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miércoles, agosto 26, 2026

El tsunami más mortífero permitió estar preparados para la próxima gran ola

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Nueva York. El tsunami del océano Índico de 2004, uno de los acontecimientos más mortíferos de la historia, fue un enigma para muchos supervivientes. Algunos expertos se sorprendieron al saber que un número significativo de personas que se encontraban en la trayectoria de aquellas olas letales nunca habían oído hablar de un fenómeno tan destructivo hasta que se cruzó en su camino.

“Tsunami es una palabra japonesa”, dijo Syamsidik, un ingeniero que ahora dirige el Centro de Investigación sobre Tsunamis y Mitigación de Desastres de la Universidad Syiah Kuala de Banda Aceh, Indonesia, y que, como muchos indonesios, solo utiliza un nombre. En su momento, supuso que eso significaba que solo Japón debía preocuparse por la catástrofe natural. “Eso confundió a mucha gente. Incluyéndome a mí”.

Aquello cambió el día después de Navidad de 2004, cuando un terremoto de magnitud 9,1 al oeste de la isla indonesia de Sumatra desencadenó una ola gigantesca de hasta 16 pisos de altura, y en algunos lugares tan rápida como de 482 kilómetros por hora, mientras corría hacia las costas del sur y el sudeste asiático y África oriental.

Los sensores sísmicos dieron una idea el potencial de destrucción y muerte. Pero los expertos en tsunamis que observaban esos datos no sabían a quién informar. Su sistema no mostraba amenazas para las comunidades costeras de ninguno de los dos lados del océano Pacífico, que en aquel momento era la única región vigilada en busca de amenazas de tsunami. En el océano Índico había pocos monitores, si es que había alguno, ni un modelo de lo que podía ocurrir.

“Fue inquietante”, dijo Laura Kong, directora del Centro Internacional de Información sobre Tsunamis, dependiente del Servicio Nacional de Meteorología en Hawái. “Estábamos ciegos”.

Dos décadas después, los científicos han hecho grandes avances en la vigilancia, modelización y previsión de tsunamis. Y las organizaciones han reforzado la educación y la preparación, tanto a escala local como mundial. Los planificadores de la preparación para emergencias trabajan para garantizar que lo que ocurrió en 2004 no vuelva a ocurrir.

A pesar de todo el trabajo realizado desde el suceso del océano Índico, otros tsunamis han causado graves daños, incluido el desastre de 2011 en Japón, lo que pone de relieve la dificultad de conseguir un mundo sin muertes por tsunami.

La mayoría de los tsunamis están causados por terremotos, pero cualquier cosa que desplace una gran cantidad de agua oceánica, incluidos los deslaves, los volcanes y los impactos de meteoritos, puede desencadenar una gran ola. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés), el 78 por ciento de los tsunamis ocurridos entre 1900 y 2015 se produjeron en el océano Pacífico. Solo el 5 por ciento se originaron en el océano Índico.

El tsunami del 26 de diciembre de 2004 se convirtió rápidamente en un desastre mundial. En 17 países, casi un cuarto de millón de personas murieron y 1,7 millones fueron desplazadas, la mayoría de Aceh, provincia indonesia situada en el extremo norte de Sumatra. Los daños materiales, por valor de 13 mil millones de dólares, dejaron algunas ciudades irreconocibles.

Vasily Titov, científico del Laboratorio Ambiental Marino del Pacífico de la NOAA, quien simula tsunamis, estaba conmocionado. “Los conocimientos teóricos son una cosa”, dijo. “Ver lo que fue en la vida real es completamente diferente”.

La ola de 2004, dijo Titov, reveló que el sistema mundial de alerta de tsunamis, iniciado en 1965 para vigilar las amenazas en el océano Pacífico, necesitaba una actualización crucial.

El primer paso era obtener mejores datos. En 2000, se desplegaron seis sensores en el Pacífico para experimentar con la detección de tsunamis en mar abierto, en lugar de cuando llegaban a la costa. La NOAA empezó a ampliar este esfuerzo en 2005, y otros 10 países han seguido su ejemplo, dando lugar a la red mundial de Evaluación e Información sobre Tsunamis en Aguas Profundas, o DART (por su sigla en inglés).

