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martes, julio 14, 2026

El mundo rompe relaciones con EU El costo lo pagarán los estadounidenses

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En marzo de 2023, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentó una estrategia para gestionar las políticas coercitivas de China. Europa, argumentó, debería “reducir el riesgo” de su dependencia de ese gigante económico uniendo fuerzas y creando alternativas propias.

Tres años después, reducir el riesgo que suponen las superpotencias depredadoras aún es el reto fundamental al que se enfrentan los líderes europeos, pero China ya no es el principal motivo de preocupación: ahora lo es Estados Unidos. Mientras intentan públicamente apaciguar a un presidente estadounidense vengativo, los responsables políticos de toda Europa trabajan discretamente para reducir su dependencia respecto a Estados Unidos, que se remonta a décadas atrás, mediante el fortalecimiento de sus propias industrias de defensa, energía y tecnología, y la diversificación de sus relaciones con otras naciones. Esa dinámica quedó patente la semana pasada en la cumbre de la OTAN en Ankara, Turquía, donde el presidente Donald Trump renovó sus amenazas contra Dinamarca y España, aliados de Estados Unidos.

No es solo Europa la que se aleja de Estados Unidos. Los líderes de sus socios en Asia y Medio Oriente están haciendo lo mismo de forma discreta. La ostentosa corrupción, los conflictos comerciales, el aventurismo militar y la volátil regulación de la inteligencia artificial del segundo gobierno de Donald Trump han generado un nuevo panorama en las relaciones internacionales: una gran estrategia casi global en la que los países se distancian de la nación más poderosa del mundo.

Para Estados Unidos, que se ha autodenominado la “nación indispensable” durante décadas, esto supone un cambio radical. Durante mucho tiempo, los países han buscado la protección del poderoso ejército estadounidense y el acceso a sus mercados y tecnología. Eso, a su vez, ha beneficiado a nuestra economía y a nuestra seguridad nacional.

Ahora, en medio de la intensa competencia de China, el deterioro de alianzas clave socava nuestra ventaja militar y nuestras tecnologías punteras a nivel mundial, y limita nuestra capacidad para hacer frente a las ventajas industriales de China.

El gobierno de Trump tiende a ver como algo positivo el debilitamiento de los lazos con el extranjero, con la lógica de que, si los países se valen más por sí mismos, Estados Unidos tiene más libertad para centrarse en sus propios intereses. Pero en un mundo en el que los países grandes utilizan cada vez más la dependencia de los pequeños como arma, y donde la autosuficiencia es en sí misma una forma de poder, esta reducción mundial de riesgos ya está perjudicando a los estadounidenses en su propio país.

No hace falta ir muy lejos para ver los costos. La guerra perdida contra Irán —la primera en la que no contábamos con el apoyo diplomático ni militar de nuestros aliados más cercanos de Europa y Asia— provocó un repunte en los precios de la gasolina y los fertilizantes que supuso un golpe de 132 millardos de dólares para los consumidores estadounidenses, según Moody’s. A pesar de que Europa aumentó su gasto militar en un 14 por ciento, hasta los 864 millardos de dólares, en 2025, sus compras militares a empresas estadounidenses se redujeron casi a la mitad.

Las políticas de migración de Trump también alejan a otros países. En 2025 llegaron a Estados Unidos cuatro millones de visitantes menos que en 2024, con un costo estimado de más de 8 millardos de dólares. Estados Unidos está perdiendo a toda una generación de mano de obra capacitada, ya que la matriculación de estudiantes universitarios internacionales cayó un 17 por ciento el otoño pasado respecto al año anterior, lo que ya les ha costado a las universidades al menos 1 millardo de dólares, según las estimaciones, y podría costarle al país cientos de millardos en ingresos futuros.

El efecto disuasorio va en expansión. Mientras Trump se plantea convertir a Canadá en el estado número 51, ese país se ha embarcado en una “nueva alianza estratégica” con China, ha abierto por primera vez su mercado a 50.000 vehículos eléctricos chinos y se ha sumado a un fondo de defensa europeo de más de 150 millardos de dólares destinado a romper la dependencia de la industria de defensa estadounidense.

