Fisuras del presidencialismo vertical

froylan-columnista

En décadas de frustraciones y sinsabores, desvelos e infortunios por que la mafia cerraba su camino hacia la Presidencia, López Obrador maduró un mensaje capaz de tocar el corazón de los mexicanos, convirtiéndolo en verdad absoluta hasta el maniqueísmo: lo que él diga está bien, lo que digan otros está mal.

En una efectiva y sencilla estrategia de comunicación cernió las ideas más simples y de mayor impacto y las hizo centro de su campaña: vender el avión que ni Obama tiene, retirar pensión y gastos a expresidentes, eliminar fueros y privilegios de funcionarios públicos, reducir el salario de la alta burocracia, empezando por el presidente, convertir los Pinos en espacio de arte y cultura, entre muchas otras más mil veces repetidas en todo la extensión del territorio nacional.

La mayoría está contenida en las cincuenta medidas propuestas para reformar su gobierno, punto de partida para la cuarta transformación del país: la Regeneración. Ha sido sincero con los mexicanos; no engañó en la campaña, tampoco engaña hoy, planea llevarlas a cabo. Serán su prioridad en gobierno.

Algunas de ellas tiran más a mandamiento que a política de austeridad: “no irás borracho al trabajo”, “no contratarás familiares”, “no cerrarás calles ni detendrás el tráfico”, “no recibirás regalos ostentosos”, “tratarás con amabilidad al ciudadano”, “limitarás los viáticos”. Algo tienen de mesías y de utópico, en una burocracia rapaz y acomodaticia ordenes ejecutivas quedan en recomendaciones aspiracionales.

En general son un prontuario de advertencias dirigidas a la burocracia encumbrada, usualmente corrupta y dispendiosa. Sin embargo varias hacen sentido, tienen que ver con acciones para desagraviar a una sociedad ofendida por décadas de gobiernos corruptos y dilapidadores de los recursos públicos.

Por ejemplo la que prohíbe contratar despachos externos para realizar proyectos o seminarios. Esos contratos son una fuente inagotable de corrupción que muy contados beneficios dejan al gobierno y ninguno al país. Así desvió César Duarte cientos de millones de pesos a las campañas del PRI. O la de reducir al 70 por ciento la plantilla laboral de confianza, corriendo recomendados inservibles y aviadores completa el porcentaje. Es mucho el abuso en todos los niveles de gobierno.

Las primeras seis son de trascendencia y sin oposición puede realizarlas en los primeros tres meses de su gobierno. Por ejemplo suspender fueros y privilegios a funcionarios, en las que debe incluir gobernadores, senadores y diputados; reformar la ley para considerar delito grave el tráfico de influencias, miles de funcionarios y políticos estarían en prisión por este delito.

Otras son necesarias pero inaplicables en regímenes presidencialista como el que proyecta: La Fiscalía General contará con absoluta autonomía, sin recibir consigna del presidente; La Fiscalía Electoral estará encargada de garantizar elecciones limpias y libres, evitando compra de votos.

Esos ordenamientos ya existen sólo que no los aplican. Tampoco López Obrador los aplicará, Morena se dedicará a la compra de votos, como el viejo PRI en sus mejores años, y la Fiscalía General estará al servicio de los nuevos empoderados.

Si el nuevo régimen está diseñado para una presidencia omnipresente y todopoderosa, donde las decisiones se tomen en forma vertical teniendo como justificación el aval del pueblo bueno ¿Cómo podría respetar su autonomía?. Eso se hace, no se dice. Demuéstrenlo en los hechos.

Tan claro ha sido en los últimos 12 años de campaña y durante sus seis gobernando la ciudad de México, que no hay espacio para sorpresas, tampoco engaña con la verdad, obra en razón de lo que dice.

El mecanismo de mando es sencillo: A mano alzada el pueblo bueno decide y el presidente acata y ejecuta su voluntad. De ahí, en la más absoluta verticalidad, se desprenden las políticas públicas operadas en los diferentes niveles de mando hasta llegar a la base popular, los beneficiados del asistencialismo, es decir el pueblo bueno, estableciendo un circulo de perfecta bondad republicana.

Estamos en los albores de un presidencialismo que no admite oposición a su proyecto de nación, tampoco en esa parte hay truco. Traza un sistema centralista de la más absoluta verticalidad y nadie parece advertir lo que sucede o, cautos, los actores pasivos prefieren guardarse a la espera de que las cosas sucedan para luego buscar la forma de tomar parte en los beneficios del nuevo régimen.

