Enseñanzas de la madre Amparo

froylan-columnista

Itinerante, sin destino ni propósito conocido, un tractocamión con caja de dos ejes, capacidad de carga para 30 toneladas y rótulo gubernamental, circuló durante días en los linderos de Guadalajara, cambiando de locación cuando los vecinos de la zona elegida para el hospedaje temporal se quejaban del mal olor.

Nadie podía imaginar que los fétidos olores emanaban de 157 cuerpos en descomposición, hasta que la noticia corrió en la metrópoli tapatía, obligando al director del Instituto Forense de Jalisco, Luis Cotero, a desvelar la siniestra realidad.
Hoy todos conocemos la historia, noticias así dan la vuelta al mundo. No era uno sino dos camiones y tampoco 157 cuerpos sino más de 300, resguardados legalmente por el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses que, saturada su capacidad, el gobernador Aristóteles Sandoval ordenó la creativa solución.
“Es por el fraude del 2006”, dijo López Obrador desde Huatulco, interrogado por los medios que aprovechaban el retraso de su vuelo ¿Cómo asocia el presidente electo a dos camiones saturados de cadáveres, deambulando en los suburbios de Guadalajara, con un fraude electoral sucedido doce años atrás? Ahí mismo explicó: “para legitimarse del fraude, Calderón declaró la guerra al crimen organizado y ahí están las consecuencias”.
Tiene razón, hasta la fecha un alto porcentaje de asesinatos en el país son consecuencia indirecta de aquella insensata declaratoria de guerra, que provocó una ola de violencia en amplias franjas del territorio nacional, hasta saturar las morgues de las principales ciudades. Desde entonces los asesinatos no cesan y en algunos estados aumentan, Chihuahua entre ellos.
Siempre pensé que Reyes Baeza pudo ser uno de los mejores gobernadores de Chihuahua en tiempos de paz. Hoy estoy seguro que no estaba preparado para la guerra que le tocó enfrentar ¿Quién podía estarlo siendo que ni el presidente Calderón tenía conocimiento puntual del monstruo que decidió enfrentar y además su objetivo era populista en lugar de tomarlo como sincera estrategia contra la criminalidad?.
Entre el 2007 y el 2010 la entidad fue uno de los territorios más golpeados: cayó el empleo, éxodo de empresarios hacia Estados Unidos, extorsiones, secuestros, asaltos, muertes inocentes. Otra historia que todos conocemos, no hubo familia chihuahuense sin su “muertito”, entre los que recuerdo con tristeza a Miguel Étzel, hombre probo que a nadie hizo mal.
En 2010, cumbre de la violencia, Cementos de Chihuahua facturó más en Cuauhtémoc que en Ciudad Juárez. Queda el dato para describir el grado de parálisis que alcanzó la economía en la ciudad más asediada por los grupos criminales.
Las mantas recientes, aparecidas en Juárez y Chihuahua contra el jefe de policía estatal Oscar Aparicio, me traen a la mente aquellos oscuros días de la guerra, cuando la vida de cualquier ciudadano valía dos mil pesos y durante las noches era preferible guardarse en casa, angustiados de saber que no había seguridad ni en los centros comerciales. De sólo recordar siento escalofrío.
Por desgracia no es sólo recordar, estamos de vuelta padeciendo los efectos de la violencia y sus espantosas consecuencias entre la sociedad. Son muchas las víctimas mortales inocentes, ciudadanos ocupados en lo suyo, sin ligas con la criminalidad. Citaré sólo dos: Miroslava Breach, periodista reconocida, amiga del gobernador, a quién mataron al salir de su casa y al vicerrector del Tecnológico de Monterrey, hombre de fe muerto al salir de misa.
Me rehúso a referir estadísticas, sabiendo que Chihuahua ocupa los primeros lugares en muertos, desaparecidos, feminicidios, por que los aludidos suelen descalificarlas, así las proporcionen organismos como INEGI o el Sistema Nacional de Seguridad. Les disgustan y las desechan, punto.
No obstante, la observación revela dos escenarios de guerra muy definidos en la entidad; al sur entre Jiménez y Parral, donde el robo de hidrocarburos –huachicol- es hoy mayor negocio que el narcotráfico, y al noroeste entre Madera, Gómez Farías y Namiquipa, el corredor que los criminales conocen como “esófago del diablo”. Ambos con ramificaciones violentas en Juárez y Chihuahua.
Lo anterior sin contar las demarcaciones urbanas, colonias o sectores, reclamados por jefecillos inescrupulosos que dirigen pandillas callejeras afianzadas en el negocio al menudeo, puchadores.  No se detienen ante nada si ven sus minúsculas ínsulas en peligro o lastimado el “honor”.
Esa guerra sorda deja cientos de asesinatos en las principales ciudades del estado, que en los últimos meses cuentan casi diez diarios, cerrando agosto con más de dos mil en este 2018. Son frecuentes también los homicidios múltiples, como el de agosto pasado en una colonia popular de Juárez, donde once viciosos fueron ahorcados en una casa de consumo.
Ordenó su muerte un jefecillo de pandilla detenido, al que apodaban “el genio”, por que un rival osó matar a su hermano. Días después ese jefecillo apareció muerto en San Guillermo.
A eso hemos llegado en los últimos años, a ver bandillas urbanas tan violentas como ingobernables que reaccionan a la menor provocación, dando muerte a quienes están en su camino. Antes se desataba una guerra entre carteles por la muerte de un hermano de Amado o hijo del chapo, en cambio hoy asesinan en grupos por venganzas entre pandilleros de barriada.
Los pocos alumnos varones del Instituto Regional de Jiménez, en mis tiempos de secundaria, desoíamos a la madre Catalina, responsable de las actividades culturales, en sus ruegos de que nos uniésemos al equipo de danza folklórica. Era normal que la mayoría prefiriésemos los equipos de futbol, basquet, voleibol, cualquier deporte a la danza.
Cansada de ver que no hacíamos caso, la joven monja reportó nuestra indisciplina ante la superiora, madre Amparo. Era una mujer menudita, de rostro afilado y suave, baja estatura. Su andar ligero y resuelto meneaba el faldón del hábito en ritmo fijo, tan apresurado como sus pasos. Parecía que levitaba por lo rápido y corto que movía las piernas. Buena mujer.
Caminado así llegó hasta donde estábamos reunidos en grupo y, sin saludar preguntó ¿Debo pedir a los alumnos de la escuela federal que bailen por el colegio, ya que ustedes se avergüenzan de su escuela? En prudente silencio, uno a uno, los pubertos fuimos bajando la vista hacia el piso del auditorio a medio construir donde nos había citada para el escarmiento.
Hoy que la inseguridad se instaló de nuevo en Chihuahua, que las muertes de inocentes han vuelto y los grupos criminales actúan soberanos desafiando a los jefes policiacos en pancartas improvisadas ¿A quién debemos pedir que intervenga: a Cabeza de Vaca o la Pavlovich, a Patricio o Reyes? ¿A quién le pedimos que desatienda los deportes que le gustan para concentrarse en la ingrata danza de la muerte?.
Era una mujer sabia, la madre Amparo, hacen falta mujeres así. Supongo ya que murió, Dios la tenga en paz.