Dos toretes despuntados

froylan-columnista

Cansada de pedir piso parejo para una candidatura secuestrada por Ricardo Anaya, responsable de conducir el proceso interno en armonía, Margarita Zavala renunció al PAN, a principios de octubre del año pasado. La pisoteó sin piedad cerrando cualquier opción a su proyecto, por dignidad tenía que irse.

Debió sufrir mucho por esa decisión, entonces el promedio de las encuestas la situaban empatada con López Obrador, ambos rondando el 30 por ciento de las preferencias, muy arriba de los otros nombres mencionados como posibles candidatos.

El 2016 cerró con el PAN y el PRI empatados, también con alrededor de 30 puntos, quedando Morena relegada a un lejano tercer lugar con apenas el 20 por ciento.

Cuando entraban nombres al juego, Osorio, Beltrones, Anaya, Moreno Valle, las combinaciones eran variables, pero siempre dominando PAN y PRI como partido, Margarita y López Obrador como precandidatos.

¿Qué sucedió en el país, para que en tan sólo año y medio se desfondaran los dos partidos dominantes, la única mujer en competencia y crecieran hasta las nubes Morena y su candidato? Poco, el aumento a la gasolina es el único impacto que alteró los ánimos ciudadanos. Nada nuevo, el precio de los combustibles aumenta consistentemente desde la administración de Felipe Calderón.

¿Qué hizo López Obrador para llegar hasta las alturas de gran favorito?. Nada diferente a otros años; se mantuvo en gira nacional, criticó a la mafia del poder, coordinó la campaña en el Estado de México y ocupó los spot de su partido para promoción personal, violando flagrantemente las leyes electorales. Es decir lo mismo que hizo en las dos elecciones anteriores.

En todo caso puso en riesgo su campaña, aliándose con siniestros personajes como Elba Esther Gordillo, Napoleón Gómez Urrutia, la secuestradora Nestora Salgado y otros impresentables cuya lista es grande, muchos lo peor del criticado PRIAN, sin que su popularidad sufrirse menoscabo.

Si el país no cambió y López Obrador no hizo nada diferente para fortalecerse ¿Porqué creció mientras los otros partidos y candidatos se desplomaban? La respuesta está en dos adversarios principales y el gremio al que mas asusta, son los pilares de su exitosa candidatura: Enrique Peña Nieto, Ricardo Anaya y el club de los supermillonarios del país, integrados en el Consejo Mexicano de Negocios.

Peña permitió que una partida de gobernadores ruines, cínicos y corruptos, entre quienes los Duarte, Medina, Borges y Sandoval son ejemplos indiscutidos, desfalcaran las arcas de sus estados a plena luz del día. Ninguno fue reprendido por el presidente, conociendo las malversaciones y la ola de rumores que los inculpaba.

Con un gobernador que hubiese depuesto, ni siquiera juzgado, sólo hacerlo renunciar, el resto se habría contenido. Son corruptos no pendejos ni comen fuego.

En vez de combatir la corrupción se montó en ella, la casa blanca destrozó su credibilidad al punto que ni las disculpas públicas –nunca un presidente mexicano pidió perdón- le fueron admitidas.

En su complicidad radica la esencia del hartazgo; en la pérdida de credibilidad el fracaso de sus políticas de comunicación, transferidos por asociación a su partido, el PRI. Es el hartazgo que hoy está convertido en votos a favor del “odiado común”.

Formado en la tradición de Atlacomulco, Peña jamás supo interpretar correctamente a la sociedad de la era digital. La supuso igual que durante el viejo PRI; pasiva y resignada al “no le hace que roben, siempre que repartan”.

No creo que Peña sea intrínsecamente corrupto y mucho menos pendejo, su fallo radica en tener una visión desactualizada de la sociedad. Durante los últimos 14 años vivió en una burbuja, imposible una visión certera del país.

En el manejo de su partido cometió otros dos errores inconcebibles para alguien con sus antecedentes políticos. El primero dejar que los gobernadores desacreditados socialmente en sus estados, influyeran en la designación de candidatos en la elección del 2016.

Desaprovechó la experiencia de Manlio Fabio Beltrones, uno de los políticos mejor formados del país, al minar su autoridad de presidente dando credibilidad a los gobernadores de la corrupción.

La mayor insensatez, entregar el partido a una camarilla inexperta de tecnócratas formados en la ITAM. Con el nombramiento de Enrique Ochoa como presidente del CEN provocó un divorcio de la dirigencia con la nomenclatura partidista, buena parte de la cual hoy trabaja, en las sombras, para López Obrador o abiertamente se afilió a Morena.

