*Apuntes dispersos sobre corrupción

froylan-columnista
 Recuerdo a Don Oscar Ornelas llegar al Soberano manejando un auto despintado, de modelo atrasado cuya marca olvidé pero supongo era un viejo Dart K o Spirit. Lo citaron a una reunión en el salón candiles, que presidiría Ernesto Zedillo, candidato del PRI a la Presidencia. Obligada su presencia de “ex”.
La clase política del momento estaba reunida, presurosa y engreída, solícita a fin de postrarse ante el que sería su nuevo tlatoani y rendirle pleitesía. El modesto exgobernador chocaba con el frenesí y los excesos de una campaña presidencial, así me llamó la atención y hasta hoy mantengo la escena del momento, bajando del viejo vehículo, fresco en la memoria.
Don Oscar era un hombre sincero, alejado de los prejuicios que suelen perder a los encumbrados y siempre he pensado que sin vocación de poder. Las cosas se le dieron y las tomó como quién recibe una herencia no esperada y teme que cambie su vida.
El mismo día que protestó el cargo, me contó alguien que lo conoció muy bien, dejó las celebraciones a medias y volvió a casa, cenó e hizo lo que todas las noches; lavar los trastos.
Después un exsecretario general de gobierno me dijo que su viuda pidió al gobernador Reyes Baeza el favor de aumentar la pensión, la noble recibía dos mil pesos mensuales. Supe que le ayudaron de buena gana. Siendo rector de la Uach, presidente municipal, senador y gobernador, Don Oscar heredó una magra pensión a su esposa amada.
Hombres así deben ser recordados por su dignidad y decoro, pero como no hizo grupo político su legado de austeridad y decencia pasan casi inadvertidos en este mundo de intulticias. Incluso hay cínicos que lo tachan de pendejo, piensan que pudiendo hincharse de dinero dejó pasar la oportunidad, mientras otros en su gobierno se enriquecían.
No es el único, Don Saúl González Herrera vivió y murió en la honrosa medianía, Don Manuel Bernardo Aguirre murió pobre, asilado por misericordia y agradecimiento en el hotel Mirador. Un día me platicó Francisco Barrio que don Manuel le mandó pedir cinco mil pesos, los quería para regalarlos a un matrimonio joven, explicó el viejo sabio al secretario particular del gobernador. Y usted que hizo, pregunté a Barrio. Se los mandé, sabía que los necesitaba pero su orgullo jamás le permitiría pedirlos para él.
Hoy que la clase gobernante discute sobre la corrupción y el presidente López Obrador invoca la medianía juarista como ejemplo de vida, es pertinente recordar a los políticos que sin hacer alharaca obraron con decencia. Si, también hay políticos que no roban.
Contrasto esos ejemplos de vida con los gobernantes, muy de moda en el sexenio que agoniza, ambiciosos, libertinos y cínicos que toman las arcas públicas como propias y las parasitan a sus anchas sin sentir remordimiento. Son como asesinos seriales, matan por placer sin lastimar su conciencia. Así los corruptos, roban y se enorgullecen de hacerlo por que para eso llegaron al poder. No tienen madre.
Cuantos ejemplos tenemos de esos truhanes de la político. En este momento me viene a la mente Fidel Herrera Beltrán, de los peores gobernante que ha tenido Veracruz en los últimos tiempos. Siendo gobernador “se ganó” la lotería ¡dos veces el infeliz!, y explicó que desde chico tenía mucha suerte.
En realidad lo que hizo fue comprar los boletos ganadores porque se le agotaron las ideas para justificar sus cuantiosos e ilegales ingresos ¿Cómo se le ocurrió semejante treta? Cavilando, pensando de que manera cubrir su inmundicia.
Fidel Herrera es maestro de un ícono de la corrupción en el país, Javier Duarte. Lo sacó de la nada y lo formó como si fuese su hijo hasta convertirlo en cómplice, enseñándole las mañas de la corrupción que pacientemente aprendió en sus años de político activo. Éste inculto y ambicioso veracruzano despilfarró el presupuesto estatal hasta deprimirlo, siguiendo los pasos del maestro y amparado en que su esposa Karine una noche soñó en “merecer la abundancia”.
En Chihuahua tenemos a nuestro César Duarte, al que hoy en Parral dicen que es de Balleza y en Balleza de Parral, avergonzados ambos pueblos de su historia de cinismo y excesos. Estoy de acuerdo con Javier Coral cuando dijo que Duarte “confundió la constancia de mayoría con una escritura del estado a su nombre”. No saqueó más sólo por que le falto tiempo, pero ganas le sobraban”. Innecesario abundar sobre su historia ¿Qué de nuevo podría decir, si la Fiscalía engrosa un expediente de cajas y más cajas de fojas útiles detallando el saqueo?.
La corrupción es inherente a la política, por desgracia se observa más en nuestros pueblos latinoamericanos, pero está presente y arraigada también en los sajones del Norte, en la vieja Europa, sea libertina o conservadora y no se diga en las empobrecidas naciones africanas. Es un mal universal del que pocos se salvan.
Estoy convencido de que Javier Corral es uno de esos políticos honestos, creo sinceramente que su ambición no es el dinero. Es de los contados políticos satisfechos con la honrosa medianía, sus aspiraciones son otras. Cuando al principio de gobierno compartía esta percepción con un grupo de amigos, alguien me respondió que se debía a que no había tenido la oportunidad del cajón abierto.
A dos años sigo pensando lo mismo, Javier no es un hombre de ambiciones económicas y supongo, por lo visto estos dos años, que tampoco lo estimula el poder, su impulso es del idealista que pretende redimir al mundo y trascender a la historia como el justiciero que acabó con el sistema podrido. Por eso sus foritos y campañas contra la corrupción, teorizando encuentra sentido al gobierno, sin percatarse que la obligación de actuar viene con el cargo. Desde que ejerce el poder las palabras carecen de sentido, importan los hechos. Allí falla.
Tres factores fácilmente observables restan credibilidad al gobernador Corral, en su campaña contra la corrupción: Retorcer la justicia para mantener a inocentes en la cárcel, con tal de mostrar el éxito de la Operación Justicia, hace que parezcan actos de venganza; toma de plataforma para su campaña nacional los foros anticorrupción, pensando en ser presidente de la república; y, lo que más resta, solapar a los funcionarios de su gobierno sospechosos de corruptos, en lo que Jaime García Chávez ha dicho, certero, justicia selectiva.
Me gustaría formar parte de esa campaña contra la corrupción, sin embargo esos tres factores me hacen dudar y alejan. Falta sinceridad, el liderazgo de Javier estará desacreditado mientras cobije y justifique la corrupción en su entorno próximo. Jaime tiene razón, su justicia es selectiva, la pide sólo pensando en los bueyes del compadre.
Es de weba, el combatiente contra la corrupción construye un mundo imaginario donde se asume héroe y mártir a la vez, mientras distorsiona su entorno próximo para hacerlo parecer transparente y honesto, cuando las sospechas marcan su gobierno. Viéndolo distraído y feliz con sus idealizaciones, hace pensar que estábamos mejor cuando estábamos peor.