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jueves, mayo 7, 2026

Los algoritmos: el frente oculto en la guerra en Oriente Medio

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La guerra en Oriente Medio no se libra únicamente en el campo de batalla. Se extiende también a un territorio sin coordenadas físicas, digital y simbólico, donde los hechos compiten con las distintas versiones que se construyen sobre ellos. No es una dinámica nueva, pero en los últimos años se ha intensificado y ha cobrado cada vez más importancia.

La crisis actual, con la implicación de Israel, Irán, Estados Unidos y Líbano, representa una nueva fase de evolución del espacio informativo en los conflictos contemporáneos: la construcción del relato deja de ser un elemento complementario de la guerra para convertirse en un frente en sí mismo. Un campo menos visible para la opinión pública, pero utilizado de forma activa por los actores internacionales, donde cada uno presenta como única y verdadera su propia versión de los acontecimientos.

No es solo una cuestión teórica: se materializa en contenidos que circulan en tiempo real y que impactan de forma inmediata en el espacio internacional. Un vídeo generado con inteligencia artificial de una cadena humana alrededor de una central nuclear en Irán; la utilización por parte de la embajada iraní en España de un antiguo meme para responder a Estados Unidos tras el bloqueo del estrecho de Ormuz; o un mensaje de Donald Trump en Truth Social en el que amenaza con «aniquilar una civilización entera» son ejemplos de contenidos que desencadenan reacciones políticas y diplomáticas casi instantáneas.

El doctor en Comunicación Social y especialista en comunicación política Carles Pont Sorribes lo resume así: «El control del relato siempre se intenta hacer por tierra, mar, aire y Twitter».

Redes sociales: algoritmos, burbujas informativas y cámaras de eco

La llegada de internet y, de forma más decisiva, la aparición de las redes sociales como canales masivos de información, supuso una ruptura con el modelo anterior. La circulación del contenido dejó de depender únicamente de las redacciones, los editores o cadenas de emisión centralizadas; pasó a difundirse de forma directa, al momento y a escala global.

En este escenario comunicativo, el periodista Daniel Iriarte, experto en geopolítica y amenazas híbridas y autor del libro Guerras cognitivas, explica a RTVE Noticias que «con la irrupción de las redes sociales se ha producido una atomización de las fuentes de información», lo que ha multiplicado los actores implicados en la construcción del relato informativo.

Este proceso no altera la lógica básica del relato político, pero sí la forma en que se construye. Como explica Carles Pont Sorribes, «la idea fundamental es siempre la misma». «Los políticos quieren estar en el centro del debate y utilizar todas las vías que haya disponibles para imponer su relato. La política, comunicativamente, es adaptativa”, indica.

El uso del término no es casual: «Imponer es un verbo fuerte, pero muchas veces es así», señala, aunque introduce un matiz relevante según el contexto: «Tal vez en una dictadura es imponer y en una democracia es convencer. Pero, al final, el objetivo es el mismo: que su relato sea el dominante». En el ámbito político, una victoria narrativa se traduce en influencia, legitimidad y, en última instancia, poder.

El verdadero punto de inflexión, sin embargo, no llegó con la multiplicación de canales y de formatos, sino con la aparición de aquello que los rige: los algoritmos. Estos actúan como intermediarios que pasan desapercibidos para la audiencia pero que determinan el contenido de las redes y las plataformas.

Este cambio empezó a hacerse evidente en las primeras grandes crisis de la era digital. Durante la Primavera Árabe, a partir de 2010, las redes sociales se consolidaron como una herramienta clave tanto para la movilización ciudadana como para la difusión internacional de los acontecimientos. Plataformas como Twitter o Facebook desplazaron parcialmente a los medios tradicionales.

Los algoritmos jerarquizan, seleccionan y priorizan qué contenidos aparecen ante cada usuario. Esto provoca que la experiencia informativa sea distinta según la persona, dando lugar a burbujas informativas o cámaras de eco: entornos digitales donde los usuarios reciben principalmente contenidos que refuerzan sus ideas previas. «Un periodista puede aportar ecuanimidad, pero el algoritmo no tiene ética», destaca Carles Pont.

