocupan más que las buenas calificaciones, verse bien evaluado y sentir que la gente aprueba el cambio. Son los indicadores estadísticos la pócima que lo energiza cada mañana, el aliento que lo hace sentirse vivo, actuante, pleno y confiado en ganar las elecciones del 2024, como requisito necesario para dar continuidad a su régimen.
En ese propósito estuvo concentrado el último año –los primeros 18 meses los ocupó en las reformas, la Guardia Nacional y los megaproyectos- y en eso estará durante la segunda parte de su administración. Para él, gobernar es dividir, polarizar, ubicar enemigos reales o imaginarios, a lo que, condescendiente, se ha dignado darles carácter de “adversarios”. Agradezca la oposición su generosidad, son adversarios no enemigos y respetará su libertad a disentir. Esos beneficios, por como lo dicen, son otorgados por él no derechos consagrados en la Constitución.
El informe, número 1,233 de su gobierno, que presentó ayer a propósito del triunfo electoral que lo encumbró, describe a un López Obrador sin más preocupaciones que situar en su lugar a los bandos en disputa: los conservadores que también son mexicanos; los adheridos a su proyecto de la llamada Cuarta Transformación. Es el viejo discurso fundamentalista de todo dictador de izquierda; el que no está conmigo, está contra mi. También lo ha dicho.
Ahí está ciclado, ahí están los motivos de su gobierno, los incentivos de todas sus políticas públicas; gobierna pensando en cálculos electorales, dijo Carlos Urzúa, su primer secretario de hacienda. Es incapaz de abandonar sus obsesiones continuistas para observar e involucrarse en los grandes retos del país. Frecuentemente me pregunto si es capaz de percatarse de las crisis en que se encuentra el país y, deliberadamente, decide ignorarlas o ciertamente es víctima involuntaria de una aguda distorsión de la realidad.
Los hechos ahí están, pero solo ve lo que quiere ver: Casi 90 mil asesinatos en lo que va de su gobierno, el triple que Calderón y el doble que Peña en el mismo periodo, pero sus datos arrojan una disminución del dos por ciento en ese renglón. Vamos avanzando, dicen, a pesar de que las bandas criminales fueron un problema heredado de los gobiernos neoliberales. La falta de oncológicos y los 1,600 niños muertos –según padres de familia- por esa causa, no existen en su gobierno, son como declaró López Gatell, una narrativa complotista. Casi 240 mil muertos, en registro oficial, por el Covid y más de 600 mil según organizaciones independientes, pero está muy satisfecho de haber actuado oportunamente y bien. Olvidó el detente, el abrácense, el salgan a comer con sus familias y las exigencias, casi súplicas, de médicos y personal de salud en la primera línea contra la pandemia, rogando por instrumentos y equipo mínimo para ejercer en condiciones dignas. El colapso económico, 12 millones más de pobres, cientos miles de pequeñas y medianas empresas cerradas por falta de apoyo. La administración de la pandemia fue un desastre y sin embargo él está muy satisfecho.
En disfraz de falso demócrata, asegura que no quiere ser el poseedor de la verdad, pero se mofa, llama complotistas, insulta, descalifica, mentirosos a quienes observan sus desaciertos y omisiones. Su intolerancia a la crítica lo llevó a implementar una sección de censura en sus diatribas mañaneras, aclarando que la “verdad” está en Palacio Nacional, la verdad está en él. Tengo dificultades para asimilar el despropósito. Menos vil hubiese sido un departamento formal de censura.
Estoy de acuerdo con Diego Fernández de Ceballos, la infame sección de “Quien es quien en las mentiras” está por encima de su cinismo. El mismo López Obrador ha dado razón a Diego, en su informe dijo que no quiere ser dueño de la verdad, pero en los hechos se asume como tal pues desde Palacio Nacional, con su aval, definen lo que es verdad y lo que es mentira.
Está parcialmente contenido pero muy lejos de estar derrotado. Para que la oposición consiga un triunfo que conjure el régimen destructor, cínico y pendenciero, necesitará una montaña de votos libres defendidos por un ejército de ciudadanos comprometidos con el país. Tengan en cuanta, jamás entregará el gobierno en un ejercicio democrático transparente y equitativo, sus ínfulas de dictador mesiánico no se lo permitirían, él ya decidió su continuismo, en sus encuestas 7 de cada 10 mexicanos lo refrendan. Una larga e inequitativa lucha nos espera, hay que darla.

















