*El año que trajo veinticuatro meses

El sensacional compositor colombiano Crescencio Salcedo, autor de temas como “Se va el caimán”, “la múcura” y otros que han cantado generaciones, no olvidaba el año viejo por que, decía, le dejó cosas muy buenas: una chiva, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra. Siendo un hombre de campo y de familia, tenía razones sobradas para recordar agradecido aquel año. ¿Por qué recordaremos nosotros el año que se va, éste infausto 2021 que en vez de 12 meses parece que trajo 24?.

No se, me hubiese gustado recordarlo por los mismos motivos que Salcedo. Dejando fuera, por razones que invoca la cultura popular, a las queridas suegras, los animales de granja suelen ser bendiciones de Dios. Pero no puedo estar agradecido como él con el año que se va y no es por ingratitudes o mala voluntad, lo que sucede es que en éste año pasó el tiempo y nosotros seguimos, como en el día de la marmota, atados en una pandemia reincidente que trastorna nuestras vidas confundiéndonos hasta en protocolos milenarios como el saludar ¿mano o puño? ¿con abrazo o sin abrazo? y destroza los nervios al punto que una gripe común nos hace entrar en pánico, siendo que antes la calmábamos con un té de yerbabuena con nogal. Y lo que nos resulta francamente inaceptable, es que desnuda nuestras debilidades y nos somete a ejercicios de humildad para los que no estamos preparados; nos hizo reconocernos tan vulnerables como el ser más modesto de la creación.

En este nuevo mundo de inseguridades sociales y perpetua incertidumbre vinieron las grandes contradicciones de la humanidad; las potencias y los multimillonarios sueñan con dominar el espacio exterior, mientras el resto de la sociedad permanece a la espera de respuestas ciertas que le permitan recuperar su antigua libertad. Como decían antes, el hombre llegó a la luna pero no sabe curar una gripe. La desigualdad social quedó brutalmente expuesta y aquí seguimos, atorados en las coronas de ese virus mutante del que hemos aprendido muy poco y sin embargo todos nos decimos expertos; recetamos, citamos de memoria las múltiples variantes, invocamos su historia, condenamos a China por esparcirlo en el mundo, pero mantenemos nuestra indiferencia con el dolor ajeno.

Somos ignorantemente expertos en virología y cuando creíamos haberlo visto todo, sin darnos cuenta el virus muta hacia la economía global, haciendo de la emergencia sanitaria una crisis económica. ¿Cómo entender que la inflación rompe récord en las mayores economías del mundo, a causa del virus?. Tenemos que aceptar la explicación de los analistas financieros y resignarnos a que, por quedarnos en casa como nos recomendó la ciencia, la economía del mundo se paralizó y ahora hace colapsar las pequeñas economías familiares, elevando los precios en cinco, diez, quince, treinta por ciento o más de lo que costaban antes de la pandemia.

Cuando algo es capaz de jodernos así la vida sin que podamos frenarlo, uno se pregunta sobre sus alcance totales. Quisiera saber que sigue, hasta donde llegarán las consecuencias nefastas provocadas indirectamente por un virus que la ciencia no sabe de donde vino ni cuando se irá ¿Nos espera la escases de alimentos y en consecuencia hambrunas? ¿Los pobres pasarán a la miseria y los miserables a la indigencia? ¿mutará hacia guerra mundial, ya no bactereologica, sino virulenta que se cargue a un tercio de la humanidad? ¿Seguirá mutando hasta ser digital y destrozar la vida tal como la conocemos, haciéndonos retroceder a la edad oscura? ¿Qué diablos sigue?.

No es que sea uno pesimista, sombrío heraldo de calamidades o creyente de las más absurdas conspiraciones sobre el fin del mundo y la invasión extraterrestre. Lo que pasa es que al vernos indefensos frente a una minúscula forma de vida –los científicos ni siquiera se han puesto de acuerdo sobre la naturaleza de los virus- de pronto nos vemos situados en la más espantosa oscuridad y nos sentimos identificados con nuestros antepasados de la Edad Media, entonces nos da por buscar consuelo en la divinidad, cuando presumimos haber encontrado la partícula de Dios e identificado el momento exacto en que sucedió el big-bang.

Insisto ¿Qué sigue? ¿En dónde estará nuestra sociedad cuando despertemos de la pesadilla? ¿Qué mundo nos espera al final del túnel?. Nadie tiene respuestas, pero como sociedad tenemos la plena certeza de que habremos de superar la emergencia sanitaria y liquidar la crisis económica a la que nos ha sometido. Voluntad, creatividad e inteligencia humanas son más grandes que cualquier desafío, es la historia del hombre; prosperar en las adversidades. Nunca faltan las mentes luminosas que nos abren camino y nos enseñan a recorrerlo. Recordemos este año de veinticuatro meses como un reto más y tomémoslo como pasadizo hacia una sociedad empática, comprometida, generosa y humilde. En la esperanza encontremos la paz arrebatada.

Y de política cuándo hablamos. Hoy dejémosla a un lado, por favor, sería masoquista cerrar el año renegando con un presidente avieso, mentiroso y cínico empeñado en sus particulares afanes destructores. Como la pandemia y la crisis económica, también él quedará atrás y entonces México recuperará su esperanza. Sólo tengamos paciencia, tres años se van volando.

Agradecido con mis lectores por otro año más. Aquí cierro, advertidos de que, si fiestas y ponches lo permiten, la semana que viene haré una entrega prospectiva de 2022. Feliz y agradecido año para todos.