*La burla de una mente rencorosa y sombría

* Después de la pandemia ¿Quién cuenta los muertos?

Apostó alto, en la peor emergencia sanitaria de las últimas décadas nuestro “líder amadísimo” elevó su apuesta hasta ponerla en manos de tréboles de cuatro hojas, billetes de dos dólares y estampitas bendecidas con leyendas del no pasarán; “detente enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo”. Nos hizo retroceder quinientos años, hasta la Peste Negra que mató a medio Europa, con el cinismo y la sorna de un engreído jugador de cartas seguro de tener entre sus dedos los cuatro ases.

¿Porqué la burla contra los mexicanos que piden acciones coherentes? ¿Porqué el desprecio de la ciencia a favor de la hechicería y jugando con la fe? ¿Porqué su negligencia criminal, mientras otros jefes de Estado previenen a sus pueblos de que están frente a la peor emergencia desde la Segunda Guerra Mundial? ¿Porqué la obstinada reticencia a reconocer una realidad que, obviamente, no era la que tenía visualizada en los primeros años de su gobierno?.

No hay en nuestro presidente, Andrés Manuel López Obrador, el más mínimo sentido de autocritica ni asomo de responsabilidad, o expresión de lealtad y compromiso con sus electores. Tampoco intención de replantearse la idea, que no estrategia, francamente soberbia y mesiánica que lo haga detenerse un instante, mirar hacia atrás y advertir el peligro en el que su contumacia, a la que llama terquedad, ha puesto al país que representa y al que tanto dice amar.

Frente a cada problema, emergencia o crisis del cualquier índole, opone su exasperante y feroz voluntarismo; “todo está bien, confíen en mí, vamos muy bien. México es más grande que sus problemas”. Ahí se mantiene, impasible. Puede el país caer a pedazos y seguirá diciendo que todo va bien, machacando con el estribillo de responsabilizar al pasado reciente de conservadores y neoliberales corruptos, para estar seguro y sentir que recupera credibilidad.

Su perversidad es criminal; su rencor patológico. Intentar explicarlos sería como interpretar un personalidad cuajada en traumas acumulados durante largos periodos de frustraciones donde “otros”, nunca él, son responsables de sus fracasos. Sin embargo existe cierta lógica, un tenue esbozo que da sentido y pertinencia a su negligente conducta, es la lógica de quién se asume legítimamente superior y hace de su narrativa una fuerza moral capaz de modificar cualquier realidad al impulso de su poderosa voluntad.

Disfruta y no puede contener el gesto burlón, como diciendo mírenme, ustedes delirantes queriendo cerrar todo y yo confiado en las estampitas, pues “la gente me da muchas”. Está sinceramente convencido de que, cuando pase la tempestad, las cuentas serán como las visualizó en su mente; unas cuantas decenas de muertos, muchos menos que en otros países similares al nuestro; los opositores avergonzados por dudar de su capacidad para conducir el país y el pueblo creyente y fiel. La economía recuperándose más rápido que lo pronosticado por “expertos”, un país floreciendo como siempre soñó, sin corrupción y a Pemex en el eje de su desarrollo.

Intuyo que para entonces tendrá sus propios datos sobre contagiados y muertos a causa de la pandemia. Nada le cuesta, en esa parte recibe ayuda incondicional de bribones y abyectos como López Gatell, un funcionario de tan corta visión que no tiene vergüenza de soltar frente a todo el país frases como “su fuerza es moral no de contagio”, y de voceros que ideologizan el servicio público haciendo de la política su medio de vida y están dispuestos a mentir en manada con tal de cubrirlo. Es lo que ha hecho desde que llegó al gobierno, cambiar la realidad con sus propios datos y recibir aplauso de un grupo intelectualmente deshonesto que lo cubre sin pensar. ¿Por qué sería diferente con la pandemia? Resta ceros a las cifras definitivas y se acabó, desmiéntanlo.

Hasta esa parte bien, construir una realidad alterna es lo suyo, el problema será engañar a la gente con una economía devastada. La crisis financiera pegará en los bolsillos de la deprimida clase medía que tanto apoyó su proyecto de nación y contra la ausencia de efectivo en los bolsillos no existen otros datos. Aplacada la última ola del tsunami y el cielo despejado, sabremos cuántos empresarios habrán perdido sus negocios y cuántos trabajadores el empleo. Para ellos no habrá consuelo, serán tan víctimas como los muertos de la pandemia cuyo certificado de defunción diga simplemente “murieron por complicaciones pulmonares”, como si el virus no hubiese existido.

Siga riendo, señor presidente, sígase burlando de los mexicanos que simplemente pedimos congruencia, que asuma la responsabilidad de un Jefe de Estado comprometido con su pueblo y proponga estrategias suficientes para enfrentar la emergencia que Ángela Merkel y otros presidentes han referenciado hasta la Segunda Guerra Mundial. Quizás cuando el país colapse encomiende su reconstrucción al trébol de cuatro hojas o, parado en la frontera norte, saque de su bolsillo el billete de dos dólares y ruegue al capitalismo implorando que vuelvan las inversiones extranjeras, para que usted pueda seguir alimentando un régimen de dádiva inspiradas en propósitos electorales.

Había prometido no caer en la provocación de tréboles y estampitas, pero me desquicia su cinismo y la burla contra todo mexicano que desaprueba su gestión. Perdón por el coraje, que al menos sirva el desahogo.