La espiritualidad de San Agustín ha plasmado la iglesia: apostolado agustiniano, regla de San Agustín, doctrina y teología de este santo obispo, padre y doctor.
Ha influido a numerosos teólogos, recientemente, Benedicto XVI. Francisco plasmó en su pastoral esta teología de «tocar las llagas», de Cristo, Dios humanado, «maravilloso intercambio».
En su homilía de la misa solemne de inicio de pontificado, Papa León evoca aquel poema de San Agustín: «Sólo a vos te amo. Sólo a vos te sigo. Sólo a vos te busco» (Soliloquios 1,1). Sólo, pero no solo.
I) La santa misa
1. Con la misa solemne del V domingo de pascua, mayo 18, oficialmente inició el pontificado de León XIV.
El rito destaca el vínculo del apóstol Pedro con la llamada de Cristo al amor, la unidad, el pastoreo. Destaca su martirio. Subraya el significado de las insignias episcopales petrinas: palio y anillo del pescador.
Comenzó la liturgia dentro de la basílica vaticana, con el Papa orando ante la tumba de San Pedro e incensándola. Dos diáconos tomaron palio, anillo y evangeliario y se unieron con el Papa a los Patriarcas de las iglesias orientales para dirigirse juntos al altar, en el atrio de la basílica, frente a la plaza de San Pedro donde esperaban al menos 200 mil fieles. Sonaba el canto litánico Laudes Regiae (Alabanza al Rey, en honor a Cristo) que invoca a los pontífices santos, mártires y otros santos de la Iglesia.
2. Antes de las lecturas, el Papa oró: «Oh Dios, que en el designio de tu sabiduría edificaste tu Iglesia sobre la roca de Pedro, cabeza del colegio apostólico, mira benignamente a mí, tu siervo: Tú que me elegiste como sucesor de Pedro, concédeme hacer visible a tu pueblo el principio y fundamento de la unidad en la fe y de la comunión en la caridad».
Después del rito bautismal -aspersión con agua benditapropio de los domingos de pascua, se proclamaron las lecturas en español, inglés e italiano, y el Evangelio en latín y luego en griego, después de lo cual el palio y el anillo del pescador le fueron impuestos al Papa por los cardenales Mario Zenari y Luis Antonio Tagle.
El rito de obediencia lo cumplieron doce representantes del pueblo de Dios llegados de distintos países. Enseguida, la homilía de un Papa visiblemente conmovido.
II) La homilía de León
1. Comenzó el Papa citando a San Agustín: «nos hiciste Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Recordó la muerte del Papa Francisco, cuando nos sentimos «como ovejas sin pastor», pero ciertos de que «el Señor nunca abandona a su pueblo, lo cuida ‘como pastor a su rebaño’ (Je 31,10)». Con esta fe se reunieron los cardenales en el cónclave, «llegando con historias personales y caminos diferentes, hemos puesto en manos de Dios el deseo de elegir al nuevo sucesor de Pedro». Buscaron «un pastor capaz de custodiar el rico patrimonio de la fe cristiana y, al mismo tiempo, de mirar más allá para saber afrontar los interrogantes, inquietudes y desafíos de hoy». Destacó la oración del pueblo de Dios, «la obra del espíritu santo que ha sabido armonizar los distintos instrumentos musicales, haciendo vibrar las cuerdas de nuestro corazón en una única melodía».
2. «Fui elegido sin tener ningún mérito. Con temor y temblor vengo a ustedes como un hermano que quiere hacerse siervo de su fe y de su alegría, caminando con ustedes el camino del amor de Dios, que nos quiere a todos unidos en una única familia».
Destacó: “amor y unidad son las dos dimensiones de la misión que Jesús confió a Pedro», según el texto evangélico proclamado. Pedro ha de «pescar a la humanidad para salvarla de las aguas del mal y de la muerte». Él y los primeros discípulos serán «pescadores de hombres», justo «después de la resurrección», como después de la resurrección comenzó este nuevo Pontificado.
Si Pedro puede cumplir la tarea, «es sólo porque ha experimentado en su propia vida el amor infinito e incondicional de Dios, incluso en la hora del fracaso y la negación… Cuando Jesús pregunta a Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’, es como si le dijera: ‘sólo si has conocido y experimentado el amor de Dios, que nunca falla, podrás apacentar mis corderos; sólo en el amor de Dios Padre podrás amar a tus hermanos aún más, hasta ofrecer la vida por ellos'».
3. «A Pedro se le confía la tarea de ‘amar aún más’. Su ministerio está marcado por este amor oblativo, porque la Iglesia de Roma preside en la caridad y su verdadera autoridad es la caridad de Cristo». No el sometimiento, propaganda religiosa o poder, «siempre y solamente amar como Jesús», Él es la piedra. Pedro no debe «ceder nunca a la tentación de ser un líder solitario, encima de los demás, dueño de las personas que le han sido confiadas; se le pide servir a la fe de sus hermanos, caminando con ellos en comunión fraterna, armonía del Espíritu, la convivencia de las diferencias. Como afirma San Agustín: ‘Todos los que viven en concordia con los hermanos y aman a su prójimo componen la Iglesia'».
4. «Quisiera que nuestro primer gran deseo fuera una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, fermento para un mundo reconciliado». Hay demasiada discordia, heridas, odio, violencia, prejuicio… un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres. Dentro de esta masa queremos ser una pequeña levadura de unidad, comunión y fraternidad… En el único Cristo somos uno. Esta es la vía que hemos de recorrer juntos, unidos entre nosotros, pero también con las Iglesias cristianas hermanas, con quienes transitan otros caminos religiosos, con quienes cultivan la inquietud de la búsqueda de Dios, con todas las mujeres y hombres de buena voluntad para construir un mundo nuevo donde reine la paz.
Este es el espíritu misionero que debe animarnos, sin encerrarnos ni sentirnos superiores… llamados a ofrecer el amor de Dios a todos para que se realice esa unidad que no anula las diferencias, sino que valora la historia personal de cada uno, la cultura social y religiosa de cada pueblo.
¡Esta es la hora del amor! La caridad de Dios que nos hace hermanos, es el corazón del evangelio».
















