*La otra mitad y el falaz 53 por ciento

froylan-columnista

Frente a una sociedad paralizada, silente y azorada por el vertiginoso activismo de López Obrador construyendo, veloz y sin resistencia, lo que ha llamado Cuarta Transformación del país, los gobernadores del PAN fueron los primeros en salir del marasmo y hacer frente al avasallamiento del gran tlatoani.

Los vuelve locos la figura de superdelegado, una especie de representante presidencial plenipotenciario en las entidades federativas que los relevará de sus responsabilidades como mandatarios electos, reduciéndolos a ejecutivos floreros en materia de seguridad y programas sociales, a vasallos gestionadores de segunda. Desde luego que los desquicia verse rebasados por la autoridad de un “Jefe político” en sus estados.

Aunque tímida y concentrada en la defensa de sus ínsulas regionales de poder, la protesta es importante. López Obrador había caminado, hasta el viernes pasado, sin una oposición seria, que hoy se revelen más de la mitad de los gobernadores –a los del PAN se sumó Enrique Alfaro y los del PRD- es para tomar en cuenta. Se ha percatado que no es la única voz del país.

El problema del nuevo régimen, como está empeñado en que llamemos a su gobierno, es que va más allá de una lucha por el poder regional. Tiene que ver con la construcción de un entramado legislativo y social pensado en hacer girar el país, no sólo la política, en torno a la omnipotencia del “Gran Hombre”, a cuya voluntad quedamos todos sujetos.

Al superdelegado agregue usted la militarización del país con la Guardia Nacional, el monopolio de la cultura, legislando con dedicatoria para que un no nacido en México abra un proceso ideologizante, control de medios oficiales y desautorización de los independientes, manipulación del sindicalismo –circulan estatutos de una nueva central obrera- ridiculización y desprecio a la opinión critica y a la oposición, sometimiento de los poderes facticos -promesa de “perdón y olvido”-, amedrentamiento del gran capital, creación de un padrón de simpatizantes comprados con dinero público y amalgamado en una clase política obediente, descastada y aplaudidora incapaz de pensar por sí misma.

Todas sus acciones están encaminadas a construir un régimen totalitario de mando y voluntad única soportado en el apoyo incondicional del “pueblo bueno y sabio”: jóvenes desocupados, estudiantes de escuelas públicas, madres solteras, lisiados y ancianos sin pensión. El país está en camino a dividirse entre “mexicanos buenos”, aquellos conformes con el sistema de prebendas y “mexicanos rapaces”, los opuestos a la “transformación social a favor de los pobres”.

La ruptura social se conforma en nombre de una gran falacia: el 53 por ciento de los votos. El argumento es falaz por que lo presentan como si fuese la voluntad mayoritaria de los mexicanos, siendo que representa sólo un tercio de quienes tienen edad para votar y un cuarto de la población general. Somos un país con 123 millones de habitantes, con un listado electoral de casi 90 mil, de los cuales votaron 56 millones -63%- entre los que 30 millones –el famoso 53 por ciento- votaron a López Obrador. Casi un tercio de los mexicanos en edad de votar rechazó su propuesta y a otro tercio, los 34 millones abstenidos, le importó un comino el destino del país.

Con todo, su legitimidad es incuestionable, consiguió más votos que la suma de sus competidores, lo que no había sucedido en ninguna de las votaciones posteriores al régimen de partido hegemónico. Su base social es portentosa.

Hartos de un sistema corrompido al que los electores identificaron como “PRIAN”, una generación de políticos complacientes con que la mitad de los mexicanos vivan en pobreza y más de diez millones en la miseria, mendingando un bocado para subsistir, muchos añoraban un cambio y creyeron en la propuesta de un político que advirtió primerio y mejor que nadie el enfado social y supo llegarles al corazón.

En la consolidación de ese sistema inhumano y elitista, sujeto a los intereses del Fondo Monetario Internacional, donde unos cuantos acaudalados prosperaban sobre salarios de subsistencia y una clase media resignada a conservar sus exiguos bienes, tienen parte preponderante los empresarios que hoy lamentan el cambio y, horrorizados, miran en peligro sus fortunas.

Durante décadas construyeron el mito de que aumentar los salarios produce inflación, así que pagaron sueldos de miseria. Con limitadas excepciones, los empresarios mexicanos son tacaños cuando se trata de invertir en actividades productivas, prefiriendo amasar sus fortunas en movimientos especulativos de bolsa.

Pudiendo ser parte de la solución optaron por allanarse y sacar provecho del régimen de corrupción reinante, aceitado en la complicidad con políticos inescrupulosos propuestos a enriquecerse en el lapso de un sexenio. Hoy no saben cómo lidiar con un político sagaz al que no le tiembla la mano para suspender una obra multimillonaria como el aeropuerto de Texcoco y miran temerosos el futuro.

Los gobernadores del PRI, en el 2001, crearon la Conferencia Nacional de Gobernadores (CONAGO) para oponer un frente a Vicente Fox. Entonces eran mayoría y sabían que necesitaban sumar fuerzas contra el presidente que, a patadas, los había sacado de los Pinos.

Hoy el PRI es un partido destrozado, sin liderazgos ni ánimo de hacer oposición. El autismo de sus gobernadores, senadores y diputados en uno de los momentos polémicos en la historia del país y el pacto vergonzoso de Peña Nieto aceptando que le roben seis meses de su presidencia a cambio de no ser juzgado, son muestra de su claudicación como partido. Asimilaron el golpe del  uno de julio reconociendo que su fin se aproxima; unos terminarán absorbidos por el nuevo régimen, otros optarán por la jubilación forzada. Todos añorando el México que corrompieron.

Si los gobernadores del PAN, donde parece conformarse cierto sentido de oposición, quieren incidir en la historia, tendrán que ir más allá de los temas de poder regional que defienden y hacer suyo el sentir de “la otra mitad”, de los mexicanos que ven con temor el rumbo a los viejos esquemas totalitarios que toma el país.

Una oposición sincera es necesaria en cualquier democracia, la opción ciudadana a disentir del Poder es consustancial a un régimen saludable. López Obrador llegó criticando a la mafia del poder, al ganar hoy es quién representa la nueva mafia del poder ¿Quién será el gran opositor que se enfrente y eventualmente lo derrote, con sus mismos argumentos?.

Los gobernadores han dado un tímido primer paso ¿Cómo reaccionará el Tlatoani a quién le disgusta ser contrariado? Mi propuesta es que socavará su precaria unidad valiéndose de los “premios y castigos”, el temible instrumento del manejo discrecional del presupuesto que los priistas usaron con maestría.

No lo detendrá un pronunciamiento firmado por una docena de gobernadores ni declaraciones en la Feria Internacional del Libro. El hombre seguirá con su proyecto de construir un régimen que dure cien años donde se ve pasando a los libros de texto como Benito Juárez, Madero y Cárdenas.

Si el PAN, o cualquiera que logre capitalizar la irritación social de “la otra mitad”, quiere detenerlo, será en las urnas. Tarea complicada, la plataforma electoral de los programas asistenciales que garantizan la fidelidad del “pueblo bueno” está en marcha y los responsables de operarla son precisamente los superdelegados que pretenden desactivar los gobernadores.

Si, es de maldita weba pasar de un régimen corrupto a otro ladino y totalitario. Me pregunto si nunca tendremos un gobierno desapegado a los apetitos de poder perpetuo, sin fundamentalismos ideológicos, comprometido con la sociedad y alejado del neoliberalsimo rapaz. Mi apuesta es que si, el problema es cuándo.