Comunicación y política (parte 2)

alfredo-columnista

Escribí sobre tres definiciones de “política” que son sustanciales para entender esta ciencia cuyo objeto, desde la perspectiva de la comunicación, es la creación e institución del Estado como motor de la cosa pública. Aún y cuando existen muchas acepciones para entender la política en comunicación, la perspectiva más amplia tiene que ver con los procesos para sostener una relación pública del Estado con los medios y como apunta Carlos Santiago Fayt,  son tres connotaciones del vocablo las más importantes.

Primero, significada ésta como una forma de conducta humana, una actividad que se expresa en relaciones de poder, de mando y obediencia. La política vista como sinónimo de poder que sirve para servir y para orientar el desarrollo de los individuos. Cuando está referida al fenómeno del poder, estamos en presencia de la política práctica, aplicada, o arte político, es decir, su enfoque entonces es desde la perspectiva de la comunicación una herramienta técnica para el uso del poder.

Lo traduzco a una redacción más simple. La política tiene que ser el instrumento principal para ejercer el poder (desde la perspectiva de su uso en la búsqueda del bien común) e involucra, necesariamente, procesos para el establecimiento de una relación afectiva, constructiva y positiva entre el Estado y los representantes de medios de comunicación.

Un Estado que no tenga una sana relación, positiva y constructiva con los medios de comunicación, es un Gobierno que está destinado a fracasar al intentar obtener una calificación o aprobación positiva de sus gobernados. Esto no significa, de ninguna forma,  que el Estado deba de supeditarse a los intereses o pretensiones de los representantes de los medios de comunicación, sino que debe establecer estrategias políticas adecuadas para “vender” y convencer a los periodistas los aspectos positivos de su Gobierno y esto le es fundamental para obtener una percepción positiva del público respecto a su desempeño en el ejercicio del poder.

Si la política (y sus procesos de comunicación) se presenta como la acción de gobernar, cuyo fin básico está dirigido a organizar y dirigir a la comunidad, entonces una relación pública (política de medios) es sustancial para el logro de sus propósitos y metas.

La segunda connotación es un resultado de la política como actividad que hace surgir a los órganos, la organización y la división de las competencias, cristalizadas en el Estado moderno, dando lugar a una política de comunicación asertiva. Diversos autores advierten que para convertir la política en un instrumento de beneficio social debe contar con los medios como uno de sus pilares para trascender en el desempeño de sus actividades.

Carlos Fayt sostiene en su libro Teoría Política que uno de los sentidos más importantes de la comunicación política es ejercer el poder de dominación, entendido éste como forma de conducción y control de opinión pública y/o percepción. Desde este punto de vista la “comunicación política” es una actividad humana que se realiza con la finalidad de influir en la organización de la vida estatal mediante el ejercicio del poder.

Por su parte Maurice Duverger señala en una de dos interpretaciones fundamentales acerca de la política que debe e encaminarse a hacer imperar el orden y la justicia, permitiendo que el poder sirva para asegurar el interés general y el bien común contra los esfuerzos de los individuos por alcanzar un mayor progreso, y para alcanzarlo necesita obligadamente de los medios de comunicación. No debemos olvidar que el Estado es una minoría que lucha por imponer su mando ante una mayoría (los gobernados) y si esta mayoría no es adecuadamente informada y orientada, existe el riesgo de la pérdida del apoyo popular.

¿De qué forma podemos sellar esto en nuestra realidad actual? ¿Qué, si los medios de comunicación (como el ejemplo de la prensa norteamericana con el presidente de Estados Unidos o la local con el gobernador), no logra resolver sus diferencias y sus conflictos? Estos autores concluyen que el Estado podrá gobernar bien y alcanzar sus objetivos más trascendentales para beneficio de la sociedad, pero difícilmente podrá con ello refrendar votos o coadyuvar para las victorias electorales de su partido. Así lo vieron y lo prescribieron.