*Impudor como lógica política

*Aterra el cinismo con que actua

*El pequeño Bobby se raya

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Ha perdido todo sentido de la congruencia, decoro jamás tuvo. Ya no le importa simular, actúa con el cinismo de quien se asume moralmente superior, se coloca por encima de valores universales y considera que la decencia es intrínseca en su persona. Es dispensador de las virtudes supremas, medida única de verdad, bondad, tolerancia, democracia. En nombre de una transformación imaginada permite los más despreciables excesos y quien ose cuestionarlos es traidor a la Patria, a lo menos añorante de los viejos y corruptos privilegios conservadores.

Por un reportero de Latinus supimos que Ulises Lara obtuvo, en menos de 24 horas, el título de licenciado en derecho por una universidad llamada Centro Universitario Cúspide de México y en el mismo tiempo la SEP le otorgó su cédula profesional. Lara es sociólogo, sin experiencia en el sistema de procuración de justicia, pero necesitaba el título de abogado como requisito legal para desempeñar el cargo de Fiscal General de la Ciudad de México, que la no ratificada y hoy precandidata al senado por Morena, Ernestina Godoy, le asignó en la calidad de encargado del despacho. Ningún problema, para qué son los amigos.

¿No tiene la 4T un abogado competente fiel a sus principios para desempeñar el cargo? Por supuesto que si, pero decidieron dejar al que quiso Ernestina Godoy, así careciera del más elemental requisito: titulo de abogado. ¿No tenía López Obrador un(a) jurista bien formado y leal a su proyecto para proponerlo a ministro de la Corte? Otra vez por supuesto que si, sólo que quiso proponer y después designar a Lenia Batres, una mujer sin preparación ni probidad para desempeñar el cargo, pero obediente a la consigna de someter a la Corte.

Tales desplantes de poder no son provocaciones del presidente para mantener “ocupada” a la opinión pública, como algunos sugieren. Es el descaro absoluto de quien no conoce límites, desverguenza del tipo “si y qué, háganle como quieran, me da igual”. En los momentos actuales de la historia nacional, cuando los mexicanos asistiremos a comicios que definirán el rumbo del país; democracia o autoritarismo, es aterradora su conducta de felón, vulgar matoncito de barriada.

El impudor con que actúa nos previene sobre su contumaz determinación a recurrir, sin escrúpulos y con descaro, a las peores prácticas para consolidar su proyecto autoritario. Si en asuntos de menor trascendencia, vistos en relación a lo que México se juega, está dispuesto a disparates como los de Lara, Lenia y otros que no menciono, hasta dónde llegará cuando se trata de lo fundamental; definir el resultado de las elecciones. Me aterra pensar que su obstinada megalomanía buscando la trascendencia histórica lo llevaría hasta el punto de reventar la elección, si fracasa el proyecto de su candidata.

La cualidad más importante de un estadista, de un gobernante democrático, es su sentido de autocontención. En los hombres y mujeres que se creen nacidos con destino manifiesto, aquí no hay contraste de género, está presente la tentación de acumular poder y mantenerlo mientras vivan, impulso al que sucumben muchos que llegan por la vía democrática y terminan convertidos en siniestros dictadores. De ahí la importancia de instituciones sólidas que los contengan, pero más importante la mesura y la responsabilidad personal. Necesitan el freno interior que los haga reflexionar sobre las consecuencias sociales de sus actos.

López Obrador nos ha enseñado, a lo largo de cinco años, que tiene a las instituciones nacionales por estorbos a su proyecto, sobre todo a los poderes y órganos autónomos. En su mente, los 53 millones de votantes justifican cualquier el despotismo. Está convencido que no ganó las elecciones para gobernar seis años, como limita la Constitución, piensa que llegó al poder con el designio divino de instaurar un nuevo régimen, sistema de gobierno al que bautizó “humanismo mexicano”, del que siente especial orgullo por que lo ve como la Revolución no cruenta del siglo XXI. La suya es una utopía pacífica que, repite, transforma sin quebrar un solo vidrio.

Alucina viéndose más que un Gandhi mexicano, más que otro Mandela; es el pueblo en él encarnado. La patología megalómana esconde una frustración que acentúa los viejos rencores largamente fermentados, es la realidad gritando que su administración ha sido un fracaso: Un tercio del país secuestrado por el crimen, el sistema de salud colapsado, la educación básica reprobada, comprometidas las finanzas públicas, la insatisfacción de sus obras emblemáticas improductivas, los combustibles colgados de cuantioso subsidio, Pemex comprometiendo las finanzas nacionales sin aumentar la producción, humillado por el Imperio, el campo sin apoyo, cuestionada su gestión de la pandemia.

Esa realidad que jamás reconocerá, que ni siquiera se atreve a mirar, lo hace un gobernante inestable, caprichoso, intolerante, ofensivo y lo lleva a cometer los mayores dislates administrativos y políticos. Es, ante todo, un aspirante a mesías social que sólo encuentra satisfacción en sí mismo, regodeándose en la grandeza con que se invistió, delirio que, autoindulgente, justifica postulando la política del cinismo como su mejor instrumento de gobierno. Lo frenamos el dos de julio o el país sucumbe por las próximas décadas.

Rompeolas

Otro dato de cinismo acaba de trascender. Gonzalo López Beltrán (Bobby para la familia), amafiado con un empresario de nombre Jorge Amílcar Olán Aparicio para vender al Ejército balasto usado en las vías del Tren Maya ¡a un sobreprecio del 70 por ciento¡. Ya ni siquiera se toma la molestia de aclarar, le da igual. Sus tres hijos que nunca trabajaron hoy amasan millones con los negocios de la corrupción en el gobierno de su padre. Ah, pero eso si, ellos son diferentes, puros y honestos por que lo dijo papi. Hay que joderse con estos ladrones, saquean al erario y luego quieren que les aplaudan.