La guerra en Ucrania volvió a evidenciar esta transformación a escala global. El conflicto se desarrolló también en un entorno informativo saturado, donde imágenes, vídeos y mensajes institucionales circularon a una velocidad sin precedentes. Los gobiernos, los medios y también los ciudadanos participaron en una competencia por definir qué estaba ocurriendo, mientras la desinformación y la propaganda digital se consolidaron como herramientas estratégicas dentro del propio desarrollo de la guerra.

Daniel Iriarte advierte de que la percepción pública no depende únicamente de los hechos, sino de cómo estos son filtrados y presentados. «La realidad es que, por muy críticos que seamos a la hora de pensar, ese razonamiento está totalmente condicionado por qué información nos llega y cómo se nos presenta», añade el periodista.

Guerra del relato: el impacto real cuando el relato traspasa la pantalla

En el caso de Oriente Medio, esta mecánica se intensifica por la propia complejidad del conflicto y la implicación de distintos actores. Cada acontecimiento genera una cadena de interpretaciones que circulan en paralelo, alimentando percepciones distintas sobre una misma realidad y dificultando la construcción de consensos internacionales. Estas múltiples narrativas están filtradas y amplificadas por sistemas tecnológicos y filtros digitales. El resultado es un escenario en el que el relato no describe el conflicto tal como es, sino que lo moldea.

Las Fuerzas de Defensa de Israel difunden grabaciones de sus operaciones con un objetivo narrativo de legitimidad y precisión, reforzando la idea de una respuesta «quirúrgica» y técnicamente justificada. «Desde hace dos décadas Israel promueve aplicaciones en varios idiomas que cualquiera se puede descargar y que promueven noticias favorables a su posición. Así, cada vez que estalla un conflicto que implica a este país, voluntarios proisraelíes de todo el mundo pueden participar en el debate y ayudar a moldear la opinión pública en la dirección que interesa a Israel», explica el periodista Daniel Iriarte.

Por su parte, Irán y sus aliados construyen un relato centrado en la resistencia y la agresión externa. Este se amplifica a través de canales oficiales y redes afines que difunden imágenes de víctimas civiles, infraestructuras destruidas o ataques atribuidos a Israel y Estados Unidos. En este sentido, Iriarte apunta que «Irán está demostrando una superioridad enorme en el campo de las narrativas, por ejemplo, a través de memes, y sobre todo de los famosos vídeos de animación estilo Lego».

Explica que «los creadores de esos vídeos logran varias cosas a la vez: primero, sortean las restricciones de las plataformas, que podrían censurar vídeos de propaganda pura y dura; al ser animaciones casi infantiles, circulan libremente. Segundo, llegan a audiencias mucho mayores: el ciudadano común no cree lo que ve en un vídeo de propaganda gubernamental iraní, pero como estos vídeos son divertidos, los consumimos. Y tercero, al utilizar un elemento con el que todos estamos familiarizados y que asociamos con recuerdos positivos, como son los juguetes de Lego, los espectadores bajamos la guardia, lo que hace que las narrativas iraníes nos lleguen más fácilmente y sean mucho más exitosas”.

Estados Unidos, por su parte, articula su estrategia comunicativa mediante una combinación de comunicados oficiales del Pentágono y del Departamento de Estado junto con intervenciones políticas de alto impacto. Estas orientadas a influir en la opinión pública internacional y a consolidar marcos interpretativos favorables a su posición en el escenario global.

En la actualidad, la guerra en Oriente Medio confirma que la actividad en las redes sociales no solo condiciona la percepción pública: también influye de forma real y concreta en la evolución del propio conflicto.

 

Trump y Truth Social: el control del relato

Mucho antes de que la disputa por el relato se convirtiera en un elemento central de los conflictos internacionales ya se habían detectado formas de influencia política basadas en el uso masivo de datos. El caso de Cambridge Analytica fue uno de los más significativos.

