No te pago para que me pegues

En mi colaboración pasada escribí sobre Vilfredo Pareto y su regla 80-20, como un anticipo al planteamiento de un fenómeno de comunicación que ha sido recurrente en nuestros días y que afecta directamente los esfuerzos de los gobiernos por acercarse a sus gobernados mediante los medios masivos de comunicación.

Escribí también sobre la aparente incongruencia entre el gasto gubernamental en comunicación y los resultados en la evaluación de imagen del ex mandatario estatal César Duarte, quien a pesar de invertir más de seis mil millones de pesos del erario en los medios de comunicación durante su mandato, terminó calificado como uno de los políticos peor evaluados en la historia de Chihuahua.

Duarte Jáquez tuvo seis titulares de comunicación en el Gobierno. Gastó millones de pesos en apoyar a comunicadores, algunos legítimos y otros simulados, y benefició con este gasto a representantes de todos los tipos de medios de comunicación, nacionales y locales, prensa, radio, televisión, digitales, impresos (no clasificados como prensa) y visuales (vehículos móviles con publicidad, espectaculares, etc).

Mi conclusión fue que el ex mandatario estatal no tuvo la fortuna de contar con una estrategia de comunicación bien elaborada, tampoco un proyecto mercadológico definido y, por supuesto, muy poca sustancia o producto que vender, o mejor dicho, acciones y decisiones de gobierno positivas que verdaderamente le interesaban a sus gobernados.

Su relación con los medios de comunicación no fue comercial o mercadológica, sino política. Buscó relacionarse con la enorme mayoría concediéndoles convenientes y jugosos convenios de publicidad y en el caso de los menos afortunados, apoyos financieros suficientes para subsistir y para sostener una relación que, desde su perspectiva, debió de ser ampliamente productiva y conveniente.

Señalé que curiosamente no fue así. La relación que el exmandatario tuvo con los medios nunca incluyó más beneficios que halagar la imagen del gobernante, justificar algunos de los yerros gubernamentales y disimular en otros casos el poco o nulo avance en acciones de beneficio común, es decir, predominó el cuño del “no te pago para que me pegues”, aunque con una ligera variante.

Me atreví a asegurar que finalmente la mayoría los medios de comunicación jamás vendieron su línea informativa, aunque la mayoría haya comprometido su línea editorial. Por eso, mientras en columnas leíamos múltiples y variopintas alabanzas al gobernador, en las notas informativas conocíamos al punto todas las conductas y decisiones absurdas que aceleraron la degradación mediática del gobernador.

Enumero algunos casos a guisa de ejemplo; su preferencia por el licor con valor de casi 100 mil pesos por botella con cargo al gasto público, sus francachelas privilegiadas en la Casa de Gobierno, animadas con artistas nacionales de la talla de Juan Gabriel, su exagerado egocentrismo que lo llevó a construir su propio balcón en el Palacio de Gobierno, sus oficinas y departamentos de lujo secretos ubicados en Chihuahua y Ciudad Juárez, su incapacidad para resolver el grave descontrol del sistema de transporte Vivebús, su accidente en el helicóptero de Gobierno,  donde lesionó a su esposa y a la periodista Lolita Ayala, su abuso de las aeronaves oficiales para peregrinar por toda la nación, en franca campaña de posicionamiento político personal, y decenas de incidentes más que terminaron por perfilarlo y dibujarlo como uno de los gobernantes más corruptos de la historia de Chihuahua.

Este fenómeno de comunicación negativa no es la primera vez que se presenta en México, ni es difícil de predecir cuándo comienza a manifestarse, sobre todo porque existen elementos de diagnóstico muy fáciles de detectar. De cualquier manera, con toda certeza y precisión podemos asegurar que en el sexenio estatal pasado hubo un manejo excesivamente abundante de la información y un proceso de control muy minucioso de la opinión editorial, sumado esto a una alianza de intereses muy estrecha con la mayoría de los propietarios, gerentes, representantes y trabajadores de los medios de comunicación más trascendentes.

Entonces, ¿qué fue lo que a César Duarte le falló en materia de comunicación?

En mi próxima colaboración describiré los factores que falta considerar, desarrollaré los síntomas que determinan su presencia y plantearé cómo siguen cultivándose todavía, con el correspondiente riesgo que ello implica para la imagen pública de nuestros actuales gobernantes.