La historia de la ciencia moderna no se entiende sin la resolución de las estructuras invisibles que componen a los seres vivos. Si hoy podemos diseñar fármacos a medida o comprender el funcionamiento de una enzima con precisión atómica, es gracias a pioneros que se atrevieron a mirar donde nadie más lo hacía. Entre ellos, el biólogo y cristalógrafo John Kendrew ocupa un lugar fundamental.
Su trabajo no solo le valió el Premio Nobel de Química en 1962, sino que cambió para siempre nuestra forma de entender la complejidad biológica.
De la física a las proteínas
John Cowdery Kendrew (1917–1997) no comenzó su carrera en un laboratorio de biología tradicional. Tras formarse en el Trinity College de Cambridge, su enfoque inicial estaba marcado por el rigor de la química física. Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial actuó como un catalizador inesperado: trabajando en la investigación operativa para el Ministerio del Aire británico, conoció a Max Perutz, otro gigante de la cristalografía.
Esta amistad marcó el inicio de una de las colaboraciones más fructíferas de la historia científica. Juntos, se propusieron un objetivo que en aquel momento parecía imposible: determinar la estructura tridimensional de las proteínas.
La odisea de la mioglobina
Mientras Perutz se enfocaba en la hemoglobina, Kendrew eligió un modelo más «sencillo», pero igual de desafiante: la mioglobina, una proteína muscular responsable de almacenar oxígeno en los tejidos.
Utilizando la técnica de difracción de rayos X, Kendrew tuvo que enfrentarse a una tarea hercúlea. En los años 50, los ordenadores eran primitivos y el análisis matemático de los datos de difracción requería años de cálculos manuales. Fue el primer científico en resolver la estructura de una proteína a nivel atómico, revelando una forma compleja y plegada que desafiaba la intuición de la época.
Este descubrimiento, publicado a finales de la década de 1950, confirmó que las proteínas no eran masas amorfas, sino máquinas moleculares con arquitecturas precisas donde cada átomo cumplía una función vital.
Un legado que trasciende el Nobel
El Premio Nobel de Química de 1962, compartido con Perutz, fue solo la culminación de su impacto. Kendrew fue un hombre de instituciones y visión política en la ciencia:
-Fundador de la revista Journal of Molecular Biology: Estableció el estándar para la difusión de este nuevo campo.
-Impulsor del EMBL: Fue el primer director general del Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL), una institución que hoy sigue siendo el epicentro de la investigación biológica en Europa.
-Defensor de la ciencia internacional: Creía firmemente que la biología no entendía de fronteras nacionales, promoviendo la colaboración transatlántica.
En la era actual, dominada por la inteligencia artificial y herramientas como AlphaFold —que predice la estructura de proteínas en segundos—, el trabajo de Kendrew es el cimiento sobre el que se levanta todo el edificio.

















