El último sabio de la política

froylan-columnista

Una fría mañana de 1977, típica de enero, Luis Fuentes Molinar llegó al aeropuerto de Chihuahua procedente de la Ciudad de México. Se trataba de un viaje ordinario y rutina para él, sin embargo esta vez era diferente; regresaba desilusionado por las noticias recibidas en el CEN del PRI. Le había ido mal en sus cabildeos.

En el aeropuerto lo esperaba Diógenes Bustamante, en ese tiempo secretario general del PRI. Subió al auto sin mediar formalidades y lo condujo hasta el hotel Victoria. Ahí estaba Manuel Bernardo Aguirre, gobernador de Chihuahua, con una frase consoladora: “Amigo, no sólo de senador vive el hombre”.

El viejo zorro de la política –así lo motejó López Portillo- recibió información de que el Ejercito reclamó para el general Carballo el mismo espacio que pretendía Don Luis, entonces presidente del Comité Directivo Estatal. Eran cuotas de los sectores contra las cuales resultaba imposible discutir en aquel PRI de disciplina casi militar.

Don Manuel desayunaba en compañía de colaboradores y amigos, quienes vieron a Fuentes Molinar partir en dos el ancho salón de recepción. Al observar la amistosa efusividad del gobernador, reviró sin pensarlo:

“No señor gobernador, también se puede vivir de presidente municipal”

“!Eso quiere mi amigo! Eso tendrá. La presidencia sí la decido yo”, sentenció Don Manuel.

Así, con esa naturalidad de los que hablan y entienden el mismo lenguaje, en el lapso de 24 horas Don Luis Fuentes Molinar perdió la oportunidad de ser senador de la república y ganó la alcaldía de Chihuahua, ciudad que gobernó entre 1977 y 1980.

La historia me la contó el propio Don Luis, durante una de las incontables mañanas que lo visitaba en su estrecho cubículo de asesor en Pensiones Civiles del Estado. En aquella época yo fumaba dos o tres cigarros al día, pero cuando entraba en esa pequeña oficina, en el lapso de hora u hora y media fumábamos a la par, mínimo diez cigarros cada uno.

Salía con dolor de cabeza, pero valía la pena escuchar a un personaje de su estatura en plena madurez, haciendo remembranzas de su vida política y personal, discutir escenarios presentes y reír de luchas que no eran nuestras.

Aquel día lo regresaron de México con una orden incómoda: vuelva usted a Chihuahua y reciba al general Carballo, se presentará con usted para ser candidato a senador.

Era por lo que había ido a México y lo regresaban diciéndole que atendiera al candidato. Nunca olvidó el diálogo del primer encuentro, cuando días después lo recibió en las oficinas de la Progreso.

Al ponerse el general a sus ordenes, preguntó “que debo hacer”. Pues mire, general, lo primero es quitarse el kepi y el uniforme, está usted en campaña electoral, no militar. Si señor. Y olvídese de volver a decir “sí señor ni ponerse a las órdenes de nadie, ahora nosotros estamos a sus órdenes, hay que hacer la campaña”. Y otra vez el general, “si señor, como usted diga”.

No lo contaba haciendo sorna del general, le divertía recordar el momento cuando se encontró con la persona al que asignaron el cargo que buscaba. Con todo y eso, le hizo la campaña sin reniegos y el general se fue de Chihuahua agradecido con Don Luis.

Era generoso en sus comentarios, pero nunca permitió grabarlo: “una entrevista no, Froylán, platico lo que guste, pero no grabará nada”. Ese fue el único acuerdo entre los dos y siempre lo respeté. Los entrecomillados es de lo que recuerdo, sin ser exactos seguro estoy que son fieles a los hechos.

Puedo decir que era mi amigo y se que también él pensaba igual. Desde que me inicié en el periodismo sabía quién era, sin embargo empecé a tratarlo de cerca cuando era delegado de Conalep, ya estaba entrado en años. Ahí también lo visitaba y pasábamos media mañana tomando café y fumando sin apenas darnos cuenta, como sucedería después en Pensiones.

Cuando ganó la presidencia municipal pretendía desbordarse en acciones, lo movía un impulso frenético que a la vez lo frustraba. La administración cerraba sin centavo alguno, como tantas veces en éste país de a mentiritas que los salientes se llevan hasta los candiles.

Durante la campaña ofreció pavimentar ciertas calles y al ver que carecía de dinero, tuvo la osadía de acudir ante Don Eloy Vallina, su amigo, y pedirle prestado a condición de que no hubiese intereses de por medio, con la promesa de que regresaría el dinero en los dos primeros meses del siguiente año.