Tan obvio es el error, que a media elección no tuvo más que relevar a Enrique Ochoa de la presidencia, entregándosela a René Juárez, un político formado en las entrañas del partido ¿Tarde para cambiar la estrategia? Muchos afirman que si, el domingo en la noche sabremos.

A la distancia los desaciertos de Peña son una obviedad, pero en su momento hubo prominentes priistas y reconocidos analistas políticos que advirtieron los riesgos de tales decisiones, uno de ellos el propio Beltrones, al que hoy asocian más con López Obrador que con el PRI, por la candidatura de Kanek Vázquez, a diputado federal por Morena.

De Ricardo Anaya escribí amplio la semana pasada, expliqué la forma en que su ambición de poder, “chingándose a todos”, le pasó enorme factura, cobrada en la recta final de la campaña. Colapsó antes de llegar a las urnas.

Anaya sólo cometió un error, escalar a la cima mientras destruía, a su paso, el instrumento que postularía su candidatura !Destrozó al PAN, su plataforma para el voto!. El resto de sus errores han sido consecuencia de su ambición incontenida.

No cumple cuarenta años y decide dar una lucha sin retorno, a matar o morir, por la presidencia, actuando como si fuese la última oportunidad. Insensato, tenía –así en pasado, pues las perdió en ésta campaña- al menos otras cuatro elecciones más para llegar a los Pinos.

Por ejemplo, pudo asociarse con Margarita, dejarla competir en términos equitativos, hacerse a un lado y coordinar la campaña, en cambio la humilló hasta reventarla. O jugar con Moreno Valle, a quién también sometió a golpes pero sigue dentro del PAN por que recibió la gubernatura de Puebla para su esposa. Sin embargo permanecen distanciados.

Si Anaya honra su papel de líder, emparejando el piso a los aspirantes, o deja la presidencia para no tomar ventaja, el PAN sería hoy un partido competitivo y su futuro –en cualquier resultado electoral- el más prometedor entre todos los panistas.

Hoy su destino es el más incierto de los cuatro candidatos, sólo de verse entregado a quien fuese uno de sus peores enemigos internos, Javier Corral, y con el Frente que lo postuló hecho trizas, debe permanecer en constante ansiedad ¿Qué hacer el dos de julio? Sólo tiene dos opciones, los Pinos o la cárcel y la primera pinta lejana.

También los del Frente lo abandonaron; Silvano Aureoles con Meade, Graco Ramírez y la corriente Foro Nuevo Sol con López Obrador. Así llega al día de la elección, arrastrando su candidatura.

Hay quienes piensan que llegó a su principio de Peter yo más bien creo que lo perdió la inmadurez. Para un joven y brillante político es un suicidio jugar a todo o nada, si tenía un prometedor futuro. Lo dilapidó.

En su alocada desesperación también tuvo el desatino de romper con una parte de la mafia, la que representan Peña y Calderón, eliminando toda posibilidad de voto útil a su favor. Esa ruptura explica los golpes actuales, su historia de traiciones lo hace menos confiable que López Obrador, el nuevo asociado de la mafia.

Los empresarios llevan parte importante, por temerosos. Asustados por el crecimiento de López Obrador, después del primer debate presionaron sin éxito a Peña Nieto, buscaban su mediación para que Meade dejase la campaña en favor de Ricardo Anaya.

Inocentes, esa posibilidad jamás existió, como se dijo arriba, a los ojos de Peña Anaya es menos confiable que López Obrador, imposible una alianza con el traidor. Su temor los apresuró y calcularon mal, esperen al segundo debate, hagan lo necesario a favor de Meade y luego muevan a Diego, Castañeda, Creel y otros en el entorno de Anaya, para obligarlo a dimitir. Entonces el planteamiento que hicieron a Peña era al revés, después no quedó tiempo para recomponer.

El menos culpable es José Antonio Meade, aunque también lleva parte en ésta historia electoral, su desacierto fue plegarse a las viejas practicas de complicidad entre priistas y dejar en manos de Peña la conducción del partido.

Conocía el hartazgo de la gente por la corrupción y jamás hizo un pronunciamiento enérgico para distanciarse de los gobernadores socialmente cuestionados, menos una crítica al gobierno de Peña. Para efectos electorales es a Peña lo que Serrano a Duarte.

El domingo todo puede suceder, las urnas han dado muchas y variadas sorpresas, pero con lo visto tenemos para recordar lo que decía Manuel Bernardo Aguirre, el sabio de la política el cencerro se le pone a los toros más viejos. Peña llegó muy joven a la presidencia y Anaya se desangra en el camino, la responsabilidad –en todo caso- no es de ellos, sino de quienes pusieron el cencerros en dos toretes despuntados.

Que weba ¿Debemos resignarnos al mesías? Arriar bandera nunca, acá el único pendejo es el niño maravilla.