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jueves, octubre 8, 2026

Así nacieron y murieron las estrellas de Población III, las primeras luces del universo

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Durante unos 100 millones de años tras el Big Bang, el cosmos fue un lugar completamente oscuro, frío y sin estrellas, un periodo conocido por los astrofísicos como la Edad Oscura del universo. De aquel gas primordial —compuesto casi de manera exclusiva por hidrógeno y helio— emergieron las estrellas de Población III, los primeros motores térmicos del universo. Estos colosos primigenios encendieron las primeras luces del espacio y fabricaron los elementos químicos que hoy componen los planetas y la propia vida.

 

A pesar de no haber sido capturadas de forma individual y directa por ningún telescopio hasta la fecha, las pruebas indirectas detectadas por observatorios como el Telescopio Espacial James Webb (JWST) están permitiendo reconstruir la fascinante historia de su nacimiento, evolución y drástica muerte.

 

¿Qué son las estrellas de Población III y en qué se diferencian de las actuales?

 

Para entender su importancia, conviene aclarar un término que suele confundir: en astronomía, la clasificación de las poblaciones estelares funciona en orden inverso a su aparición histórica.

 

-Población I: Las estrellas más jóvenes y ricas en elementos pesados (metales, en la jerga astronómica), como nuestro Sol.

 

-Población II: Estrellas más antiguas, con bajo contenido en metales.

 

-Población III: La primera generación absoluta de estrellas, caracterizada por tener una metalicidad nula (Z = 0).

 

Al carecer de elementos más pesados que el helio (como carbono, oxígeno o hierro), la física bajo la cual se formaron fue radicalmente distinta a la que observamos hoy en la Vía Láctea.

 

La receta de la gestación primordial: así se formaron

 

En las nubes moleculares modernas, los metales y el polvo actúan como refrigerantes eficientes. Al enfriar el gas, la presión térmica disminuye y la gravedad rompe las nubes en fragmentos pequeños, dando origen a estrellas de masa modesta (como el Sol o más pequeñas).

 

Sin embargo, en el universo primitivo no existían los metales. El único mecanismo de enfriamiento disponible era la vibración de las moléculas de hidrógeno molecular (H2), un proceso mucho menos eficaz.

 

-Colapso en minihalos de materia oscura: La gravedad de los primeros cúmulos de materia oscura atrajo el gas de hidrógeno y helio primordial.

 

-Enfriamiento lento y colosal: Como el gas no podía enfriarse rápidamente, las nubes necesitaban acumular una enorme cantidad de masa antes de que la gravedad superase la presión interna.

 

-Nacimiento de supergigantes: El resultado de este colapso masivo fue la creación de protoestrellas gigantescas. Mientras que una estrella promedio hoy ronda la masa solar, una estrella de Población III solía alcanzar entre 20 y más de 100 veces la masa del Sol.

 

Evolución efímera: un brillo cegador con fecha de caducidad rápida

 

La vida de una estrella de Población III estuvo marcada por extremos térmicos y de radiación. Al ser masivas y estar formadas solo por hidrógeno y helio, sus núcleos alcanzaron temperaturas descomunales para poder fusionar el combustible primordial.

 

-Temperaturas extremas: La superficie de estas estrellas superaba fácilmente los 50.000 K (frente a los 5.778 K del Sol), emitiendo una radiación ultravioleta extremadamente intensa.

 

-Reionización del cosmos: Esta potente luz UV comenzó a romper los átomos de hidrógeno neutro del medio intergaláctico, dando inicio a la época de la reionización, la fase en la que el universo se volvió transparente a la luz.

 

-Vidas ultracortas: Mientras que el Sol tiene una esperanza de vida de 10.000 millones de años, los titanes de Población III agotaron su combustible nuclear en apenas un par de millones de años.

 

El final destructivo que sembró la tabla periódica

 

El destino final de estas estrellas dependía directamente de su masa inicial, produciendo algunos de los fenómenos más violentos registrados en el cosmos:

 

Supernovas por inestabilidad de parejas

 

Si la estrella poseía una masa situada aproximadamente entre 140 y 260 masas solares, la temperatura en su núcleo se volvía tan extrema que los fotones de alta energía se convertían espontáneamente en pares de electrón-positrón. Esta pérdida repentina de presión de radiación provocaba un colapso catastrófico seguido de una explosión termonuclear gigantesca que destruía por completo a la estrella, sin dejar ningún remanente (ni estrella de neutrones ni agujero negro), y dispersando ingentes cantidades de metales por el espacio.

 

Colapso directo a agujeros negros

 

Aquellas estrellas que superaban las 260 masas solares o se encontraban en rangos inferiores colapsaron directamente debido a su propia gravedad, dando origen a las semillas de los agujeros negros supermasivos que hoy habitan en los centros de las galaxias.

 

¿Por qué el Telescopio James Webb revolucionó su búsqueda?

 

Detectar una estrella individual de Población III a más de 13.000 millones de años luz es astronómicamente difícil debido a la distancia. Sin embargo, el telescopio espacial James Webb (JWST) ha cambiado las reglas del juego gracias a su visión infrarroja:

 

-Ha logrado analizar la luz de galaxias primitivas como CR7 o cúmulos estelares lejanos donde se aprecian firmas espectrales del helio ionizado sin presencia apreciable de metales.

 

-Sus hallazgos respaldan la teoría de que estas estrellas no solo sembraron el universo con los metales necesarios para formar sistemas planetarios como el nuestro, sino que también estructuraron las primeras galaxias.

 

Sin las estrellas de Población III, el universo continuaría siendo una sopa estéril de hidrógeno y helio. Cada átomo de carbono en nuestro ADN, el oxígeno que respiramos y el hierro en nuestra sangre fueron forjados por primera vez en los hornos nucleares de estos gigantes desaparecidos.