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sábado, junio 13, 2026
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Si usted tuviese que elegir entre México campeón del mundial o que los narco-políticos de Morena sean llevados a la cárcel y regresen al país lo robado, ¿qué elegiría?. Híjole, para un fanático del futbol como los americanistas que lloran cuando su equipo pierde (sucede muy seguido cuando no les marcan penal inexistente) y un resentido devoto de la demagogia populista (los pocos creyentes ciegos que todavía quedan), esa pregunta plantea el dilema de sus vidas. Puestos frente a una elección obligada, supongo que muchos se quitarían la vida antes de tomar una decisión. Está tan arraigada, en su ser, la pasión del futbol como trastornado su cerebro para defender a delincuentes. Encima los defienden con fervor de aficionados coleros gritando por que su equipo no descienda.

Alguna casa encuestadora debería hacer la pregunta, ahora que la fiebre mundialista invadió el país. No es ninguna estupidez, hace cuatro años preguntaron a los argentinos si preferían ver a su selección campeona del mundo o resueltos sus problemas económicos. En un país que durante generaciones ha vivido innumerables y gravísimas crisis, por gobiernos demagogos y corruptos como el que ahora tenemos en México, respondieron mayoritariamente que ser campeones. Hay sociedades enajenadas que prefieren comer pelota que comer tres veces al día. Los argentinos son de esos, me pregunto si también los mexicanos. Pronto sabremos, luego de que los argentinos levantaron la Copa en París hicieron lo impensable; a la siguiente elección sacaron de la casa Rosada a la corrupta Cristina Fernández y metieron al loco Milei. Cuándo nos eliminen (dejen de soñar), ¿qué haremos los mexicanos en la primera elección?.

El triunfo argentino aceleró la caída de la izquierda; ¿el fracaso de México catalizará la derrota de la demagogia lopista?. Algo están viendo los ideólogos estratégicos de la demagogia, Claudia Sheinbaum prefirió dejar la silla vacía que le asignaron junto a Infantino, mercader mayor del FIFA. Caso extraño si tenemos en cuenta que presume una popularidad por arriba del setenta por ciento, nada que temer con esos niveles de aprobación, ¿o si?. En ella pudo más el fantasma de la rechifla contra Miguel de la Madrid en el mundial de 1986, que sus porcentajes de aceptación. Es la única jefa de estado ausente en las inauguraciones del mundial, desde Uruguay 1930. El ridículo de la niña futbolista que nadie conoció es una payasada, decidió refugiarse en la seguridad del Zócalo a calar su popularidad frente a los mexicanos libres.

Empiezan a sentir la presión social sobre sus espaldas. Los gritos de presidente, presidente cuando apareció en pantalla Salinas Pliego; los de fuera Morena, fuera Morena; los insultos a Cuauhtémoc Blanco y la tristeza de un mundial blindado por las fuerzas federales ensancharon las grietas abiertas por los señalamientos contra sus narcogobernadores. La fiesta del fútbol les llegó en su peor momento. No disfrutan el mundial, lo padecen. Y lo padecen igual en Palacio Nacional que en Palenque. La fiesta es de los mexicanos, no del gobierno. Los desquicia verse y sentirse separados del pueblo en cuyo nombre dicen actuar, sin que nada puedan hacer para evitarlo. Es un gobierno rebasado por la sociedad y secuestrado por los grupos de presión que antes trabajaron para ellos.

En su libro “El fútbol a sol y sombra”, Eduardo Galeano dejó una frase para la posteridad: “El fútbol es la única religión que no tiene ateos”. Enorme profundidad en la metáfora de Galeano, al rodar la pelota despierta una pasión irracional, inexplicable. Un ser humano puede cambiar de profesión, de nacionalidad, de esposa(o), de nombre, de religión, de sexo, de hijos, de padres. Pero jamás de los jamases cambiaría de equipo, al que decidió irle cuando tomó conciencia, a ese le irá hasta su muerte. Vean a los aficionados de Cruz Azul (mi gran Cruz Azul hoy campeón), décadas “cruzasuleándola” y nosotros obstinados irracionalmente aguardando pacientes la satisfacción. Como esos aficionados, millones en todo el mundo. A cada uno su pasión, no se diga en las selecciones nacionales, antes muertos que abandonar los colores.

Reconociéndome víctima de las mismas pasiones, tengo una observación para Galeano. Estoy de acuerdo con que la religión del fútbol no tiene ateos, pero si tiene pasivos decepcionados. En México hay millones, décadas de ver los mundiales con la ilusión de ser campeones, este será nuestro mundial, y décadas de una decepción tras otra. Somos una afición admirablemente sufrida, de radical estoicismo. Esta vez no se pudo, en cuatro años nos volveremos a ver y así desde Uruguay hasta que opere un milagro y un buen día el dinero deje de prevalecer sobre lo deportivo. Los aficionados sufren, los dueños del balón y de la FIFA llenan sus bolsillos. El fútbol es negocio cruel, enriquece a un puñado con cargo a la ilusión de millones. Hoy perdimos, mañana otra vez volvemos a empezar, la esperanza nunca muere, mantengamos la fe.

Pero es maravilloso, contradictoriamente maravilloso porque también representa un desahogo, una especie de purificación personal y colectiva. En los estadios la gente suelta lo que arrastra en sus vidas personales, venga los agravios históricos. Son termómetros confiables del humor social. El temor espantoso de la presidente a quedar expuesta frente a los ojos del mundo como una mandataria impopular, calca con exactitud el enorme deterioro del régimen; está desfondándose. En esa parte, la pregunta inicial tiene pertinencia. Estoy convencido que ganaría el “que metan a la cárcel a los narco-políticos de Morena”. Millones de mexicanos se han percatado de que Morena es una farsa que representa la mayor amenaza para el país. Su religión no es como la del fútbol, aparte de ateos se llenó de infieles molestos por sentirse traicionados.

En la plenitud de su farsa, hace años escribí que millones votarían por López Obrador aun viéndolo violar y sacrificar a una joven virgen durante una concentración en el Zócalo. Los catecúmenos celebrarían la infamia justificándola en que “es un honor morir sacrificada en los brazos de Obrador”.  No tengo ninguna duda de que así hubiese sido en aquellos años de locura triunfalista. Hoy no, el mundial los ha dejado expuestos, sólo un puñado de rencorosos ciegos profesan la misma devoción. A diferencia del fútbol, el movimiento lopista no es una religión, ni siquiera un culto. Es una idolatría y como en toda idolatría, los idólatras desaparecen cuando el ídolo pierde credibilidad, cuando pierde la magia del embrujo, cuando lo humanizan. López Obrador la perdió y Claudia Sheinbaum nunca la tuvo. Están derrotados, pierden aceleradamente a su feligresía.