La consultora británica recopiló datos de millones de usuarios de Facebook sin su consentimiento y construyó perfiles psicológicos para dirigir mensajes políticos personalizados. Estos se utilizaron en campañas como la de Donald Trump en 2016.

La investigadora en desinformación y redes sociales Zeynep Tufekci señaló en un artículo publicado en The New York Times en 2018, titulado We’re Building a Dystopia Just to Make People Click on Ads, que el caso de Cambridge Analytica evidenció un cambio estructural: el paso de una comunicación política generalista a otra adaptada a cada perfil, en la que la influencia no se ejercía únicamente a través del mensaje, sino mediante el conocimiento previo de a quién iba dirigido.

Este fenómeno no se limitó a casos concretos como el de Cambridge Analytica. Años después, una exanalista de Facebook, Sophie Zhang, denunció internamente la existencia de redes coordinadas de bots que influyeron en procesos políticos en distintos países, evidenciando la dificultad de las plataformas para frenar la manipulación organizada a escala global.

Años después, esa lógica no solo persiste, sino que se ha intensificadoTrump ya no necesita intermediarios tecnológicos complejos para colocar su mensaje: tras ser expulsado de Twitter (hoy X) a raíz del asalto al Capitolio en 2021, creó su propia plataforma, Truth Social, que le permite comunicarse de forma directa, sin filtros editoriales y con un impacto inmediato.

Desde esa plataforma, sus publicaciones han funcionado como detonantes de reacción política. El 7 de abril de 2026, Trump lanzó un mensaje en el que advertía de que «toda una civilización moriría esta noche» si Irán no cumplía un ultimátum. La declaración generó reacciones internacionales inmediatas y obligó a responder sin tiempo para una verificación pausada.

Este tipo de intervenciones no son aisladas. Responden a una estrategia de comunicación que combina la confrontación, la simplificación del mensaje y el uso de códigos propios del entorno digital para dominar la conversación pública. El objetivo no es únicamente informar, sino ocupar el espacio, marcar la agenda y obligar al resto de actores a posicionarse.

Trump no solo participa en la batalla por el relato: la acelera, la tensiona y, en muchos casos, la redefine. Su uso de Truth Social muestra una evolución clave en la comunicación política contemporánea, pasando de la mediación de los medios a una comunicación directa con la audiencia.

Más allá del impacto que generan en las redes y, por tanto, en la opinión pública, memes, vídeos manipulados e imágenes creadas con IA configuran un escenario cada vez más híbrido. La frontera entre información, entretenimiento y propaganda es casi imperceptible: todo convive en la misma pantalla, con el mismo formato y la misma velocidad.

En ese entorno, incluso las instituciones adoptan códigos informales para difundir sus mensajes y llegar a audiencias más amplias. Es ahí donde aparece uno de los principales peligros de esta nueva forma de consumir los conflictos: la dificultad para mantener una mirada crítica. 

Comprender cómo se construyen estos relatos es esencial para entender la guerra en su totalidad y, en consecuencia, lo que está ocurriendo en Oriente Medio. En este entramado de medios y redes hay una constante. Mientras en el espacio informativo se enfrentan versiones opuestas de los hechos, la guerra continúa fuera de la pantalla. Sin filtros, sin edición, sin pausa.

La responsabilidad ya no recae únicamente en quienes producen el relato, sino también en quienes lo consumen y en cómo lo interpretan. Convertida en contenido, integrada en el flujo constante e infinito de información y entretenimiento, la guerra corre el riesgo de convertirse en una historia más: una notificación que desaparece cuando el algoritmo impone la siguiente.

Pero no lo es. Porque mientras se debate qué versión del relato es la verdadera, la guerra sigue ocurriendo, se banaliza en la pantalla y, fuera de ella, en la realidad, hay vidas que se pierden antes incluso de poder ser contadas.