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miércoles, septiembre 23, 2026

De la jubilación forzosa al Premio Nobel: La vida de John B. Fenn

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La historia de la ciencia está llena de giros inesperados, pero pocos tan paradigmáticos como el de John Bennett Fenn. Este químico estadounidense no solo revolucionó la bioquímica moderna al enseñar a «volar» a las moléculas de la vida, sino que lo logró en la etapa final de su carrera, convirtiendo lo que parecía un retiro obligado en el preludio de uno de los descubrimientos más transformadores del siglo XX.

 

Nacido en Nueva York en 1917 y criado durante los duros años de la Gran Depresión en Kentucky, Fenn desarrolló desde joven un pragmatismo ingenioso y una curiosidad voraz por el comportamiento de la materia. Tras graduarse en la Universidad de Berea y obtener su doctorado en Yale en 1940, pasó años alternando entre la investigación industrial y la docencia universitaria. Su especialidad inicial no eran las frágiles biomoléculas, sino la física de reactores, la dinámica de gases y la química de la combustión, una combinación de disciplinas que más tarde resultaría clave para su gran obra.

 

El punto de inflexión en la vida de Fenn llegó a finales de la década de 1980 en la Universidad de Yale. Con casi 67 años —una edad en la que la institución le exigía pasar a la condición de profesor emérito y reducir el tamaño de su laboratorio—, Fenn se negó a detener su actividad investigadora. Fue precisamente en ese periodo de aparente penumbra académica cuando perfeccionó la técnica conocida como Ionización por Electrospray (ESI).

 

Hasta ese momento, analizar grandes moléculas biológicas como las proteínas o el ADN mediante un espectrómetro de masas era imposible: el calor necesario para vaporizarlas las destruía por completo. La intuición genial de Fenn consistió en aplicar sus conocimientos sobre la dinámica de aerosoles y campos eléctricos. Disolvió las macromoléculas en un líquido y las hizo pasar a través de un tubo capilar sometido a un alto voltaje, creando una fina niebla de microgotas. A medida que el disolvente se evaporaba, la repulsión electrostática hacía «estallar» las gotas en partículas cada vez más pequeñas, dejando las biomoléculas intactas y cargadas en fase gaseosa. Fenn resumió su logro con una frase que pasó a la historia de la divulgación: había conseguido dar «alas a los elefantes moleculares».

 

La técnica ESI transformó de la noche a la mañana el desarrollo de medicamentos, el diagnóstico clínico y la proteómica, permitiendo analizar estructuras biológicas complejas con una rapidez y precisión inéditas.

 

El reconocimiento internacional culminó en 2002, cuando John B. Fenn recibió el Premio Nobel de Química a los 85 años, compartiendo el galardón con Koichi Tanaka y Kurt Wüthrich. Su vida, marcada por la tenacidad intelectual y una inquebrantable pasión por la experimentación práctica, se apagó en 2010 a los 93 años, dejando un legado que continúa salvando vidas en laboratorios de todo el mundo.