En un despliegue de ostentación y desdén por las problemáticas judiciales de fondo, la jueza penal, Socorro Olivia Porras Armendáriz, mejor conocida como “Coquis”, se fue a Estambul con su hija Linda Porras, tal vez a celebrar por adelantado su posible triunfo electoral del próximo año.
Dicen que ambas se sienten seguras, una como jueza y otra como secretaria de juzgado, de sus posiciones.
Sus conexiones y vínculos con figuras clave de Morena forman parte de su red de influencias que les permite disfrutar de viajes de lujo, como su reciente escapada a la importante ciudad de Turquía, donde posaron vestidas como emperatrices otomanas.
La foto fue tomada de sus redes sociales y difundidas por WhatsApp entre algunos de los indignados jueces a los que, con el mismo sueldo oficial, apenas sí les alcanza para ir una vez al año a Mazatlán, Sinaloa… si el cártel dominante lo permite.
A diferencia de otros funcionarios judiciales que enfrentan limitaciones económicas, los Porras se dan el lujo de realizar constantes viajes al extranjero.
Este contraste resulta aún más cuestionable al considerar que no es el esposo de la jueza quien solventa estos gastos, pues, aunque es arquitecto, su situación profesional es modesta y sus ingresos provienen de la elaboración de planos sin mayor reconocimiento o éxito en su carrera.
En fin, esta vida de lujos ha causado gran suspicacia en el ámbito judicial, ya que se le atribuye a las relaciones que tejieron con el expresidente del Tribunal Superior de Justicia, Pablo Héctor González Villalobos. Desde ahí la familia judicial fortaleció sus vínculos con personajes clave de la política, como el entonces panista Javier Corral, hoy morenista
Las dudas sobre el origen de este estilo de vida no han sido pocas. En el ámbito judicial, los rumores de manejos turbios y posibles irregularidades financieras rodean a la jueza y a su hija, quienes parecen haberse beneficiado de las posiciones y relaciones construidas dentro del tribunal.
Esta actitud de despreocupación y ostentación no sólo revela su desconexión con la realidad judicial del país, sino también una aparente falta de ética al celebrar su supuesto “éxito” antes de que los procesos de selección de jueces hayan concluido formalmente.
Este tipo de actitudes ensombrece aún más el proceso de selección de “jueces del bienestar”, dejando en evidencia la urgencia de una reforma judicial que no sólo se enfoque en cambiar estructuras, sino en sanear las actitudes y valores de quienes aspiran a administrar justicia en México.