Lo más discutido por observadores y analistas son los delegados únicos, a los que llaman “jefaturas políticas”, recordando los primeros años posrevolucionarios. Supongo no tienen definido con exactitud los alcances legales de dichos delegados, sin embargo sospecho que, en los hechos, serán coordinadores generales de los programas federales en cada entidad de la república, principalmente los asistencialistas, en los que debemos incluir apoyos económicos a madres solteras, ancianos y jóvenes desocupados, los ninis.

En muchos estados del país, entre ellos todos los del norte, Morena carece de estructura partidista que le permita ratificar los triunfos pasados; AMLO es el movimiento y el movimiento es AMLO. Bien, las listas del asistencialismo servirán de base para crear la vasta estructura electoral que les permita posicionar a Morena como el nuevo partido dominante. La vieja hegemonía priista.

Con ese propósito crearán 250 o 300 comités nacionales, cifra muy aproximada al número de distritos electorales –no han definido número pero ya los anunciaron- mediante los cuales distribuirán entre los más pobres del país el dinero en efectivo. Y tenga la seguridad de que les habrá de llegar sin falta ni merma, nada de que la mitad se atoró en el camino, como sucedió en la decadencia del PRI.

Crear y operar esos comités, células de control, convirtiéndolos en instrumento electoral será la tarea principal de los delegados únicos, o como quieran llamarlos. Serán el ejército electoral de Morena, los votos para el refrendo bianual, también anunciado.

La otra expresión del presidencialismo vertical y omnipresente es la concentración de compras en una Oficialía Mayor única, por la que pasarán todas las compras del Gobierno Federal. Es una brutal e inoperante concentración, cierto, pero su propósito no es diligente sino controlador. Con el pretexto de la austeridad cualquier compra, así sea papel de baño, pasará por esa oficina, para lo que obligadamente conformarán un padrón único de proveedores, futuros financiadores de campañas. Hablan que la chihuahuense Bertha Luján sería la titular, imagine el poder de la señora manejando esa enorme ventanilla única. De pensarlo causa escalofrío.

Los delegados estatales únicos y el, o la responsable de las compras y otros titulares –áreas de inteligencia- de los instrumentos de control que tiene el Estado, responderán directamente al Presidente. Esta característica, la centralización del poder con propósitos de instaurar por décadas la cuarta república, definirá el gobierno del López Obrador y nadie entre la oposición parece advertirlo, ocupados como están en salir del azoro que les causó la montaña de 30 millones de votos que los aplastó.

Los opositores al nuevo régimen necesitan entender que los planes de Morena son quedarse cincuenta, setenta o cien años, los que permita la ciudadanía antes del segundo hartazgo, que fatalmente llegará ¿Cuándo? Imposible determinarlo, mucho depende de lo que aguante la economía del país y el tiempo en que tarden en llegar los excesos morenistas.

Si en paralelo al esquema clientelar estimulan y facilitan el desarrollo económico, permitiendo que hagan negocio los dueños del pueblo, la minoría rapaz representada en el Consejo Mexicano de Negocios, habrá creado un régimen estable, el regreso a la dictadura perfecta. Dejar satisfechos a lo empresarios y a los menesterosos cerraría la pinza del poder; votos y dinero, que más podría pedir para la consolidación de su régimen.

Ciertas fisuras advierten un tímido desgaste. La multa del IFE impuesta a Morena, 197 millones de pesos por desviar recursos del fideicomiso de damnificados, es una primera manifestación contra su credibilidad, recordatorio de que se construye todos los días.

No es lo mismo apelar a la diatriba fácil desde la oposición a fijar postura mientras ejerces el poder. Entonces cada palabra, el tono y momento en que las pronuncian llevan la responsabilidad de que las dijo el Jefe del Ejecutivo. Tiene dificultades en habituarse a su nueva realidad, que debería atajarla pronto pero lo hizo de mala manera; reaccionó como candidato, no como futuro presidente. Excedido con eso de que era una “vil venganza”.

Esa llamada de atención y el desencuentro con el Vaticano, son las primeras expresiones disonantes en la luna de mil placentera. No pasan de mosquitos impertinentes, su bono democrático es descomunal, pero desoírlas tendría consecuencias, toda luna de miel termina y entonces surge la realidad ¿A que realidad se enfrentará López Obrador para la segunda mitad de su gobierno? Vayan pensando en eso, señores empoderados.