En Asia oriental, donde Trump ha suspendido la venta de armas a Taiwán por deferencia hacia el presidente chino Xi Jinping, Taipéi y las capitales aliadas ya reajustan sus relaciones. Japón revisa su concepto de defensa nacional para desarrollar mayores capacidades de ataque ofensivo. Los contratistas surcoreanos están desplazando a los vendedores de armas estadounidenses por todo el mundo.

India estrecha sus lazos comerciales con Europa, Medio Oriente e incluso, a regañadientes, con China. India pertenece a un creciente número de países lo suficientemente preocupados por el acceso fiable a los modelos de IA de vanguardia estadounidenses como para reconsiderar las alternativas chinas o nacionales. “Aquí la gente dice que tenemos que volver a fijarnos en China, o quizá incluso desarrollar algo nuestro”, me dijo el año pasado un funcionario indio de alto rango.

Pero en ningún sitio el impulso por reducir la dependencia de Estados Unidos resulta más costoso para ambas partes —y más inoportuno— que en el continente que acuñó la expresión. En las capitales europeas se mantienen conversaciones que antes eran impensables. Los funcionarios europeos me cuentan que están elaborando discretamente planes para responder en caso de una guerra comercial en toda regla con Estados Unidos, lo que incluiría cortar el acceso de nuestras empresas tecnológicas al enorme mercado del continente o limitar insumos clave como los equipos de fabricación de semiconductores.

El debate sobre la reducción de riesgos frente a Estados Unidos es anterior al regreso de Trump al poder. En los últimos años, los socios del país se han mostrado molestos por políticas anteriores que, en su opinión, pisoteaban su soberanía e intereses, como las sanciones vinculadas a los proyectos geopolíticos de Estados Unidos, algunas partes de la Ley de Reducción de la Inflación de 2022 —que daba una ventaja financiada por el gobierno a las empresas estadounidenses— y otras medidas que restringían la exportación de semiconductores avanzados.

Y cierta reducción de riesgos puede tener algunas ventajas para Estados Unidos. Una mayor capacidad de defensa europea podría, con el tiempo, liberar recursos estadounidenses. La reciente victoria de Irán ha desencadenado un debate constructivo en Washington y en Medio Oriente sobre la reducción de la presencia militar estadounidense en la región. Un número cada vez mayor de líderes demócratas e incluso el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, reconocen ahora, a regañadientes, que Israel debe aprender a vivir sin los millardos de dólares anuales de ayuda militar estadounidense que no tenían restricciones.

Pero las divisiones que Trump provoca son diferentes. En 2021, por ejemplo, Australia acordó invertir millardos de dólares en la industria submarina estadounidense, con la promesa de que los nuevos submarinos aparecerían cerca de Perth a mediados de la década de 2030. Ya son menos los países dispuestos a hacer apuestas a tan largo plazo con Estados Unidos; muchos están planificando sus relaciones con este país en periodos de cuatro años. Para Estados Unidos, esto supone un verdadero reto a la hora de gestionar amenazas que pueden prolongarse durante décadas.

Algunos de los costos de que el mundo se aleje de Estados Unidos ya son notorios. Otros no se verán de la noche a la mañana. Los aliados hicieron bien en no sumarse al innecesario fiasco de Trump en Irán, pero nuestra capacidad para disuadir futuros conflictos se ve debilitada por nuestro mayor aislamiento. A falta de un socio alternativo claro, la mayoría de los países se cubrirán la espalda poco a poco, en lugar de “desvincularse” de Estados Unidos de forma inmediata. Como dijo Von der Leyen sobre China hace tres años: “Nuestras relaciones no son blancas o negras, y nuestra respuesta tampoco puede serlo”.

A medida que nuestros socios refuercen su propia capacidad de resistencia frente a nosotros, los futuros gobiernos estadounidenses deben preparar planes para evitar una ruptura más profunda. Quienquiera que suceda a Trump será el primero en asumir el cargo en un mundo donde los países no se preguntarán qué puede hacer Estados Unidos por ellos, sino que buscarán hacer todo lo posible sin nosotros. El primer paso para afrontar las consecuencias es comprender hasta qué punto ha cambiado el mundo y si ese cambio es permanente.