En la actualidad, más de 70 sensores DART miden la temperatura y la presión del agua en lugares considerados zonas de tsunami. La NOAA también opera estaciones acuáticas costeras y satélites para vigilar la altura del océano, la rugosidad y las mareas.

Esa información se transmite a los centros de alerta que, además del Pacífico, cubren ahora el océano Índico, el Caribe, el noreste del océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Los datos se introducen en modelos de previsión que se han actualizado para predecir mejor la actividad de los tsunamis provocados por terremotos y fuentes no sísmicas.

En las dos últimas décadas, los pronosticadores han pasado de no poder predecir la altura de una ola a dar una estimación “bastante buena” hasta media hora antes de que golpee, dijo Kong.

Los expertos en tsunamis también han trabajado para establecer directrices de seguridad y sistemas de respuesta de emergencia para las comunidades costeras que se enfrentan al riesgo.

Uno de los principales esfuerzos es la ampliación del programa TsunamiReady de la NOAA. Esto ha llevado a la instalación de más sirenas, señalización y rutas de evacuación a lo largo de las comunidades costeras de Estados Unidos, incluidas partes del norte de California, que sufrieron un susto de tsunami este mes. Un organismo de las Naciones Unidas estableció una versión mundial de esta iniciativa en 2015, que ahora incluye comunidades de más de 30 países.

Los científicos están desarrollando planes de respuesta más específicos, evaluando la distancia a la que se encuentran las distintas comunidades de las posibles fuentes de tsunamis, lo que modifica el tiempo que necesitan para evacuar. También están estudiando a las personas que viven en zonas de tsunamis para comprender cómo responden durante las catástrofes naturales, y para abordar mejor los distintos niveles de vulnerabilidad.

“Los sistemas de alerta son el mariscal de campo, y durante años hemos estado pensando cómo ayudarlos a lanzar la pelota más lejos en el campo”, dijo Nathan Wood, geógrafo del Servicio Geológico de Estados Unidos. “Solo en las dos últimas décadas nos hemos dado cuenta de que quizá deberíamos fijarnos en el receptor”.

Pero aún queda trabajo por hacer. Los sistemas mundiales de alerta temprana son rápidos o precisos, pero les cuesta trabajo ser ambas cosas, dijo Ardito Kodijat, director del Centro de Información sobre los Tsunamis en el Océano Índico de la UNESCO.

Y 20 años después, la generación nacida después de 2004 en todo el océano Índico está llegando a la edad adulta sin haber vivido nunca un tsunami. Incluso para quien sí lo vivió, las cicatrices que dejó la ola están empezando a desaparecer.

“La gente tiende a olvidar”, dijo Kodijat. “Hay cuestiones más urgentes y emergentes”.

Eso significa que es más importante que nunca centrarse en la educación continua y la preparación para la próxima gran ola, sin la cual los sistemas de alerta no pueden salvar a nadie, dijo.

A pesar de los enormes esfuerzos realizados, desde 2004 se han producido tsunamis mortales.

Dos terremotos frente a Samoa desencadenaron una ola en 2009.

Dos años después, en 2011, un terremoto y un tsunami en Japón mataron a casi 20.000 personas y provocaron una fusión nuclear, a pesar de contar con un sólido sistema de alerta y amplias medidas de preparación.

En 2018, Sulawesi, isla situada en el centro del archipiélago indonesio, fue sacudida por un terremoto y un tsunami que causaron miles de muertos.

“Los sucesos siguen ocurriendo y siguen cobrándose vidas humanas”, dijo Titov, razón por la cual, añadió, muchos expertos en tsunamis aspiran ambiciosamente a un sistema que produzca cero muertes.

Es un reto, admitió Titov, pero dijo que es un buen objetivo. “No habremos terminado hasta que eso ocurra”, dijo.