“Se los presto a Luis, no a la Presidencia Municipal ni al presidente municipal”, dijo don Eloy. Era lo que buscaba, recibió el dinero y el primer día de su administración empezó los trabajos de pavimentación en las calles prometidas.

La amistad entre los dos viejos continuó hasta el fallecimiento de Don Luis, el sábado antepasado. Eran otros tiempos, otros hombres y otra forma de hacer política… también era otro Chihuahua, el Chihuahua añorado por nuestros mayores.

Cuando habló de la derrota contra Don Luis H. Álvarez, lo primero que me dijo fue lo mucho que le costó perdonar y aceptar las circunstancias de aquella malograda campaña. Tenía un sentimiento de rencor y frustración que atenazaban desde adentro su corazón.

Recordaba una frase de Oscar Ornelas que lo trajo contrariado durante meses, quizás años: “entre los dos luises, prefiero al del PAN”, habría dicho el gobernador en varios momentos de la campaña. El dato, desde luego, llegó a sus oídos.

La traición le pudo más que la derrota. Por eso entiendo el valor de su conducta, al verse superado en las urnas ofreció un ejemplo de convicción democrática, amor propio y compromiso con el terruño como ningún otro político en la historia reciente de Chihuahua y lo hizo por convicción propia.

Contados los votos y viendo ganador al candidato del PAN entró en crisis, pero supo disimularla. En esos tiempos era inaudita la derrota de un candidato del PRI, de modo que no la tenía presupuestada, así el gobernador tuviese de preferido “al otro Luis”.

De diversas partes lo conminaban a desconocer la derrota, los duros ofrecían que tenían forma de resolver el problema y voltear los resultados, sin embargo rechazó todo intento de batir la elección o pervertirla a su favor.

Hablo de presiones al más alto nivel. Manuel Barttlet, entonces poderoso Secretario de Gobernación, personalmente levantó el teléfono para ordenarle, en nombre del Presidente, que no reconociese la derrota. Ofreció que “mañana estará allá gente experimentada para arreglarlo todo” confíe, guarde silencio y haga lo que le digo”.

Y usted cómo reaccionó, Don Luis, pregunté. Respondió de seguidito, como si la pregunta fuese más una interrupción.

“Señor secretario, se aplomó y dijo, lo mejor es que no venga nadie, desde ahora le informo –eran alrededor de las dos de la madrugada- que ya están convocados los medios, mañana haré lo que dicte mi conciencia. Ustedes vienen, hacen lo que tienen que hacer y regresan, pero yo seguiré viviendo en Chihuahua”.

Al otro día dio la cara, aceptó el golpe, se tragó el sapo y escribió la historia; el PAN ganaba por vez primera la capital del estado y con ella toda la columna vertebral, incluido Ciudad Juárez, sin que hubiese una sola impugnación priista, tendiendo la campa para el verano caliente del 86 y la posterior victoria del 92.

Me hubiese gustado platicar sobre el ingreso y abrupta renuncia en el gabinete de Fernando Baeza. Supe los detalle desde que Baeza, probablemente tratando de congraciarse con Oscar Flores, ofreció el cargo que “tu quieras” y lo sorprendido que estaba el gobernador cuando pidió Fomento Municipal, hasta la grilla que le hacían Mario Tarango y Artemio Iglesias, los otros políticos del gabinete, llegando

al momento de ruptura durante una comida en el privado de un restaurante de la llamada Zona Dorada, en la Juárez.

Baeza intentó disuadirlo de renunciar, quería conservarlo en el gabinete, pero cuando escuchó el no rotundo de Don Luis, el gobernador se levantó de la mesa sin despedirse y lo dejó con el plato servido.

O el motivo de su traslado a México, como a tantos la violencia lo retiró de su tierra.

La última vez que lo vi tomamos café y fumamos abundante, como siempre, en una terraza de México. Calculo que tendría 85 años, lúcido, bien llevados.

Hoy cuento como recuerdo trazos mínimos de su vida. Otros actores importantes de aquella época siguen con nosotros, cada quién, si le interesa, presente su versión, yo cuento la de Don Luis.

Ni el PAN ni el PRI han reconocido la ejemplar conducta de un político adelantado a sus tiempos. La política es desmemoriada y mezquina. No la necesita, quedó en paz con la vida, con los suyos y consigo mismo. Un abrazo hasta el cielo, querido amigo.