A la hora de abordar un examen que has dejado para última hora, hay dos enfoques posibles. Está el que gasta todas sus energías renunciando a las horas de sueño y de ocio necesarias y acaba aprobando, y el que decide no presentarse y probar suerte el año que viene. Y estas han sido las formas en que Cavaliers y Pistons han abordado respectivamente su Game 7. Un partido que, con esta diferencia de actitud, solo podía deparar una victoria de Cleveland por 94-125.
No está claro si hubo más méritos en un lado o deméritos en el otro, pero seguramente solo una mezcla de ambos pueda explicar la enorme distancia entre ambos conjuntos durante todo el choque. Mientras que los Cavs se acercaron tanto como es posible a su idea platónica, el cuadro de Bickerstaff lució irreconocible, no solo evidenciando todas sus carencias sino olvidando sus virtudes. En el día más importante del curso, se olvidaron de todo lo que les había traído hasta aquí.
Y así, una temporada de sobresaliente acaba con un sabor de boca muy amargo.
Cuestión de energía
A Detroit le hemos visto tener muchos problemas en muchos partidos. Dependencia excesiva de Cade como generador, desacierto exterior, graves atascos a media pista… Pero lo que nunca se les había visto era no morder, no pelear, no competir. Han sido un equipo que incluso en sus peores tramos ofensivos han sabido agarrarse a los encuentros por su rendimiento en la otra mitad de la pista y por su forma de llevar los choques a su terreno. O mejor dicho, habían. Porque de esos Pistons hoy no hubo ni rastro.
Los de Michigan estuvieron sorprendentemente blandos en defensas, con una escasa agresividad en el point of attack y en las acciones de bloqueo directo que permitieron a Cleveland encontrar missmatches a placer. Tampoco pudieron igualar el nivel de intensidad de los Cavs en rebotes largos y balones divididos, que caían casi siempre del lado visitante, y de hecho ni siquiera fueron capaces de aplicar su nivel físico de forma adecuada. A diferencia de otros días, muchos de los contactos se producían tarde y mal, y daban lugar a faltas muy evidentes fruto de la falta de activación. Simplemente no estaban.
Una sensación en la que, por supuesto, influyó que del cuadro de Atkinson puede decirse todo lo contrario. Porque si han demostrado algo en estos playoffs es que pueden elevar su nivel físico ante equipos que acostumbran a dominar a través de él para dejar que sea su talento el que se imponga. Lo hicieron ante Toronto y, aunque había más dudas, lo han hecho también ante los líderes de la conferencia, allanando el terreno para que sus estrellas se hicieran con las riendas del duelo.
Y vaya si lo hicieron.
Todos presentes
Así como en los Pistons no hubo nadie capaz de tirar del equipo para intentar al menos reaccionar, los visitantes fueron sobrados de hombres decididos a dejar su sello en este Game 7. Algunos de forma más previsible que otros, hasta cuatro jugadores lograron superar la veintena de puntos y nutrir el ataque de unos Cavaliers que llevaban tiempo sin sentirse tan cómodos y tan capaces. Y, aunque todos tuvieron sus momentos, todo comenzó con Donovan Mitchell.
El escolta, que parece haberse tomado a pecho las críticas sobre su bajo número de asistencias en esta postemporada, salió decidido a generar para sus compañeros y hacer jugar al equipo, y el resultado no pudo ser mejor. De su mano, los de Ohio circularon el balón, pisaron pintura, obligaron a la defensa de Detroit a colapsar y a rotar continuamente, y fueron encontrando una buena opción tras otra para sumar con facilidad todo el tiempo. Fueron, en resumen, controlando por completo todo lo que ocurría.
Y es que los 26 puntos y 8 asistencias con los que terminó Mitchell no son necesariamente sus números más impresionantes de estos playoffs, pero este fue quizás su partido de mayor impacto y dominio. Llevó el timón del choque en todo momento y, con su buena lectura y sus cero pérdidas, impidió que los locales pudieran ir entrando en ritmo a través de su juego en transición. Y a nada que fue sintiéndose cómodo en sus tiros, el duelo empezó a inclinarse del lado de los Cavs.
Pero no fue el único que hizo por inclinarlo. Sam Merrill, con su 5/8 en triples, generó tanto puntos como espacios para que el resto pudiesen jugar; Jarrett Allen sacó, como ante Toronto, su mejor cara en el Game 7 y se hizo gigante en la pintura para terminar 23 tantos; y Evan Mobley estuvo muy inteligente encontrando espacios, castigando las rotaciones tardías de la defensa, y hallando vías al aro para alcanzar los 21.
En total, entre los cuatro terminaron con 93 puntos, solo uno menos que los Pistons al completo. A partir de ahí, lo que viniera era sinónimo de victoria. Y hubo aportaciones de todos. Desde Strus, que no estuvo tan acertado en el tiro pero volvió a ser muy agresivo sobre Cunningham; a Harden, también fallón pero ayudando a Mitchell a marcar el tempo y a reducir las pérdidas; sin olvidar el trabajo de Wade y Schröder, enérgicos, solidarios y no perdonando los pocos tiros que tuvieron.
Fue, en general, un triunfo de todos, y eso lo hace especialmente alentador de cara a la serie frente a los Knicks. Aunque los neoyorquinos hayan lucido como el mejor equipo del Este en estos playoffs, para los Cavaliers supone un verdadero subidón de confianza no solo haber arrasado en la cancha del líder sino haberlo hecho con la sensación de que la paliza podía haber sido mayor (sin ir más lejos, fallaron 16 tiros libres). Tal vez, pese a todo, sí haya argumentos para soñar.
















