*En la injuria se incubó el asesinato

* Paranoia como política de gobierno

* Cobardía y doble cara de Corral

*Baeza, el pacifista señalado

Ofenden las formas, el desdén que trivializa los problemas más sentidos, la incompetencia envuelta en paranoicas narrativas complotistas, el desprecio por quienes levantan la voz sin autorización del autócrata, la convicción maniquea del que conmigo no junta desparrama, la burla frente a la impotencia de quienes esperan justicia y reciben fuetazos; es politiquería, son los huachicoleros del agua, están metidos diputados y senadores del PAN electores, lo contaminan muchos intereses, el exgobernador repartió palos.

Así cada mañana, se conduce como si la diatriba, la descalificación, la negación de la realidad fuesen solución universal de cualquier crisis. Son los malos actuando contra él, se manifiestan contra el gobierno porque los mueve un avieso interés de frenar SU transformación. A sus ojos, ninguna causa social tiene legitimidad, todo lo que no está en línea con su proyecto, es malvado, espurio, indigno de recibir atención. Son los malos frenando su avance redentor.

Durante meses ignoraron a los agricultores, los trajeron de aquí para allá ninguneándolos, renuentes a escucharlos, tolerándolos a veces pisoteándolos otras,  hasta que, presionados por el tiempo y la sumisión al orate del norte, abrieron las compuertas y desplegaron en las cortinas a la Guardia Nacional. Necesitaban garantizar el atraco.

Entonces vino la insurrección, hartos de mentiras y pisoteos los agricultores tomaron casetas y autopistas, se plantaron en la capital, soportaron saboteadores profesionales, enfrentaron al Ejército, recibieron disparos de gomas e inhalaron gases lacrimógenos y en vez de soluciones, la Federación los llevó a la tramposa estrategia de agotarlos por cansancio.

Querían comprar tiempo a cualquier precio y lo compraron con la estrategia aviesa de consumirlos en la desesperación, el desgano; generaron falsas expectativas de solución, prometieron sabiendo que incumplirían, los llevaron de reunión en reunión como ratones locos, metieron cizaña entre ellos hasta dividirlos. Administraron la crisis sin otro propósito que mantener las compuertas abiertas, hasta completar la cuota.

La victoria de ayer debió ser un final consolador para los agricultores despreciados durante meses, terminar con la sensación de que hicieron correr a la Guardia Nacional y al fin cerraron las puertas, aunque el agua comprometida ya había salido, hubiese sido una concesión dadivosa al derrotado. Ni ese gustillo les dieron, cuando parecía que todo había concluido, que las compuertas estaban cerradas y el agua bajo resguardo ciudadano vino la desgracia.

Antes de la media noche todo se descompuso y la rueda volvió a girar. Balas asesinas impactaron los cuerpos de una pareja de inocentes. La mujer murió en el acto, cinco disparos certeros al pecho, el hombre con seis quedó herido de muerte –hasta concluir la presente columna seguía vivo-, ambos caídos en la cabina de su pick up, ajustado el cinturón y sin señales de reacción a los disparos. Existen fotos ilustrativas de su inocencia.

Lo que debió terminar con la recuperación de la presa, el cierre de las compuertas y una tarde festiva, acabó en la indignación general de una sociedad trabajadora cuya paciencia no aguantó más y, como en los pueblos vejados del siglo antepasado, sus habitantes exigen al gobierno la entrega de culpables. Sitiaron el cuartel general de la Guardia, cuidando que no se fuguen los presuntos asesinos.

En lugar de celebraciones y pequeñas victorias levanta ánimos, hoy cinco huérfanos lloran a madre e imploran a Dios por la vida de su padre moribundo. ¿Cómo se llegó a tanto? ¿Qué sucedió para que los militares disparasen sus armas contra inocentes, como afirman testigos? ¿En qué punto pasaron de las balas de goma a las balas de plomo?

El odio se fue incubando en la narrativa de ofensa y descalificación que siempre mantuvieron el presidente López Obrador y sus voceros -de no ser por cínico y engreído, Juan Carlos Loera daría pena ajena-. Nunca reconocieron legitimidad a un reclamo justo, su reacción fue descalificarlo con ocurrencias ensayadas durante décadas. En su lógica de dictador es inadmisible dar crédito a un movimiento que se opuso a una medida gubernamental que consideraba prioritaria. Había que cumplir con el Imperio.

También Javier Corral lleva parte en el desastre, por acción y omisión. En vez de ponerse al lado de Chihuahua y exigir, junto a los agricultores, respeto y atención a sus justos reclamos, asumió una conducta de cobarde y doble cara, queriendo quedar bien con López Obrador y los chihuahuenses, al mismo tiempo. Jugó sus cartas haciendo cálculos políticos con la mente puesta en César Duarte y sus utopías presidencialistas. Ahí tienen las consecuencias.

Rompeolas

Fernando Baeza se mantuvo pasivo durante todo el movimiento y cuando, también harto, decidió salir sobrevino la tragedia. Entonces López Obrador encontró en él a su chivo expiatorio favorito, lo responsabilizó de los enfrentamientos entre agricultores y militares con la mayor simpleza; “no asistió a la presa pero repartió palos”. Baeza lo que hizo, en honor a la verdad, fue llamar a la manifestación pacífica, exhortarlos a usar las armas de la ley, resistir sin violencia. Como no tenía más a quien echarle la culpa, al Presidente se le hizo fácil señalarlo. La crisis del agua describió a López Obrador en su entera perversidad: miente sabiendo que miente, ofende sabiendo que ofende, injuria sabiendo que injuria. Cualquier cosa antes de aceptar su obligación de resolver los problemas del país, por que bien dijeron los manifestantes; Chihuahua también es México.